El pasado 6 de Enero el periódico El País publicó un artículo titulado: «Los cerebros hackeados votan» escrito por Yuval Noah Harari, en el que se nos explicaba con meridiana claridad cómo nuestros cerebros están siendo hackeados y utilizados para que hagamos, pensemos o sintamos determinadas cosas. En su certero artículo el escritor israelí nos dice: «La propaganda y la manipulación no son ninguna novedad, desde luego. Antes actuaban mediante bombardeos masivos; hoy, son, cada vez más, munición de alta precisión contra objetivos escogidos…» (Sic). De modo que el adoctrinamiento que tanto nos repugna se realiza en las redes de un modo masivo pero individualizado. Imagínense lo que hubiesen podido hacer con estas herramientas Hitler o Stalin. Para lo cual, como siempre se hizo, se utilizan los resortes del miedo, el odio o la codicia. Sentimientos que, en mayor o menor medida, todos experimentamos. La diferencia es que ahora son los miedos, odios y codicias particulares los que se utilizan para hacer saltar resortes que nos lleven a determinado lugar. Además, en su artículo, Yuval Noah Harari pone en entredicho lo que conocemos como libre albedrío porque la libertad está basada en anhelos, sueños y deseos programados y prefabricados por otros. Siendo este un trabajo de fina orfebrería propagandística que no descansa nunca. Un orvallo de inputs inclemente e incansable. Ahora, de hecho, mientras estamos leyendo estas líneas, están intentando piratear nuestros cerebros.

Como respuesta a la pregunta sobre qué podemos hacer al respecto, Yuval Noah Harari propone una solución que se bifurca en dos frentes. Por un lado nos dice que «debemos defender la democracia porque demostró ser la forma de gobierno menos nociva y porque no restringe el debate sobre nuestro futuro. Y, por el otro, poner en duda las tesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI» (sic). Puesto que, como dijimos antes, si no existe el libre albedrío, el concepto de libertad no sería el que conocíamos hasta ahora porque estaría siendo manipulado y pringado de oscuros intereses.

Entendemos como fundamental la idea que menciona sobre la defensa de la democracia. Una defensa en que estamos desde siempre instalados por lo que nos posicionamos con el estado de derecho, la legalidad y la absoluta separación de poderes. Condición sine qua non para una democracia. Porque, como ya dijera Aristóteles: «un lugar en que se concentran los distintos poderes no es más que un estado despótico». Por lo que se aleja de la idea de democracia. Esta definición aristotélica se vería luego refrendada y ampliada por Montesquieu en su celebérrima teoría del Estado. En la que el filósofo francés propugna la separación de poderes. En los países de nuestro entorno podemos ver cómo se están difuminando peligrosamente las fronteras entre un poder y otro. Pues, lejos de querer buscar la separación efectiva entre ellos, se está buscando disfrazar el control por parte del ejecutivo sobre el legislativo y el judicial.

Así que la lucha está clara. Hay que recuperar los ideales democráticos y llevarlos como la inviolable bandera que son. Tenemos que conseguir un estado de derecho con una efectiva separación de poderes que garantice la justicia social a todos sus ciudadanos, consiguiendo, por ello, un escenario de bienestar creciente. Un bienestar creciente y común que se asentará en la base de los valores fundamentales (igualdad, legalidad, pluralismo político y fraternidad) que deberían ser la piedra angular sobre la que se instalen los gobiernos venideros. Tomando una carrerilla de casi trescientos años hasta Montesquieu, pensamos, es de dónde tenemos que partir para sentar las bases que nos permitan transitar con la mayor unión y fortaleza esta era política que ya nos está cayendo encima. Un camino que comenzará indiscutiblemente con la renovación de las constituciones más rígidas haciéndolas más flexibles y adaptables a los tiempos que corren porque, de otro modo, estamos abocados a que las normas que se desarrollaron en su día, queden como retazos anacrónicos y obsoletos de un pasado bienintencionado pero nada efectivo en el mundo de hoy.

Por otro lado, como quienes nos suelen leer sabrán, desde esta atalaya que nos ha construido The Citizen venimos perorando respecto a la importancia de la cultura y la educación. Una cultura y educación que no son sino potentes herramientas para conseguir un profundo conocimiento de uno mismo y de cuánto le rodea. Esta será, en nuestra humilde opinión, la solución al adoctrinamiento y polarización de nuestra sociedad. Pues entendemos que, cuanto más profundice cada uno en su propia psique, más conocerá y comprenderá de dónde vienen sus filias y sus fobias y cuanto más comprenda su entorno mejor entenderá la manera de pensar y de actuar de propios y extraños. Así, conociendo los actos y pensamientos de los nuestros y los de enfrente, podremos intentar ir venciendo el miedo. Porque el desconocimiento es uno de los principios fundamentales del miedo. De modo que, entendemos, el conocimiento es el arma con el que achicar el espacio a nuestros miedo, odio y codicia. Valores que indefectiblemente conforman nuestras debilidades. Cuanto más claras se tengan las creencias de uno mismo, pensamos, más difícil será inocularnos el virus adoctrinante y polarizador con que nos están rociando continuamente. Desde el conocimiento más profundo del lugar del que venimos, podremos llegar a delimitar nuestro escenario vital y así entenderemos nuestro papel en este entorno en que nos ha tocado vivir.

Por otro lado, cuanto más inculto es alguien, más dócil y manipulable será. Menos costará infectarle con el dichoso virus. Cuantos más individuos ignorantes y dóciles pululen por ahí mejor, como estamos pudiendo ver, pues más seres polarizables habrá en la sociedad. Más merluzos habrá en el banco que han avistado y al que estos pescadores de zotes se encaminarán con las redes convenientemente dispuestas. Cuanto más polarizada esté la sociedad, creemos, mayor será el enfrentamiento entre los ciudadanos. El escenario del miedo es aquel en el que mejor se desenvuelven quienes nos quieren adoctrinados y autómatas. En la ponzoñosa charca de la discordia es donde mejor retozan y de dónde mayor beneficio sacan. Mientras que de la ignorancia es del banco dónde más fácilmente pescan los dóciles merluzos que son su motor.

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