Un epílogo para la Tierra: la mirada (crítica) de Antonio Muñoz Molina

Cuando llego al Hotel Wellington, Antonio Muñoz Molina está leyendo el periódico del día mientras bebe café. Antes, de camino al lugar, se me ocurre la pregunta de porqué los escritores siempre desean quedar en las cafeterías de estos espacios para ser entrevistados. “Yo creo que no es por cultura, ni por historia, sino simplemente porque suelen ser espacios más tranquilos que las cafeterías normales”, me contesta. Pero esta respuesta será contrariada tan sólo 15 minutos después de ponernos a la faena: el autor de El invierno en Lisboa le tendrá que pedir al camarero que si puede bajar una música a camino entre la electrónica y el pop que hace que nuestra conversación pierda ritmo.
Esta situación podría estar incluida en su último libro Un andar solitario entre la gente (Seix Barral), en el que a través de collages realizados con materiales de deshecho, lanza una mirada del mundo que nos rodea, una visión sobre las diferentes contaminaciones con las que tenemos que lidiar todos los días y que, por desgracia, hemos dado por supuestas. Una mirada crítica con la actualidad, con el no-lugar hacia el que estamos dirigiendo al planeta a través de este modelo económico insostenible. Una mirada al estilo del clásico flâneur que se pasea por ciudades como Madrid, Nueva York o París y que siempre se tropieza con el mismo desazón: la sobreabundancia. Pero también ofrece una mirada caleidoscópica que no desatiende el amor por la vida, ya que como resalta el propio autor “en la calle se dan las cosas más horrendas y las más extraordinarias al mismo tiempo”.

 

El libro está compuesto a base de deshechos. ¿Es la mejor herramienta que tenemos en la actualidad para crear?

Es una de las herramientas. La utilización del deshecho en el arte comienza en el S. XX en el Cubismo, con Picasso. Es cuando Picasso en vez de pintar detalladamente, pega un trozo de papel en un lienzo. Usar el residuo, lo que parece que no sirve, le da una torsión, una vuelta al material: revela una belleza, una capacidad de expresar algo.

 

Quizá a día de hoy el artista que base su obra en deshechos lo tiene más fácil que en el S. XX.

(Risas) Si tú quieres contar una sociedad que se basa de una manera material y real en la producción y el consumo continuo, la mejor manera de contarlo es a través de esos materiales de deshechos que produce la propia sociedad. ¿Cómo cuentas la confusión creada por la sobreabundancia de información o exagerada o dudosa o, simplemente, mentirosa? Lo haces simplemente poniendo sobre la hoja de papel esas informaciones.

Si coges un periódico cada día, ves la mezcla que hay ahí. No tienes que hacer un discurso denostando eso, lo único que tienes que hacerlo es escribirlo.

 

«La utilización del deshecho en el arte comienza en el S. XX en el Cubismo, con Picasso. Es cuando Picasso en vez de pintar detalladamente, pega un trozo de papel en un lienzo.»

 

¿Con qué pretensión comenzaste a desarrollar este libro?

Pretensión ninguna. Era simplemente la curiosidad o la atracción irresistible que me producía la sobreabundancia de materiales instantáneos, publicitarios, de consumo… la sobreabundancia de mensajes o llamadas a las que una persona se está enfrentando continuamente. Esa sobreabundancia está ahí, pero como estamos rodeados de ella no la vemos. En el libro hay un momento que al escuchar lo que yo mismo he grabado en la calle, me doy cuenta del ruido que hay. Tú vas por la calle y rara vez eres consciente de esto, de todos los coches que hay. Estás tan saturado… Pero si lo miras con ojos nuevos… cuando recuperas una mirada de extrañeza o de novedad, la mirada que tiene uno que llega por primera vez a un sitio, de repente te das cuenta de muchas cosas en las que no te habías fijado antes. Y no habías recaído en ellas por el hábito, porque no nos fijamos en algo que tenemos siempre delante. El cerebro es un órgano muy perezoso y en cuanto ve algo que ya conoce lo ignora.

 

Una mirada que está renovada también por una época previa que viviste de “oscurantismo”…

Esta es una mirada que está implícita en el libro casi siempre y algunas veces explicita. Y es que cuando alguien sale de un estado mental de depresión o de obsesión dañina, se da cuenta de que ha vivido muy encerrado. Es como cuando una persona está enferma y sale a la calle de nuevo; todo le sorprende. Yo creo que esa manía o curiosidad, con el tiempo se transformó en un fin: el de intentar contar el mundo ahora mismo. Ayer vi un artículo en el suplemento de la Vanguardia que llamaban a mi libro “la sinfonía del presente”. Me gustó porque muchas veces había pensado en hacer un libro en términos de música, de arramblar con las cosas.

 

Salir a la calle, volver a escribir… son hechos que te rejuvenecen. Llegas a decir que te sientes más joven que a los 30 años.

Cuando pasa el tiempo, corres el peligro de instalarte en una especie de pseudomadurez solemne. Es fácil quedarte aquí porque nadie te va a decir que no lo hagas. Mucha gente va a prestar atención a lo que tú digas. A mí esa caída del escritor en la solemnidad con el paso del tiempo me parece muy dañina y aburrida. A mí me gusta la libertad verdadera y profunda, no ser un mueble institucional de la cultura de mi país.

 

Estos principios también los muestras en tu literatura. Has pasado por los artículos, la novela, ahora el ensayo. No te has asentado en la comodidad de la novela, gracias a la cual te hiciste un renombre.

Para mí tampoco sería cómodo escribir sabiendo demasiado de lo que estoy haciendo. Yo creo que en la literatura hay muchas posibilidades y uno la explora por curiosidad, por inquietud, por afición, porque quiere encontrar en cada momento la mejor forma de expresar lo que en cada momento es. Hay personas que son más concentradas o más regulares. Yo soy muy curioso y me gusta explorar cosas distintas. Ahora bien, eso no quiere decir que la novela no me guste. La novela sigue siendo un modelo de creación y de posibilidades de relación con el mundo. Tengo la esperanza de que se me ocurra una novela arrebatadora.

«Cuando pasa el tiempo, corres el peligro de instalarte en una especie de pseudomadurez solemne. Es fácil quedarte aquí porque nadie te va a decir que no lo hagas.»

Aunque para ti la literatura sea vital, apuntas en el libro que no tiene importancia.

No tiene importancia práctica o está muy limitada. Cuando ves las fuerzas tremendas que hay en el mundo… Eso te da la humildad necesaria, pero también te indica que en la pequeña escala de las vidas cotidianas la literatura puede ayudar: como huida, como entretenimiento, como enseñanza, como rebelión… la literatura ha comenzado muchas rebeliones. Una rebelión individual parece irrisoria ante las fuerzas que hay, pero no siempre es así. Fíjate a lo que dio lugar la rebelión de Rosa Parks o de Martin Luther King.

 

Dices que cuando sales a la calle, te preguntas que porqué tantos coches, porqué tanta basura. Y te devuelvo la pregunta.

La sobreabundancia viene por el sistema económico en el que estamos. Un sistema que se autoalimenta continuamente. ¿Cómo puede haber un crecimiento constante de la economía si los recursos son limitados? Así se crea un delirio en el que se cree que se puede tener todo sin límites ni horarios, ni de cantidad… Hay un anuncio en los autobuses que dice: “Vive todas tus emociones al límite”. Y yo me pregunto: ¿Cómo se hace eso? Esos mensajes continuos tienen que ver con el sistema, un sistema que se basa en la ansiedad. De tener lo que no tienes, de tener más.

Los anuncios de viajes son los que mejor definen esto: explotan todos los mitos, todos los lugares comunes del romanticismo, de la literatura de viajes. Explotan sin ningún miramiento los mitos de los Mares del Sur, del paraíso terrenal: las palmeras, las playas idílicas. Esto está al servicio de cosas que no se pueden sostener a la larga porque los recursos son limitados. Que una economía de una sociedad se base en cosas que van a quedar obsoletas en poco tiempo, pero que van a dejar un rastro imborrable, es como vivir en un delirio.

 

¿La publicidad nos ha robado hasta la poesía? Te muestras muy crítico ante ella.

Más que crítica a la publicidad, lo que hay es una mirada. Una mirada que acaba siendo crítica, pero no explícitamente. Decir que la publicidad me parece mala o dañina, no va a ninguna parte. Lo que hay que hacer es mirarlo. La publicidad es una forma de expresión artística en el sentido de que implica invención literaria, narración, decisiones estéticas, fotografía, rodaje… es un producto artístico con una finalidad comercial. Igual que la pintura religiosa es un producto artístico con una finalidad de propaganda. Me fascinaba ver cómo la publicidad toma los lenguajes sin ningún escrúpulo de la poesía, del doble sentido, de la sugerencia… para atraer hacia sus productos. Para crear expectativas desmesuradas sobre productos que son de interés limitado o que no tienen ningún interés.

«¿Cómo puede haber un crecimiento constante de la economía si los recursos son limitados? Así se crea un delirio en el que se cree que se puede tener todo sin límites ni horarios, ni de cantidad…»

¿Qué propone ante esto Antonio Muñoz Molina?

Yo propongo un cambio de sociedad que tendría que ser muy profundo. Pero me fijaría en cosas más prácticas. Igual las generaciones que vivimos ahora vamos a poder escapar, pero los que vengan detrás van a tener que buscarlo ellos. Igual que en tu vida diaria tienes que buscarte las posibilidades de vivir de acuerdo a tus limitaciones, a tu realidad, en la vida colectiva tendrá que llegar eso. En ese sentido soy ecologista, creo que hay cosas que se pueden hacer. Que hay despilfarros que se pueden evitar. Que con un poco de conciencia se conseguiría cambiar mucho.

Muchas veces más que hacer, lo que hay hacer es no hacer. Para estar sano, por ejemplo, hay que no comer mucho, no fumar y no abusar del alcohol. Además, hay más posibilidades de felicidad real no metiéndose en esa rueda de consumo permanente.

 

Esta publicidad, este modelo, lo único que te aboca es a un estado de insatisfacción permanente

Eso ya estaba en los filósofos antiguos, en Buda. La creación continua de necesidades. Cuando satisfaces una, lo que vas a tener automáticamente es otra. Eso está escrito desde hace mucho tiempo. Pero esto se da en nuestra parte del mundo, en la que despilfarramos recursos que en otras partes son recursos escasísimos. Nosotros despilfarramos el agua.

 

Nos dirigimos hacia un barranco y parece que no somos capaces de verlo. Sólo con abrir el periódico, como haces en el libro, ya tenemos más de una clave: una ballena que se queda varada en la playa con la tripa llena de basura, unos aves que dan de comer mecheros a sus crías…

Hay otro titular que recojo que dice que en 2030 habrá más toneladas de basura en el mar, que de peces. También hay otra parte en la que, cuando me junto con mi amigo científico que se dedica a investigar los fondos marinos… de manera consciente se están destruyendo los recursos. Dices que hay un precipicio; yo quisiera que no lo hubiera. Por la cuenta que nos trae. Y una cosa que me llama mucho la atención en este sentido es que en España no hay un debate político sobre esto. Y eso que es un país de los más amenazados por la desertificación, con más problemas de agua… pero es un país en el que no se habla de esto. Y eso me llama mucho la atención. Y eso que los partidos políticos supuestamente alternativos no hablan de eso.

 

El problema de España es que creemos que con el reciclaje ya estamos contribuyendo a que el mundo no desaparezca.

Además, esa vida consciente es una vida más feliz. No vas a sufrir. En general hay que rebajar todo: los viajes, el consumo…

 

Pero el libro es también una obra de amor a la vida.

Porque esa es la realidad. Yo cuando sólo se cuenta sólo una parte, no me lo creo. La vida de nadie es así. La vida está hecha de muchos pedazos: sales a la calle y hay cosas que son horrendas y otras que son extraordinarias. La ciudad en sí misma a pesar de todo es un espectáculo maravilloso y continuo. En la literatura o en el arte siempre ha habido una celebración de lo real, desde sus inicios. Las pinturas de las cuevas o las egipcias… ahí hay una celebración de la abundancia, pero también hay un lamento por la fugacidad y por el dolor. Todo eso está junto.

 

Dame un eslogan para este libro.

(Risas) Puede ser el de una cadena de hoteles: “Vive todas tus vidas al límite”. Eso es lo que te ofrece la literatura. “Experiencias únicas para viajeros como tú” también valdría

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