Ojalá tuviera la posibilidad de ser una isla. Mis ojos solo ven sirenas y tiburones. Pero  todo es demasiado terrestre y seco. Soy demasiado independiente y dependiente al mismo tiempo. Contradictorio y transparente. Un vaso que está un poco sucio y que te hace dudar de lo que hay dentro. Soy lo que rodea al mar de los ojos que me miran.

Cuando mi isla es desierta es cuando está preparada para recibir compañía. De las palmeras cuelgan los mejores frutos. Los más frescos y jugosos y los que están sin morder. Mi generosidad consiste en darte a ti mis dátiles. Valga la aliteración sonora. Ruido altruista y alimenticio. Embellecer tú estómago con las únicas flores que me dejan ver el horizonte de mis ojos. En mi isla, la oscuridad solo la traen mis sueños, aunque sería mejor decir mis pesadillas, que en mi caso se confunden como las cosas que se parecen tanto que lo acaban siendo. Ayer soñé y lo pasé mal es una frase demasiado larga como para no decir nada. Cuando no haces nada es que te estás repitiendo demasiado. Y en mi isla es difícil ser original cuando el mar insiste en abrazarme. Si no hubiera agua a mí alrededor yo nadaría mejor sobre la vida.

Si pudiera volar sin alas, hace tiempo que me hubiera abandonado. Saldría de mí, de esta isla demasiado material como para ser ficticia y que está hecha a partir de mis imaginaciones. Ideas que se han solidificado formando un mar del que no puedo salir. Los cantos de las sirenas son un susurro apenas perceptible y los tiburones son cada vez más grandes y tardan menos en dar una vuelta alrededor de mi isla.

Hay días en los que mi isla se despierta rodeada de grandes edificios y de fábricas contaminantes. La ciudad se convierte en un lugar donde no es fácil hacer pie. La profundidad de las urbes se mide en soledades e indiferencias. Las luces de las fachadas anuncian capitalismo oscuro. Brillan sus colmillos eléctricos y yo chapoteo en mi isla feliz contra ellas. Soy un accidente eléctrico. La resistencia siempre está en una piel que sabe que hay que mojarse. Hago cortocircuito. Me apago de impotencia.

Muchos barcos se acercan de manera lenta pero segura hacía mí. Los hay cargueros y petroleros. Otras son simples lanchas y botes. También veo algunos buques y transatlánticos. Los pasajeros de estos últimos permanecen muertos como los del Titanic y me refiero a los que consumen ese tipo de cruceros cutres y casposos. Se creen que están vivos, pero están ahogados de aburrimiento y de una falsa diversión. Foster Wallace tenía razón, tanta que se sugestionó y acabó suicidándose. Aunque yo creo que a lo que él se refería como “Algo supuestamente divertido que jamás volveré a hacer” era precisamente a lo del suicidio. Hay cosas que no se pueden hacer otra vez, que repetirlas parece imposible y por desgracia ninguna de ellas es volver a viajar en un crucero.

El mar se ha convertido en tierra y soy todo desierto, palmera y tormenta de arena. Me agarro al tronco y el viento me lleva. Bailo con mi pareja hecha de corteza y pelo enmarañado y rizado. Marcelo ha dejado la banda izquierda del Bernabéu para acompañarme en mi viaje. Si me suelto de la palmera no habrá casa  a la que regresar. La posibilidad de ser una isla se quedará desierta. Las sirenas reptan por este suelo arcilloso y pedregoso para intentar salvarme. Los tiburones lloran la tierra que se llevó el mar.

Houellebecq es la isla viva que mejor  escribe. Sufro el miedo que sus palabras forman. La deshumanización que me rodea y que se refleja en sus frases. Puede que el amor que buscamos esté debajo de la soledad. Es uno de los pocos sitios donde todavía no lo he buscado. Provocar dolor con la escritura puede ser muy  placentero  si lo haces bien. Pero solo debe sufrir uno. Cuando sufre el escritor, el lector no debe darse cuenta nunca. Cuando lo hace el lector, el escritor es feliz porque es lo que se proponía. El escritor que te dice las verdades a la cara (de la página), aunque no te gusten, es del que te debes fiar. El escritor que critica tu realidad es el que te da paz como para poder inventarte otra vida. El que te baila el agua no quiere otra cosa que ahogarte en ella. Y yo soy una isla, o por lo menos busco la posibilidad de serlo.

Se ha puesto llover y no conozco ninguna isla con capacidad para cobijarse de un agua que ahora también me rodea desde arriba. Soy un acuario del que no puedo salir que además nació en febrero. Solo creen en el horóscopo los aislados del sentido común. Y puede que yo sea uno de ellos, pero a mí los astros lo único que me dicen es que sigamos sin hacernos caso. La playa de la que estoy hecho cada vez está más embarrada. Arena mojada más fácil de moldear. Decido construir una balsa. Creo que cada vez estoy más cerca de poder salir de mí. Debajo de la palmera puedo trabajar de manera más cómoda y sin riesgo de destruir mi obra. Quiero navegar sobre una lluvia material, arcillosa, misteriosa. No saber si funcionará es lo que lo hace posible. Yo solo suelo intentar las cosas que creo que no podré hacer. O me sorprendo o pierdo el tiempo. No se me ocurre manera mejor de divertirme.

Las sirenas me despiertan y me estiran de los brazos y de las piernas. Sus cantos son cosquillas que me descoyuntan el cuerpo más que sus tirones. Si muriese de risa me gustaría que fuera así. Sintiendo como todos los huesos y músculos de mi cuerpo se separan ante una sensación eléctrica que revolotea por mis órganos internos. Ser un amasijo de piezas que floten sobre mi mar cuando estoy en calma. La marejada de tiburones siempre está a la vuelta de la esquina o de las olas. Siento como floto, como soy barca y cuerpo a la vez. Las sirenas me unen y se suben sobre mí. La felicidad no pesa porque dura poco. Los tiburones han vuelto a destruirme. La barca está hecha añicos. Las sirenas huyen llevándose con ellas mis brazos agarrados a sus caderas. Mi corazón se hunde en el fondo del mar junto a mis pies que lo empujan hacia abajo para que sufra lo menos posible.

En casa es donde mejor se está. Los cangrejos utilizan sus pinzas y cuando abro los ojos veo que han vuelto a colocar mi corazón en su sitio. Tengo una herida en mi pezón izquierdo del que mana un leve reguero de sangre marina. Me gustaría que una de mis sirenas chupara la herida de la misma manera que acaba sus monólogos el gran Ignatius Farray. Pero la realidad se parece más al caos organizado por él, que a los anhelos que pueda tener yo.

A mi alma le duelen sus huesos mojados. El dolor físico es enorme. Mi mente se esconde en ese dolor. Ya no puedo andar, gateo por mi isla y doy vueltas alrededor de la única palmera que queda. No puedo más. Me caigo al suelo. El tiempo se para. El silencio es lo único que se escucha.

Me despierto. No sé si han pasado unos pocos segundos o algunos minutos. Cada vez parecen más cercanas las sirenas de lo que parece una ambulancia. Mientras espero a que llegue, yo sigo a bordo del naufragio, en la orilla tragándome toda el agua.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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