Huele a muerte en la casa. Hace tiempo que huele a ella pero hoy lo hace de una manera especial, embriagadora. Se extiende por las paredes, los muebles y también por los que habitamos esta casa. Todos los que aparecemos en esta historia apestamos.

Hay quien intenta disimularlo inventándose una realidad que sólo está en su imaginación. Una mente perfectamente estructurada para la distorsión. Un mecanismo que sólo funciona cuando es lanzado contra el suelo con violencia. Su mal olor se lava con venganza, un jabón venenoso que raspa la piel, pero que no la limpia. Heridas que el jabón tapa, pero que el agua las seca. Su mente es una costra que no para de rascarse. Ideas que bailan con la sangre, asesinas como todas.

Un olor moribundo, decadente, terminal, que se arrastra hasta la cocina de esta casa. Quien cocina lleva impregnada en su piel el olor de la belleza. Una fragancia que lucha por quitarse la muerte de encima. Lo bonito también acaba muriendo, aunque la capa que lo cubra tape sus huesos mortecinos con flores. Una persona que guisa para alimentar a una familia que está muerta. Una familia que disimula estar viva para dar sentido a su existencia.

En esta casa las mejores frases las dice el silencio. Cuando alguien abre la boca para hablar, se le adivina un aliento que se funde con el olor a tanatorio que siempre reina aquí. Palabras putrefactas que salen de unas bocas con dientes carcomidos por la desidia. Un mensaje infeccioso para quien busque la comunicación.

En esta casa no sabemos nada de como son el resto de personas que viven en ella. Creemos saberlo, pero no nos importa. O puede que lo que no nos importe sea saber realmente como son. Una apatía cómoda y agradable.

La exageración sólo es buena cuando le deseas la felicidad a alguien. Los dueños de la casa son los que reciben la inagotable lista de cumplidos que el mayordomo les brinda. Son un matrimonio cuyo olor a muerte hace dudar que lleguen a cumplir los cincuenta. Ambos nacieron el mismo año y con la misma ceguera. Una ceguera que cuanto más abren los ojos más evidente es que la sufren.

Sólo se ve lo que la oscuridad quiere. Cuando ésta se va hay que aprovechar y buscar la luz. Ellos nunca la encuentran porque su destello les ciega.

Los dueños de esta casa me castigan con la soledad, siempre mi mejor compañera. No quieren verme pues yo soy ese fogonazo que queda tras la luz que cierra sus ojos. El castigo consiste en pasar más tiempo con la belleza. Comer con ella, verla los dientes y soñar con qué me devora. Hablar con ella y escuchar su sonido melodioso y armónico. Una voz que me comprende y que empasta con la mía como si de un diálogo escrito por Woody Allen se tratase.

Siempre huele a comida cuando la belleza está cerca. El espíritu se me alimenta y mis ojos engordan. Se la comen entera, intentan abrirse más para que quepa más de ella. La belleza permanecerá en mis ojos hasta el día de mi muerte. Ojos que no coinciden con los de los dueños de esta casa, siempre ocupados en mirar lo que no importa, buscándole siempre la oscuridad a la luz. Unos ojos, los de los dueños, que siempre miran a los lados cuando el tren les viene de frente. La distorsión suele llevarse por delante a quienes así se comportan.

Ellos viven confundidos porque me conocen desde siempre. Todo lo que pensamos que sabemos está equivocado. No sabemos nada de nadie y menos de las personas con las que convivimos. No hay mayor sorpresa que encontrarte con que tenías razón.

La inseguridad es nuestro único sentimiento verdadero. Él nunca nos engaña pues no se fía de nosotros. No encuentro como finalizar mis conflictos con el resto de personas que habitamos este lugar. Las cosas cuando terminan siempre lo hacen mal. Si estuviéramos felices en ellas, no dejaríamos que acabasen. Pero si las cosas no terminan se contaminan. Rima nefasta que lo llena todo de humo. Un tubo de escape que tratamos de tapar. Eso es lo que somos los que vivimos en esta casa.

Algunos lo hacen para seguir oliendo a tumba. Una tumba que a veces se revuelve sola y logra abrirse, pero que rápidamente sus dueños consiguen cerrar. Una especie de zulo donde el aire es mortecino. Muerte que vuela sobre un pájaro sin alas.

El servilismo abre las ventanas pero cierra las puertas. El aire contaminado siempre se inspira. Yo aspiro a abrir la ventana, saltar por ella y caer en un lecho de plumas. Los pájaros de la muerte me habrían regalado su vida.

No sé lo que está pasando, pero el olor en estos momentos es más fuerte de lo que estoy acostumbrado a sentir. Una fragancia moribunda y espesa que casi se puede tocar. Mi piel la siente como un abrigo del que no puede desembarazarse. Una capa de pólvora, miedo y sudor frío forman mi nueva epidermis.

Ducharse va a ser la mejor opción. Tengo el baño muy cerca de mi habitación. Camino por un pasillo donde la belleza me sonríe y el sinsentido se esconde debajo de la cama. Los dueños de la casa beben vino mientras lucen unas sonrisas de color ensangrentado. Me meto en el baño y cierro la puerta tras dejar la ropa limpia en el bidé.

Dejo correr el agua de la ducha mientras permanezco fuera. Me miro en el espejo y el cristal reproduce una imagen de mi más triste que la real. Mi reflejo me conoce mejor que yo mismo. El vaho del agua caliente hace que mi imagen en el espejo desaparezca. La tristeza se ha dispersado y se ha mezclado con el vapor del agua. Nubes que escapan por debajo de la puerta, grises como todas las que amenazan lluvia.

La tormenta se origina bajo el grifo de la ducha y me empapa los pensamientos y la piel. Mis pensamientos no son nada sólidos, como un periódico mojado. Se difuminan y emborronan como la tinta sobre el papel.

No me importa nada los dueños de esta casa. Si se ahogan en la lluvia exterior por fin desaparecerán sus estúpidas sonrisas. Cuando salga de la ducha esconderé todos los paraguas y picaré en el techo para que las goteras se conviertan en el mar. En mi barca sólo me llevaré la belleza y la distorsión.

No soy capaz de tomar grandes decisiones, aunque sé que éstas me beneficiarían. Siempre he esperado a que alguien las tome por mí. Y aquí sigo esperando, con una esponja en la mano y el gel en la otra. Como me gustaría que la señorita distorsión me frotara la espalda con sus excitadas manos. Que se mojara conmigo y me resbalase dentro de ella. Gritar más que ella, de alegría, de locura, de placer, pero gritar siempre. Ensordecer este cuarto de baño y protegerlo de una calma que no escucha.

El agua corre por mi cuerpo y borra el jabón que lo oculta. Cierro el grifo de la ducha y me estiro para coger una toalla. El silencio es lo único que se escucha. Una paz que va arrastrando las gotas que nadan en mi cuerpo hacia la prenda que lo cubre. Una toalla que absorbe mis partes líquidas. Mi cerebro y mi sangre.

No se oye nada. Sólo dos disparos y un estruendo de platos y fuentes que caen contra el suelo. Abro la puerta del baño. La casa ha dejado de oler a muerte.

Compartir
Artículo anteriorOsea, Greta
Artículo siguienteConociendo a… Marina Copado
Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here