A veces el buen tiempo se hace de rogar, pero siempre acaba llegando. Y este año no iba a ser “El año del verano que nunca llegó” Y llega con una luz especial para poder leer al aire libre. En esa salida a la montaña, en ese banco del parque, tumbado sobre césped o en las primeras visitas a la playa.

Por eso hoy reseñamos a cuatro manos, como los grandes pianistas, 3 libros para 3 meses de buen tiempo.

Y decidimos comenzar esta sección trimestral con tres libros que harán disfrutar a los lectores que nos siguen; Querida niña de Edith Olivier, El puente sobre el río Drina de Ivo Andrić, y El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle.

Vamos a buscar un huequecito de aire libre, vamos a respirar profundo,vamos a relajarnos, y comenzamos a leer.

 

Un puente sobre el Drina de Ivo Andrić

(Reseña de Ignacio Hernández)

Ivo Andrić nació en Bosnia en 1892, cuando el actual país europeo formaba parte del Imperio Austrohúngaro. El escritor bosnio, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1961, murió en 1975 en Belgrado, siendo por entonces capital de la antigua Yugoslavia socialista. Hago notar estos detalles históricos, (muy relacionados con el origen de las guerras yugoslavas de los años 90), para dar entrada a una lectura imprescindible.

El comité encargado de otorgar el Nobel de Literatura al escritor bosnio destacó: “la épica y fuerza con que ha descrito temas y destinos humanos de la historia de su país”.

Símbolo de ese épica y fuerza fue “Un puente sobre el Drina”, novela histórica que fue publicada por primera vez en 1945. La trama abarca cerca de cuatro siglos, y viene a sintetizar la evolución de las relaciones entre los habitantes de de Visegrad, (Visegrado en castellano), ciudad situada en Bosnia y a escasos 20 km de la frontera con Serbia.

Resulta apasionante comprobar a lo largo de su lectura, cómo Andrić dibuja espléndidamente el impacto de la evolución del mundo en los habitantes de una pequeña ciudad y en sus propias relaciones personales. La excusa del puente sobre el río Drina, que fue construido en el siglo XVI por Mehmed Paša Sokolović, (jenízaro que llegó a convertirse en Gran Visir del imperio otomano), pasando por la llegada de la industrialización, las comunicaciones, la cultura importada de países más desarrollados, la conquista del imperio austrohúngaro, la primera guerra mundial precedida de la guerra de los balances y el impacto de las decisiones geopolíticas tomadas a miles de kilómetros, inoculó en Visegrado, (donde habitaban sin mayores problemas musulmanes, judíos y cristianos), la semilla de un odio artificial cuyo origen nunca les fue explicado ni solicitado.

Quiere el escritor bosnio explicar al lector cómo sucedió lo que él vivió hasta su muerte en 1975, pero mucho más revelador es comprobar lo que pasó a partir de 1991 en lo que ya fue la antigua Yugoslavia. Nada de lo que pasó hace apenas 30 años se puede explicar y entender sin leer “Un puente sobre el Drina”, anticipado a una época que Ivo Andrić vio venir.

No es esta obra una novela política y tampoco un ensayo histórico. Hay mucha piel y vida de Ivo Andrić narrada en boca de otros. Maravilla comprobar a lo largo de su lectura y tras el conveniente reposo de la misma, cómo consigue el autor sedimentar en el lector avezado la idea genérica de qué fue exactamente lo que pasó en los Balcanes en el siglo XX, teniendo como referente inicial el siglo XVI. No encontrarán personajes fijos, aunque sí consistentes y recordados a lo largo del libro. Los capítulos saltan largos periodos, pero mantienen al lector dentro de Visegrado y de su puente como si toda la historia estuviese transcurriendo en un par de días. No se siente el paso de los siglos, sólo el cambio en la forma de relacionarse entre habitantes de un pueblo, al principio, y religiones en lucha fratricida al final.

Acudan sin más dilación a esta maravilla, no les decepcionará.

Querida niña de Edith Olivier

(Reseña de Rita Piedrafita)

En esta breve novela, publicada por Editorial Periférica, de una autora que ha pasado por el camino literario sin pena ni gloria, y yo todavía me estoy preguntando el porqué, juega con continuamente con el lector llevándolo, como si de un funambulista se tratara, en peligroso equilibrio entre la ficción y la realidad. Edith Olivier, a base de manejar muy bien a los personajes, los tiempos, las situaciones en las que se enfrentan, y con una alta dosis de ambigüedad crea una novela corta, en la que el componente psicológico acaba siendo el claro protagonista.

La casi ausencia de trama, es sencilla y sin rodeos, como la prosa de la autora, y la sencillez de los escenarios, sorprende al lector a medida que avanza la lectura, ya que éste acaba comprendiendo que el valor de la obra está en cómo la autora nos cuenta la historia.

Son dos protagonistas, volvemos al desdoble literario que tanto nos gusta, y casi un único secundario-antagonista, una casa como casi único escenario, y una historia donde la mente acaba dominando la escena, esta escritora del siglo XIX consigue una obra que “engaña” lector, dejándolo flotar entre la verdad y la imaginación, entre lo real y la locura.

El lector cerrará este libro dudando… ¿Qué ha pasado? ¿Será verdad? Pero una pregunta prevalecerá… ¿Por qué no triunfó Edith Olivier en el XIX? ¿Por qué no estamos hablando a día de hoy de esta autora?

Ay, la literatura se olvida a veces de los grandes, y en este caso, se olvidó de una gran escritora.

 

El nadador en el mar secreto, William Kotzwinklee

(Reseña de Rita Piedrafita)

Johnny!¡Acabo de romper aguas!

Resulta fácil imaginar el argumento de esta novela corta, leyendo solamente su frase inicial…  nos habla de una historia cotidiana, el nacimiento del primer hijo.

Diane acaba de romper aguas y Johnny prepara la furgoneta para ir al hospital. Y a partir de ahí William Kotzwinkle nos cuenta la historia que cualquier pareja vive unas horas antes de dar a luz: el viaje hacia la clínica, las primeras contracciones con sus primeros dolores, el temor.

Y es tras esa primera frase: ¡Acabo de romper aguas!, el momento que el autor elige para marcarnos las pautas de un relato que se intuye demoledor. Es ese frío de la noche, la dificultad de un camino repleto de nieve, o la noticia de que el bebé viene de nalgas lo que nos introduce de sopetón en una historia que poco a poco recrudece… Recrudece sin pausa, sin dejarte tomar aliento, acelerando paulatinamente tu respiración.

Nada en este libro me ha dejado indiferente, quizás debido a que soy madre, talvez por estar bien contado. Y es que en tan solo 90 páginas William Kotzwinkle es capaz de crear un mar de un parto, de hacerte sentir como luchas contra las olas, como te ahogas, mientras el nadador del mar secreto intenta nadar a contracorriente para sobrevivir. Tu corazón se acelera, tu boca se abre en gesto de sorpresa, suspiras, e incluso gimes con dolor…Porque quieres nadar con él, quieres ayudarle; entonces dejas caer un par de lágrimas y respiras hondo, consciente de que debes seguir leyendo, necesitas acompañar a Diane y Johnny hasta el final. Coges aire, y, mirando de reojo el número de página, continúas leyendo, sabiendo que en la página 90 está el final, y tú, necesitas leerlo.

Entonces cierras el libro, mientras empiezas a pensar a quien recomendarle esta lectura, porque El nadador del mar secreto, es, como muy bien lo define Navona Editorial, un ineludible.

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