Reniego de los cánones establecidos. Siempre lo hice. Quien me conoce, lo sabe. No fui del rebaño. Jamás. No me creo sus causas. Siempre he visto la vida en blanco y negro. Prefiero conjugar los verbos en primera persona, tanto de singular como del plural. No me va en absoluto la voz pasiva. No han podido sumarme a sus principios. Quienes lo intentaron, lo saben. Nunca nadie pudo señalarme las referencias salvo los que yo dejé que lo hicieran. Mis lecturas, mis padres y poco más. Nadie me mostró el camino. Solo posibilidades. Decidí crecer a mi antojo. Tanto vital como intelectualmente. Nunca leí una sola página impuesta. Siempre fui por libre. Cuando en el colegio hablaban de algún libro, me lo había leído algún tiempo atrás. No mostré nunca esa tendencia lectora hasta muchos años después.

Crecí entre hombres alados, minotauros y demás malévolos antagonistas de Purk, el hombre de piedra. Salté de coches en marcha con Tintín y Roberto Alcázar. Peleé a brazo partido junto al guerrero del antifaz y el Capitán Trueno. Vagué por paisajes variopintos y sensuales junto a Corto Maltés. Recorrí un oeste enfermizo y tísico con el teniente, después capitán, Blueberry. Recorrí la vieja Europa de la mano de Astérix. Un universo lleno de personajes de ficción, que te enseñaban más que los supuestos intelectuales patrios, pobló mi horizonte. Vagué en busca de las míticas Dragonlance y recorrí la tierra media con Frodo y Bilbo Bolsón. Cuando se hacía de noche en mi habitación decía “Shirak”, tal como Raistlin Majere me había enseñado, y podía seguir leyendo porque se hacía la luz.

Estudiaba, escuchaba, me grababa y reveía, una y otra vez, las entrevistas de personajes que supusieran algún estímulo intelectual. Así me di cuenta de que los mayores intelectuales normalmente se encuentran alejados de los focos y silenciados por menguados mentales que se colocan para la foto y el vídeo. Cuando todo el mundo miraba el rostro parlante, maquillado e iluminado, del bobo de turno, yo buscaba entre bambalinas a quien seguía enfrascado en sus lecturas. Siempre que he admirado a alguien ha sido por su inteligencia o su saber hacer. Todo ello a mi juicio, por supuesto. Nunca por otros valores estúpidos y peregrinos. Mi mitología se reduce a cuatro o cinco personajes reales y a miles de ficción.

Por eso, cuando alguien me pregunta qué libro le recomiendo, me quedo en blanco. Repaso mentalmente toda la trayectoria anterior y empiezo a hacer preguntas. Así sé en qué lugar del camino se quedó o si me ha adelantado, que, por supuesto, de todo hay. Cuando me dicen que hable de literatura, música o cine me siento abrumado e indeciso. Hay tanto por dónde empezar que no sé. Es como lanzar a un chico sediento al desierto y decirle: “háblame de la sed”. Como decirle a un yonkie con el mono que te hable de su estado. Es una sensación complicada pero nunca insalvable. Así que haré lo que buenamente pueda. Me siento abrumado porque el campo es muy extenso. Me siento aleccionado porque es un reto maravilloso.

Así que me dispongo a reiniciar esta andadura ciudadana hablando de libros, literatura, referencias más o menos literarias y cinematográficas, culturales o artísticas. Cuando una amiga te dice: “escribe sobre literatura, co” no se la puede defraudar. Hay que buscar en su interior y en ese vasto paisaje mirar los lugares más inhóspitos y recónditos en los que puede morar un personaje sobre el que hablar, una situación que señalar, una idea que compartir o una obra de arte que descubrir. Vagaré por reinos abisales, desiertos, ciudades malditas, tumbas milenarias, paisajes prohibidos. Me sentaré en la noche estrellada con una libreta abierta y un bolígrafo en la mano para trasladar todo lo que los fantasmas me susurren.

Como un Tintín de las páginas iré deambulando por libros, autores y recovecos varios para contaros mi experiencia en ellos y con ellos. Sentiré de nuevo el palpitar de sienes y el picor de ojos cuando me falte el sueño y quiera seguir leyendo. Cinco minutitos más, le diré a la vigilia, por favor. Es un mundo extenso y variado. Es un horizonte luminoso que alberga maravillas. Trataré de estar a la altura de esas maravillas para, al menos, intentar algo que es muy necesario hoy en día: que la gente comience a leer. La lectura es la tabla de salvación. La única. La verdadera. Así que, desde ya, comienzo a pulir los tablones listos para su uso. Comienzo a buscar referencias propias y ajenas para ponerlas a vuestros pies. Aquí da comienzo mi reentré.

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