“Los últimos meses han arrancado a los judíos alemanes de su tranquila y natural existencia. Esto les ha obligado a reflexionar sobre sí mismos, sobre su ser y sobre su destino”.

Edith Stein, nacida el año 1891, ciudadana prusiana, judía, filósofa, convertida a la fe católica en 1921, canonizada por Juan Pablo II en 1998, declarada patrona de Europa, escribió estas líneas en el prólogo del relato incompleto de su vida, Estrellas amarillas, obra iniciada tras la subida al poder del nacionalsocialismo y su destitución como profesora en la academia católica de Münster. Su objetivo, mostrar al mundo la vida cotidiana, la esencia de la  comunidad judía, a fin de que la juventud alemana educada en el odio racial, pudiera conocer la realidad.

Como la mayoría de judíos de aquella época, se esforzó en comprender lo que estaba sucediendo, lo que estaba por venir. Menciona una conversación con una de sus amigas en la que ambas se cuestionaban cómo Hitler había llegado a “ese horroroso odio contra los judíos”. Para una mente analítica y clara como la de Edith, cuya tesis doctoral se tituló Sobre el problema de la empatía (dedicada a su madre), era muy difícil dar una respuesta coherente a esa cuestión.

 
La absoluta sencillez de la autora y su incapacidad para entender el odio se plasman en Estrellas amarillas, obra que quedó interrumpida en 1939 y de la que se han perdido varias páginas. Edith, la menor de siete hermanos, era una niña seria, responsable, estudiosa, apasionada de la historia y ya en su adolescencia, pendiente de los sucesos políticos y agradecida al Estado prusiano por su ciudadanía. Habla de los recuerdos de su madre, de los esfuerzos de ésta por sacar adelante a sus hijos tras la muerte de su marido, al frente de un almacén de maderas. Una familia en la que el orden y el trabajo eran esenciales. En su afán por definir la mentalidad judía, apunta la autora que todo el impulso y el esfuerzo vital se centra en el presente y si éste le es favorable, su capacidad de resistencia es enorme, en otro caso, el descrédito o la bancarrota son causa de suicidio. Edith era una gran observadora y como tal, interiorizaba las impresiones recibidas de su entorno. En sus escritos, queda patente que su preocupación primera y esencial es entender al otro y a través de ese conocimiento, tender puentes, no juzgar nunca, sino comprender siempre.

Estudia filosofía, psicología, historia y lenguas germánicas. En 1916 interrumpe sus estudios para trabajar en Austria al servicio de la Cruz Roja, en el hospital para enfermos infecciosos de Mährisch-Weisskirchen un lugar de evacuación del frente de los Cárpatos durante la Primera Guerra Mundial. Le asignaron el pabellón de enfermos de tifus donde pudo vivir en primera persona el odio, la barbarie y la estupidez humana.

A su regreso da clases de latín, aprueba el examen de griego y se centra en el doctorado. Su maestro, Edmund Husserl y su obra sobre la fenomenología serán fundamentales para que su alumna se centre en el estudio de las experiencias ajenas: “El mundo en el que vivo no es sólo un mundo de cuerpos físicos, además de mí también hay en él sujetos con vivencias, y yo sé de ese vivenciar”.  En su tesis, Edith distingue los conceptos de einfühlen (empatizar), mitfühlen (cosentir) y einsfühlen (sentir a una) y analiza los sujetos de la relación empática, el ser humano como sujeto físico formado por el cuerpo vivo y el alma o psique, y por el espíritu, que es la esencia de la persona y lo que hace posible la empatía.

Sus esfuerzos, su gran capacidad intelectual, su fe, no la salvaron del horror. El dos de agosto de 1942 los nazis entran en el convento de las Carmelitas de Echt (Holanda) en el se había refugiado desde enero de 1939 y en el que estaba escribiendo la que fue su última obra, Ciencia de la cruz. Edith y su hermana Rosa fueron deportadas a Auschwitz. Allí esperaban la despersonalización absoluta, la cámara de gas, la reducción a cenizas, el reino de los monstruos sin espíritu.

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