Nos asombramos por el cambio producido en nuestras vidas, pero ¿te has parado a pensar en ello?

 

ANTES, el paraíso pasaba por no moverte en toda la tarde de una terracita tomando una cerveza con unos amigos.

AHORA, ponerte unas mallas y salir a correr te parece un regalo por el que llevas suplicando semanas.

 

ANTES eras más selectivo a la hora de ligar, al menos hasta las seis de la mañana.

AHORA, recuerdas aquella vez que alguien te dio su teléfono y tú no hiciste ni caso. De pronto te ves revolviendo todos tus cajones para encontrarlo mientras rezas por no haberlo tirado.

 

ANTES, ir a casa de tus padres suponía una obligación que cumplir o quizá una batería de tuppers por recoger.

AHORA, te mueres por ir a verlos y has aprendido que se puede vivir sin los tuppers de tu madre porque resulta que no cocinas tan mal.

 

ANTES, no prestábamos la menor atención si escuchábamos hablar a alguien en la calle.

AHORA, corres como un poseso a la ventana para ver quien lo hace, al fin y al cabo es lo más interesante que te va a suceder hoy.

 

ANTES, el pobre cartero comercial llamaba desesperado a todos los timbres para ver quien le abría, mientras tú le ignorabas por completo.

AHORA, si tu timbre suena la familia entera corre despavorida por la casa, temerosos porque alguien pretende penetrar en tu bunker de salvación.

 

ANTES, los anti-vacunas se prodigaban por internet alardeando de salud y abogando por la vuelta a los orígenes.

AHORA, me gustaría saber cuántos de ellos no van a ser los primeros en la cola cuando comience la campaña de vacunación contra el COVID-19.

 

ANTES, ¿creíste alguna vez que la gente otorgaría tanta importancia a un rollo de papel higiénico como a un lingote de oro?

AHORA, sin comentarios. Aún sigo buscando la explicación.

  

ANTES, decenas de campañas en contra del plástico nos informaban sobre los perjuicios en la naturaleza.

AHORA, ¿qué hubiera sido de nuestros héroes los sanitarios sin tan preciado material en estos momentos?

 

ANTES, demonizábamos los dispositivos tecnológicos por las horas que nuestros hijos pasaban frente a ellos.

AHORA, el teletrabajo, el colegio – instituto – universidad on line, las videollamadas, los grupos de whatsapp, las redes sociales… en fin, hemos hecho una planilla con el horario de cada uno. Por cierto ¿qué hubiera sido de nuestra salud mental si no?

 

ANTES, recomendábamos a los niños que no debían hablar con desconocidos.

AHORA el cajero del super o el mensajero que trae un paquete se ha convertido en un tipo genial con quien estaríamos encantados de charlar durante horas.

 

ANTES, si un vecino salía a cantar por la ventana con un megáfono un día y otro y otro… llamábamos a la policía o a alguien que pudiera ponerle una camisa de fuerza.

AHORA, le acompañamos, le aplaudimos e incluso le grabamos para compartirlo con nuestros amigos.

 

ANTES fuimos la raza inteligente que conquistaba el mundo campando a sus anchas por él.

AHORA somos la raza con tanto miedo a extinguirse que de repente, hemos empezado a comprender al lince ibérico.

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