Cada mañana voy andando a la estación de cercanías para ir a trabajar. Desde mi casa al tren son unos cuatro mil pasos. Lo sé porque en la empresa nos han dividido en equipos y tenemos que demostrar qué equipo es el que hace más pasos mensualmente. Creo que si llegamos a dos mil quinientos millones de pasos nos regalan un viaje a Alcorcón, o algo así. De modo que llevo un podómetro en una pulsera que tengo en mi muñeca derecha. Desde que nos han puesto ese aparato lo contamos todo en pasos. Pero volvamos al paseo hasta la estación. Que no es un paseo placentero, ni mucho menos. No es placentero porque tanto el frío, la lluvia, el calor o el viento hacen que el camino sea un horror. Para llegar a la estación hay que atravesar un parque enorme y bastante descuidado. Pero en verano es mucho peor porque las aceras están repletas de basura. No sé por qué razón en verano el parque está menos cuidado si cabe. De modo que vamos por la acera aunque en este barrio también está sucia. Ademas está el calor que, ya a las siete de la mañana, sube del asfalto y es tremendo. Para llegar a la estación hay que esquivar residuos orgánicos, inorgánicos y bichos peludos que corren y provocan más de un susto a los viandantes.

Además, las escaleras de acceso son un peligro, pues tienen los bordes redondeados por el uso y algún que otro escalón roto. Tan es así que ya han provocado más de un lesionado de diversa consideración. De modo que cuando llueve o nieva el riesgo se multiplica. Haciendo escorzos, esquivas y fintas voy acercándome a la estación. A medida que me acerco puedo oír el tránsito de trenes con mayor nitidez. Ahora viene uno. Que este no sea el mío y me de tiempo a cogerlo, que voy un poco justo. Que no sea el mío. ¡Mierda! Salgo corriendo.

“Maldigo mi suerte en voz alta mientras veo que el andén está abarrotado y puedo oír el chirrido de los frenos del tren”

Intento entrar por el torno pero tengo el abono caducado. Maldigo mi suerte en voz alta mientras veo que el andén está abarrotado y puedo oír el chirrido de los frenos del tren. Me acerco a la máquina porque en Madrid ya no te atienden personas en las estaciones de servicio ni en las de transporte. A pesar del paro que hay lo que hacen es abarrotar todo con máquinas que sustituyen a las personas. Lo gracioso es que los mismos que toman esas medidas luego se asombran de los datos de desempleo, en fin, un ejemplo más de la capacidad intelectual de nuestros gobernantes. La máquina en cuestión, ignorando mi prisa, se toma su tiempo. Cojo a toda velocidad las vueltas escarbando con los dedos en el minúsculo hueco habilitado en la parte inferior de la máquina y salgo corriendo para llegar al tren. Al cruzar el túnel que separa las vías de una y otra dirección escucho la alarma que señala el cierre de las puertas. Mierda, grito de nuevo, y acelero a todo lo que dan mis piernas. Cuando subo el último peldaño y pongo el pie en el andén, justo en ese momento, veo cómo el último vagón es engullido por la oscuridad del túnel.

Miro el reloj del andén. Indica que el siguiente tren pasará en siete minutos. Me pregunto si los relojes de los andenes son artefactos demoníacos para sacarnos de quicio. Los minutos, no sé si se habrán dado cuenta, son elásticos en un andén. El método de medición del tiempo es distinto dentro y fuera de una estación. Los segundos se deslizan con una irritante parsimonia. Se pueden alargar hasta la náusea del viajero. La duración de la espera en un andén, además, es directamente proporcional al calor que haga. Así que, para no pensar en ello, saco mi libro y paso el rato leyendo. Me abstraigo de lo que sucede alrededor. Hasta que escucho llegar un nuevo tren y levanto la vista. Como puede preverse el andén está de nuevo abarrotado. Es hora punta y en siete minutos se ha vuelto a llenar el andén. El que haga la programación de la frecuencia de los convoyes no debe haber pisado un tren desde aproximadamente mayo del 68. El tren las puertas y puedo ver que, por supuesto, el vagón está también hasta los topes. Según una viajera que está esperando a mi lado esto pasa porque al ser verano se reduce el número de trenes. Es la típica listilla que opina de todo y entiende de todo salvo de estética y gusto, a tenor del atuendo que suele gastar. Coincidimos a menudo en la estación y siempre acaba discutiendo o hablando con el resto de viajeros. Pero, eso sí, a gritos. Poseedora, como es, de un tono de voz ciertamente irritante hace que los viajeros que no estamos a su conversación reneguemos y nos irritemos en exceso. Por si fuera poca tortura el viaje en tren, viene ella a aumentar la tensión. Por lo que la llegada de la estación de destino es un alivio para el que tenga la suerte de alejarse de ella.

Al entrar en el vagón un golpe de calor inenarrable seguido de un olor indefinido abotaga mis sentidos. Los rostros enrojecidos, sudorosos y serios de los resignados viajeros me dan la bienvenida al tren de los horrores. El aire acondicionado no está puesto. No funciona o no lo quieren poner. La lista hortera grita a otros viajeros con los que discute por qué no hay aire acondicionado. Ella defiende lo indefendible. Es capaz de decir lo mismo y lo contrario en una única frase. Desconcierta a sus rivales que, desesperados por el calor y la discusión, acaban insultándola con mayor o menor vehemencia. Recuerdo una ocasión en que un señor mayor discutió con ella y, en una estación intermedia, la echó del tren propinándole un empujón. El señor tuvo que saludar al respetable ante la ovación que le propiciamos. De modo que cierro el libro porque es imposible leer sin molestar a los viajeros que tengo a tres milímetros a mi derecha e izquierda, ni sin que la hortera que está seis milímetros delante me doble el libro. De modo que lo guardo como puedo y sudo. Intento respirar y sudo. Pestañeo y sudo. Dejo mi mente en blanco y sudo. Noto como dos gruesas gotas de sudor ruedan por mi espalda y sufro. Detesto sentirme sucio y el sudor dentro de un tren consigue que sea consciente de la necesidad de una nueva ducha.

“lo guardo como puedo y sudo. Intento respirar y sudo. Pestañeo y sudo. Dejo mi mente en blanco y sudo”

Llegamos a una estación intermedia y lo que parecía imposible sucede: entra más gente. Se oyen gritos insultando al conductor para que ponga el aire acondicionado. La hortera lista que me clava el codo en el plexo solar, dice que si el conductor no pone el aire es porque no funciona. Si no hay aquí en el vagón, él tampoco tiene en la cabina, así que deje de insultar, grita al infinito la experta. Iniciando una discusión a gritos con la voz invisible del más allá, mientras mira sonriente alrededor. Buscando cómplices. Me quedo impertérrito no sea que se ponga a hablar conmigo aunque yo no quiera. Miro el infinito. Leo una y otra vez la lista de estaciones que quedan hasta que llegue. Que este tipo de gente es muy dado a hablar con el que le mire. Encuentra una cómplice en la chica que llevo a mi espalda. Concretamente a escasos cinco milímetros de mi trasero.

Al llegar a Chamartín, más que bajar, según se abren las puertas caemos al andén como defecados por el vagón y damos bocanadas al aire como peces recién salidos del agua. Al evitar pisar a la hortera listilla me he torcido el tobillo. Pero es preferible el dolor de tobillo que seguir escuchando sus opiniones sobre la final de Masterchef. Al mirar atrás vi que estaba intercambiando el número de teléfono con la chica que tenía detrás clavándome los senos en la espalda y que, para hablar con la listilla, gritaba por encima de mi hombro, junto a mi oído derecho. La hortera giraba su cuello y me restregaba su coleta por la cara antes de decir algo. Así he estado todo el trayecto hasta que por fin he salido.

Cuando las dejo atrás, noto cómo las lágrimas se agolpan en mis ojos. Tengo que hacer un esfuerzo enorme para evitar el llanto que me produce la emoción de respirar el irrespirable aire de una estación de tren. Mucho menos viciado que el de dentro del vagón, donde va a parar. Llego al trabajo, sudando como un pollo; boqueando como un arenque recién salido del agua; con la cara irritada como la de un imberbe recién afeitado producto de los restregones de la coleta de la listilla hortera y con los ojos rojos. Una vez en la oficina, voy al baño, me lavo la cara y entro al office a comprarme una botella de agua en la máquina. Voy a mi sitio y, mientras enciendo el ordenador, bebo agua como Lawrence de Arabia en el desierto.

“Cuando las dejo atrás, noto cómo las lágrimas se agolpan en mis ojos”

Mi compañero de mesa está discutiendo con otro porque llegó tarde. Mi compañero vive a escasos Díez minutos andando de la oficina y viene andando todos los días. Que si pensaba que le había pasado algo. Que le ha enviado un whatsapp, dice, por si acaso necesitaba algo. No lo he visto, replica el otro. Muchas gracias, continúa, pero no he podido ni ver el teléfono. Había un atasco terrible en la M30 y, antes de poder continuar, dice mi compañero de mesa: Claro, como siempre tenéis que venir en coche os coméis los atascos, y os viene bien. Si la gente cogiese más el transporte público habría menos polución. Hay que coger el transporte público, tío. Gruño. Me miran ambos y no puedo contestar. Los insultos se agolpan en mi cabeza y lo único que hago es sonreír como un imbécil.

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