Ese riff de guitarra que te pone los pelos de punta. Sabes que es el inicio de algo grandioso escuchando la primera nota pulsada por el guitarrista. El corazón se te acelera, la boca pide cantar a gritos, el cuerpo se pone en posición para empezar a botar en cuanto suene el segundo y tercer acorde. Aplaudes, chillas, saltas, te abrazas al de al lado, cierras los ojos y te acuerdas. Te acuerdas de la primera vez que escuchaste esa canción. Con tu chica, tu amigo del alma, tus amigos. Rememoras con gran dificultad el escenario, el atrezzo y los actores secundarios. Ahora, los actores principales. ¡Ah!, a esos los tienes presentes según cierres los ojos. La escena te llegará vívida y reconfortante. Recordarás sensaciones que tenías escondidas.

El bajo añade su ronca voz a la guitarra dándole un impulso rítmico que poco a poco se acompasa con los latidos de tu corazón. Los vellos se te erizan a medida que vas sucumbiendo a los compases de la canción. También llamada tema por los grandilocuentes y prescindibles locutores de radio fórmula. La guitarra rítmica se suma al bajo para darle profundidad y consistencia. El beso que te diste con aquella persona de la que antes te acordabas, llega ahora nítido a tus labios. Si no recuerdas a un amor sino a un amigo, puede que sea algo parecido a recordar la borrachera que te agarraste con tu amigo ese día y que desembocó en una aventura memorable. Quizá esa aventura fuese solo provocada por la canción. Da igual. Cada cual tiene su canción y su momento. Cuando la escuchas rememoras ese instante y hay un momento de nostálgica dicha. Entornas los ojos. Lo que tienes alrededor no importa. No importa en absoluto. La música te ha llevado en volandas a otro lugar, otra época, otro tú.

Entonces llega la batería con su charles y su bombo, con sus cajas y platillos, haciéndote saltar a su ritmo, gritar a su ritmo, sentir a su ritmo. La cabeza se te mueve adelante y atrás, de lado a lado, en círculos, es lo mismo, el caso es que se mueve. Igual que tus brazos que, si no sabes bailar como me pasa a mi, harán movimientos buscando imitar el uso de un instrumento. Da igual el que elijas, lo harás mal, pero lo harás con una bobalicona sonrisa en los labios, la mirada perdida, el corazón a doscientos por hora, y tú tocando.  Ese imaginario bajo o la imaginaria guitarra o quizás una imaginaria batería. Eres feliz. La sonrisa no se borra de tu rostro. Ese bombo ha pasado a capturar el latido de tu corazón. En el momento que se ha acelerado y ha dejado al bajo en segundo plano, te ha agarrado por el miocardio y te ha hecho una llave de judo inapelable que ya no te soltará jamás pues, cuando escuches de nuevo esa canción, te entregarás por completo a ese salvaje ritual. A no ser que estés en un lugar en que físicamente no puedes hacerlo, en cuyo caso, se te moverá un pie o una mano, o ambas.

Si tienes la suerte de escuchar las canciones de tu vida con la persona con la que hayas vivido los momentos rememorados, indefectiblemente se te abrazará con un brazo mientras en la otra mano bambolea peligrosamente una copa, y cantará juntando mucho su cabeza a la tuya esa canción. Quizá te mire, amorosamente, y te abrace dándote un beso. También puede ser que seas tú el que se abrace a tu colega o des un beso a tu chica, que eso tampoco tiene demasiada importancia. Esa es la seña inequívoca de que estás con un amigo de los de siempre. Con tu persona del alma. Como la cicatriz en la muñeca de dos hermanos de sangre, esa canción, o canciones, se queda alojada en tu corazón para desbordarse cuando estéis juntos escuchándola.

Las canciones nos pertenecen. Los autores las escriben, los compositores hacen la música y los instrumentistas harán los arreglos, pero una vez lanzada al viento, esa canción pasa a formar parte de la vida de otros. De la existencia real de otra gente. Hay canciones que te pertenecen más de lo que sus autores nunca imaginarán. No estoy abogando por la piratería ni nada de eso. Si eso es lo que estás pensando, deja de leer en este instante porque no has entendido nada de lo que estoy diciendo. Así que, el abrigo del señor, que se marcha… Los autores, decía, con una generosidad sublime nos regalan una canción para que forme parte de nuestro paisaje vital. Nuestro escenario se va llenando de escenas específicas protagonizadas por personas especiales, bandas sonoras que nos dan el tono y la atmósfera de nuestra vida y por los personajes principales que, además de ti mismo, pueblan tu vida. Ahí radica la importancia de la música que te guste.

Dependiendo de la música que escuches y con la que configures tu mapa existencial, abrirás o no tu mente. Es cierto. No es lo mismo escuchar unos estilos musicales que otros. De hecho, es muy necesario, más que necesario diría que imprescindible, que de vez en cuando la música lidere un movimiento revolucionario que nos permita mirar al de al lado con otros ojos. Que nos permita ver que las normas impuestas o autoimpuestas son auténticas patrañas. Es decir, es necesario otro 1977, estoy de acuerdo, pero es imprescindible otro año 1956. Pues representa la llegada de un primigenio, salvaje y visceral Elvis Presley a la mojigata y puritana sociedad norteamericana.

Un puritanismo y mojigatería que me recuerdan mucho a la situación que ahora vivimos con la novísima pos-censura 2.0 que se ha instalado en nuestras redes sociales y en nuestros cerebros. Una pos-censura 2.0 que, insultando nuestras inteligencias, se erigen en portavoces de la conciencia del mundo. Intentando elaborar una nueva moral desde el púlpito de las redes sociales. Entre otras cosas, por eso necesitamos un nuevo año 1956, para darles una patada en el culo a todos los que nos dicen cómo tenemos que vivir. Aunque, cuando me cabreo de verdad, opto por un año 1977 que les diga a esos censores imbéciles: váyanse a tomar por el culo. Vaya desde aquí mi invitación a que vayan con billete de vuelta y no regresen nunca más. Ale, a pastar y pasarlo muy bien.

Pero volvamos a lo que nos ocupa. A la música. Al rock and roll. Porque, si no te habías enterado te lo digo aquí, estamos hablando de rock and roll. De hecho, creo que si no te habías enterado es porque probablemente te gusten otros estilos musicales, así que te compadezco. Esto trata solo de rock and roll, pero nos gusta, que decían los Rolling Stones. No hay más que hablar. Así que, de regreso a la unidad básica de emoción y disfrute, que es la canción, te diré que jamás te olvidarás de ella. Incluso hay terapias que se practican con música. He ahí su importancia. Así que, ahí estás tú, con el sabor a cerveza, calimocho, cubata o lo que quieras, aún presente en tu boca, cantando esas canciones que hacen que tu vida sea solo tuya, tarareándolas cuando eres ajeno a lo que te rodea. Atento a unos detalles que tendrán el sentido que tú, y los tuyos, les hayáis dado. Haciendo que tu escenario sea tuyo y vuestro y de nadie más.

Así que, hagamos un ejercicio de nostalgia. Te invito a que hagas una lista de las diez canciones con las que más has disfrutado en concierto. Después, mira a ver qué persona estaba a tu lado en esos momentos. Pues bien: esa es tu gente, esa es tu vida. Muy bien. Ahora cierra los ojos. Imagínate a esa persona, en esa escena concreta, a tu lado, abrazado a ti, con el cubata en la otra mano balanceándose peligrosamente, rodeados por personas que os miran sonrientes. Su cabeza y la tuya pegadas como las de dos melómanos siameses y ahora, pasando de prejuicios, canta a gritos tu canción. Te doy el pie: one, two… One, two, three, four…

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