Zinedine Zidane ha sido el mejor entrenador de la historia del Real Madrid. Por lo tanto, el mejor entrenador del mundo. Sus números así lo indican. La frialdad de los datos avalan esta afirmación. Ha sido el primer entrenador de la historia del fútbol en conseguir tres Champions League seguidas. Otros son famosos por decir consignas absurdas que le llevan de fracaso en fracaso. Zidane, en cambio, no. Ha demostrado con hechos, en lugar de con palabras, consiguiendo un hito que nadie más ha conseguido. Pero ahora se ha ido. Ha decidido marcharse del Real Madrid tras este último triunfo porque, según dijo, el equipo necesita otro discurso. En otras palabras, que cree que este es un proyecto amortizado. No sabemos si está en lo cierto o no, pero es lo que entendimos al escuchar esta afirmación en la rueda de prensa que ofreció con motivo de su despedida. Lo que podemos deducir de esta decisión es que Zidane no ha querido afrontar la renovación supuestamente necesaria de este proyecto. Por cobardía, quizá, no sabemos. Hay quien dice que esta decisión la ha tomado el francés tras una discusión con el presidente Florentino Pérez. De ser así, su partida se debe de nuevo a otra mala actuación de su proverbial mala cabeza. En un calentón nos deja, así, compuestos y sin novias. Por su parte, él va a pasar un año sabático, suponemos que esperando a la selección francesa.

Nunca he sido un defensor del entrenador francés. Pues, salvo en contadas ocasiones, no hemos visto al Real Madrid jugar bien bajo su batuta. No ha conseguido enamorarnos con el juego desplegado por su equipo. Era, además, un entrenador previsible. Siempre realizaba los cambios en los minutos setenta y setenta y siete de cada partido. Aunque necesitásemos antes un cambio, él lo dejaba para su minuto fetiche, lo que ocasionaba algún que otro improperio por nuestra parte. En este apartado nos recordaba a Don Vicente Del Bosque. Además, en este último año, no ha conseguido que el trabajo de la segunda línea de la plantilla diera resultado. A nuestro juicio porque no ha realizado de manera correcta la rotación de la plantilla. Lo que sí nos gustaba era su porte en las ruedas de prensa. Su educación. Su caballerosidad. Cómo afrontaba las crisis de manera sonriente y sosegada frente a los medios en la sala de prensa para, de puertas para adentro, solucionar lo que hubiera de ser solucionado. Es un tipo educado, cabal, mesurado, caballeroso y elegante que, además, ganaba. Aunque como decimos nunca nos ha gustado, nos ha dado muchas alegrías, cosa que le agradecemos de corazón. Algo haría bien cuando es el único que ha conseguido este estratosférico éxito. Lo admitimos. Pero la mancha del juego, a nuestro juicio mediocre, salvo, como decimos por honrosas excepciones, no la borran sus éxitos. Por legendarios que sean.

“La mancha del juego, a nuestro juicio mediocre, salvo, como decimos por honrosas excepciones, no la borran sus éxitos. Por legendarios que sean”

Futbolísticamente nos parece insuperable la época de la Quinta del Buitre. No olvidemos que, en aquéllos años, el primer equipo del Real Madrid no lograba que el estadio Santiago Bernabéu colgase el cartel de no hay billetes. En cambio, cuando jugaba el segundo equipo en la antigua ciudad deportiva de la Plaza de Castilla, no cabía un alfiler y se quedaba gente fuera por la poca capacidad del estadio. De modo que, en una decisión que todos agradecemos de la junta directiva de entonces, se trasladaron los partidos del segundo equipo al Santiago Bernabeu. Pasando a llenar hasta la bandera un estadio en el que tenían cabida noventa mil almas. Es decir, el primer equipo no llenaba el estadio y, en cambio, el segundo equipo sí. Es una metáfora del gusto por el buen trato del balón del público madridista. Del cariño por su cantera. Una cantera que unos años antes había conseguido llevar al Castilla a disputarle la final de la Copa del Rey al primer equipo blanco. Luego vendrían a enseñarnos a los madridistas lo que era la cantera. Como decíamos entonces, vienen a padre a enseñarle a hacer hijos. Nos tuvimos que reír, claro. Pero bueno, nuestro mensaje desde aquí al presidente es que busque un entrenador capaz de desplegar un fútbol de calidad y atractivo. Atractivo para los cánones madridistas, por supuesto.

¿Qué queremos decir por cánones madridistas? Quien lleve años siguiendo al Real Madrid lo dirá de carrerilla. Un fútbol de garra y nervio. Un fútbol que sea rápido en el despliegue ofensivo y en el repliegue defensivo. Contundente en defensa. Un fútbol que no abuse del pase horizontal. Que no tenga en el porcentaje de posesión de la pelota el baremo que decida la calidad de un choque. Que ese baremo lo decidan el número de ocasiones en puerta ajena y, en su caso, el abultado marcador. Que sea un fútbol alegre y ofensivo. A pecho descubierto. Que no dependa de la humedad relativa del aire ni del largo que tenga la brizna de césped. Que tenga en cuenta que en el Bernabeu siempre se ha aplaudido más la lucha y el esfuerzo que un adorno innecesario. La garra se le presupone siempre al futbolista blanco. Que el pase al portero sea un último recurso no una obligación ni una norma. Un pase que, históricamente, siempre ha sido silbado con vehemencia por el público madridista. Un fútbol en el que es más bonito un gol en tres pases que en trescientos. Que se tiene que jugar con las bandas bien abiertas y desde ahí crear el juego ofensivo. Un fútbol de ida y vuelta que llegue al espectador.

“nuestro mensaje desde aquí al presidente es que busque un entrenador capaz de desplegar un fútbol de calidad y atractivo”

El madridista quiere un equipo en el que los jugadores luchen hasta el final y emocionen al público. Un público al que llaman despectivamente piperos. Que lo son sólo porque no se le transmite emoción desde el césped. Un equipo que no olvide que el madridismo es un sentimiento más grande que ningún otro o, cuando menos, igual que el resto. Jamás menor. Que, cuando decaigan las fuerzas miren en el pecho el escudo que llevan y lo den todo por él, nada más. Que sientan el escudo. La responsabilidad es esa, darlo todo. Hay una anécdota que refleja esto muy bien. En época de Don Alfredo DiStéfano el Real Madrid fichó al mejor jugador español de la época. En el primer entrenamiento, el recién fichado iba tan orgulloso con su camiseta del Real Madrid y Don Alfredo, con ese carácter que tenía, se le acercó y le dijo que qué hacía con esa camiseta puesta. El chico se debió quedar anonadado. Pero el número uno de todos los tiempos continúo diciendo que, antes de lucir en el pecho el escudo del Real Madrid, se tenía que sudar la camiseta y no al revés. Se lo estaba diciendo, ni más ni menos, que a Don Amancio Amaro. Queremos jugadores así. Jugadores que, cuando acabe un partido habiéndose dado el resultado que sea, puedan mirar honestamente y con limpieza a los ojos de cualquier aficionado. Queremos que el equipo sea una familia y transmita esa comunión a la grada. Que se defiendan entre sí, tanto en el campo como ante los medios. Que, cuando surjan, resuelvan sus problemas en privado.

Además, según entendemos el deporte, un jugador del Real Madrid tiene que tener osadía. Debe ser osado porque, si está en el Real Madrid es porque es de los mejores del mundo en su puesto; debe ser ambicioso, pues tiene que tener hambre por ganarlo todo y no cansarse de ganar una y otra vez; debe ser orgulloso porque juega en el mejor club del mundo y porque va a ganar títulos, seguro. Pero, sobre todas las cosas, debe ser respetuoso con los rivales. El respeto al rival se le tiene mostrando el mismo compromiso e interés por ganarle, sea un equipo de Segunda B o el rival que llegue a la final de la Champions League. De un tiempo a esta parte se ha filtrado por ahí que el deportista tiene que ser humilde. Los más grandes deportistas, como han sido Mohammed Ali y, en el caso del fúbol, DiStéfano, Pelé o Maradona, no han sido jamás humildes. Más bien al contrario. DiStéfano, si acaso, era el más humilde de los tres porque siempre dijo que ningún jugador estaba por encima del equipo. Pelé era un jugador enorme, que se autoproclamaba como número uno, que celebró el gol mil de su carrera con aspavientos enormes lo que produjo la risa de Puskas quien decía que, si él hubiese contado los goles que había metido desde infantiles, llevaría más de dos mil. Maradona ¿qué decir de Maradona? Todos sabemos cómo se las gastaba el astro argentino. En cambio, en el caso del boxeador norteamericano, no solo se proclamaba como número uno y les decía a los rivales en qué asalto los iba a tirar, sino que lo hacía. Eso es lo que hablamos de ser orgulloso y, a la vez, respetuoso. Orgulloso por saberte en el mejor sitio posible, pero respetuoso luchando a rabiar contra el rival que sea que tengas delante y ganarle.

Al madridista, además, aunque pudiera parecer lo contrario a la vista de lo ocurrido en años anteriores, le gustan entrenadores que no sean vedettes. El espectáculo lo tiene que dar el equipo en el césped. El resto sobra. Le gusta un entrenador que se muestre ante el público y los medios como se ha mostrado Zidane. Pero que el fútbol que despliegue su equipo sea similar al que hemos indicado más arriba. Que transmita al jugador que la indolencia no es negociable. Un jugador del Madrid tiene que luchar sí o sí y se llame como se llame. Un entrenador que sea valiente en sus planteamientos. Un entrenador que sea justo con los jugadores. Si se tiene una plantilla de veinticinco jugadores es para que se cuente con todos. Para que juegue el que realmente esté bien. Los jugadores entenderán el mensaje que les lanza el entrenador y se lo agradecerán. Por su parte, a grada, verá que esta meritocracia es por su bien, e igualmente lo tendrán en cuenta. Pero tiene que ser a la vez un entrenador que imponga respeto en el vestuario. Después de haber sido entrenados por el jugador número uno de su época no puede venir al vestuario blanco un entrenador cualquiera. Se hace imprescindible que hable el mismo idioma que el vestuario para tener con ellos un mínimo de complicidad. Pero que no se haga muy amigo de los jugadores porque, según las palabras de Zidane en su despedida, hay decisiones que parece que se tienen que tomar y que no deben ser nada sencillas.

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