Miramos asombrados como, tras un polémico tuiteo de un personaje de relumbrón, hordas de ofendidos le afean el tuit. Pero no solo eso sino que le insultan y agreden verbalmente por la, en principio, peregrina cuestión, de que sus opiniones no coinciden. Si atendemos a lo que sucede como meros espectadores veremos que no son más que manadas de perrillos de Pavlov que ladran al son del tuit del gurú que les guía. Si seguimos sus argumentos podremos observar que se hace cierto el dicho: “Cuando un tonto coge una linde, la linde acaba y el tonto sigue”. Pero el dedo que señala es el del gurú de turno. También, en el caso de los gurús, se hace real ese que dice: “Cuando el sabio señala las estrellas el necio mira el dedo”. Sus hordas, alentadas por este pimpín, despotrican airadamente sobre la conveniencia o no de ese dedo, de esas estrellas y de… perdón, ¿qué era eso que teníamos que insultar? Todo muy risible si no diera tanta pena.

Porque son señalados por unos gurús que no solo muestran el camino a esta manada de ignorantes que manejan a su antojo, sino que también les dicen qué les debe gustar y qué es bueno o malo, amén de quien es un buen profesional en su gremio y quien no es más que un mentecato. Gurús que se arrogan ese estatus por el infame título que les otorga su abultado número de seguidores. Ese gurú señala con el dedo y sus estultas huestes desinformadas cargan contra el señalado con la fiereza que da creerse en posesión de la verdad. Además, si lo ha ladrado mi gurú eso es tan verdad como que la tierra es plana, pensarán satisfechos.

Hay cuestiones tales como que determinado triunfito es un enorme artista o que determinado dj es la quintaesencia de la música. Pero no solo, porque llegan a discutirle determinado argumento a un escritor con un talento descomunal que, colocando una simple coma, tiene más sabiduría que las estúpidas hordas en todos sus trinos. Discuten con la misma vehemencia de decoración que de arquitectura neoclásica, de medicina o de hockey subacuático. Sus trinos no tienen mayor importancia. Pues su sarta de imbecilidades no tiene, o no suele tener, ni pies ni cabeza. No tendrían mayor recorrido que el insulto de sus tuits y la risa que produce su absoluta ignorancia. El problema viene cuando, por el número de idiotas adoctrinados que les siguen, hay quienes dan importancia a lo que digan estos peleles. E incluso hacen aparecer sus opiniones en programas supuestamente serios de televisión. Algo que hará que el tonto de turno crea que su gurú no solo está en lo cierto sino que es su Dios. Gurusito de mi vida, ponte sandalia y hábito y te seguiré, dejando todo lo que estoy haciendo hasta ahora para llamarte maestro.

Pero no solo de eso se encarga el gurú de tuiter. Porque también decide qué es lo correcto y qué no. Cómo debemos hablar y no; y lo más importante, qué pensar y qué no. De hecho, tanto puritanismo y tanta mierda que ha encharcado nuestros timelines proceden de absolutos menguados mentales a los que siguen otros más necios aún. La revolución hoy en día es la dictadura de la masa. La dictadura del abultado número de seguidores. La dictadura de la enorme ineptitud. El personaje importante no lo es por veraz o talentoso sino por la masa que le sigue. ¡Qué necesario se hace que cada cierto tiempo aparezca un Elvis Presley, un Joe Strummer, o un Lou Reed, que hagan tambalear todos los cimientos de toda esta estúpida gente que quiere dirigir nuestros sentimientos y nuestra moral. Qué necesario es alejarse de las hordas estúpidas y del montón de mierda que representan y ser tú mismo. Qué necesario es alejarse del redil escuchando a Chuck Berry por ejemplo y leyendo a Montaigne. Qué absolutamente necesario es el rock and roll. Qué prescindible es gustar a los demás.

Pero hay quien ha descubierto lo importante que es tener a esa base social adoctrinadita y amaestrada y utilizan a esos gurús para que les hable a sus desdichados seguidores sobre las bondades de determinada marca de dentífrico o preservativos (qué pena no haber sido correctamente usados por los papás de muchos de ellos en su momento) pero no solo. Porque también son usados para que se decida si determinada cuestión se ajusta a la ley o si los dogmas de la fe católica son correctos, o si determinada política es buena o mala, o si la constitución nos representa. Si observamos con actitud reflexiva y ajena las redes, veremos que se dan paradojas que son inexplicables. Un insulto a determinada persona está bien pero a otra no. Una opinión es acertada en función de quién la diga. Una creencia es científica o es una mera ocurrencia supersticiosa según quien opine. Si vamos atando cabos podremos ir viendo quién se ha dejado, y se está dejando, más pasta para que sus ideas calen en todo este caladero de imbéciles que, al ser masa, serán mayoría y, al ser mayoría, algún día nos gobernarán. Están convirtiendo una herramienta maravillosa para relacionarse, intercambiar ideas, reflexiones y proyectos, en una fábrica de estultos adoctrinados que paguen sus impuestos y les voten y no den problema alguno.

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