Mi alma se envuelve en un abrazo fraternal con la naturaleza. Elijo una senda poco transitada para caminar. A mi izquierda, orgulloso, el río. A ratos caudaloso y, a otros, no es más que una charca cercada por blancas piedras. Inhalo el aroma fresco y tranquilo. Miro arriba y veo un ave enorme volar en círculos. Un folleto que ojeé antes de adentrarme en este paraje indicaba que aquí suele haber mucho buitre leonado. Mi mirada se desliza por el orgulloso tronco de los árboles que rodean el paisaje. Continúo andando unos metros en el mayor de los silencios y me dejo sorprender por los ruidos que me envuelven. A mi paso, un lagarto se sobresalta y me asusta al cruzar la senda hasta un refugio cercano. Sonriendo miro su guarida y sigo caminando, atento. Unos pasos más allá decido sentarme en una piedra y observar. 

Me sumerjo en la barahúnda de ruidos procedentes de todas las direcciones del bosque. Las hojas se mecen, dulces, al ritmo suave y continuo de la brisa que envuelve mi cuerpo. La vista se pierde en la infinita variedad de tonalidades verdes que visten el campo. Dos truchas nadan por el río ajenas al dictado de mis sentidos. Se alejan como llegaron: con sosiego y orgullo. La insondable espesura se cierra a mi alrededor y las sombras de las hojas dibujan indescifrables diagramas en el suelo. Como si escribieran sobre mi llegada a sus dominios en una lengua arcana. La montaña que tengo a mi espalda es de un rojo intenso y en el abrupto corte que me ofrece puedo ver agujeros, nidos y madrigueras habitadas por todo tipo de animales. Escucho los golpes de un pájaro carpintero en el tronco de algún árbol cercano que, por mucho que lo intento, no logro identificar. Allá a lo lejos empiezo a percibir unos sonidos que son menos edificantes. 

Alaridos que provocan la huida despavorida de varios pájaros que reposaban tranquilos. El campo se estremece y sobresalta. El lagarto sale de la guarida anterior, se detiene en medio de la senda y, tras mirar a ambos lados, se marcha apresuradamente a su madriguera. Pesados pasos resuenan por encima del sosiego natural que hasta hace unos instantes envolvía mi ser. Voces que anuncian lo que ven con un tono demasiado alto. Diciendo por ejemplo: ¡MIRA UNA MARIPOSA! Voces infantiles y adultas. Los niños son educables; los adultos, mucho me temo, no. Faltan el respeto al entorno. Rasgan el velo de la calma. Como un grito en el silencio. Como pasos en la noche. Como un chirrido en la madrugada. La naturaleza se esconde de ellos, refugiándose de quienes la ensucian, menospreciando la esencia de los seres que la pueblan. Despreciando, incluso, la de ellos mismos. Por eso no. No son de los nuestros. Sus actos nos alejan. No pertenecemos a la misma especie. No somos iguales. Ellos, por muy tecnológicos que sean, no han evolucionado. Por más modernos que se crean no han progresado. Pasan sin pena ni gloria por la vida. Sobran en lugar de sumar. Restan en lugar de multiplicar. Molestan en lugar de vivir. 

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