Hace tan solo unos días nos desayunamos en las redes sociales con un vídeo de escasos diez segundos en que Antonio Ferreras deja bien a las claras cuál es la línea editorial de su canal televisivo, la sexta, diciendo: «Nosotros hacemos una televisión de centroizquierda o de izquierdas o progresista, pero yo no voy a engañar a la gente y decir: soy neutral…» Pues bien, como pueden imaginar, a este vídeo le siguieron reacciones de todo tipo: unos le afearon sus palabras en las redes sociales; hubo quienes, de hecho, lo hicieron de un modo grosero y maleducado; otros, en cambio, le alabaron el gusto; y, finalmente, hubo un último grupo de izquierda radical, infinitamente más movilizados en las redes sociales que los otros grupos, que le criticaban su supuesta moderación exigiéndole un mayor acercamiento a las tesis de Podemos. Pues, todo lo que no sea eso, es, a su escaso juicio y mucha doctrina, faltar a la verdad. Es decir, le exigen minimizar aún más su embarrada coherencia en pos de una veneración cuasi beatífica de un programa político radical de izquierda. O lo que es igual, dejar de hacer periodismo para hacer propaganda, cosa que ya hace, pero con el amo equivocado. Es decir, quieren que pase a ser un rebañabraguetas de Podemos en lugar de serlo, como lo ha sido hasta ahora, del partido de Pedro Sánchez.

Decía hasta hace apenas ocho meses la RAE que periodismo es: «Captación y tratamiento escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas o variedades». Nos hacemos eco de una definición anterior porque en ella la Academia dejaba entrever que no se debía manipular la información. Respetando la dosis imprescindible de verosimilitud que la noticia ha de tener. Sin embargo, tras la proliferación de una especie de periodistas que, lejos de serlo, no son más que trasuntos de escritorzuelos manipulando la información para venerar siempre a su líder o, lo que es lo mismo, ser propagandistas de trinchera, la Academia que, no olvidemos, siempre marcha a rebufo de la sociedad, dice en su acepción actual que periodismo es: «Actividad profesional que consiste en la obtención, tratamiento, interpretación y difusión de informaciones a través de cualquier medio escrito, oral, visual o gráfico». Lo que, a nuestro juicio, da la opción al que se disfraza de periodista de manipular la realidad interpretándola del modo más beneficioso para sus amos. Igualando al propagandista de trinchera con un periodista de opinión y dando, por lo tanto, carta de naturaleza a aquel mequetrefe en detrimento de la imagen honesta de este, ahora sí, periodista. Una especie que hoy se confunde, o quieren hacer que se confunda, con un periodista hecho y derecho. Pero no lo es pues, aunque tenga el carnet de prensa, no ejerce como tal, sino que lo hace como un simple propagandista de trinchera. Que se caracteriza por santificar la voz de sus amos y demonizar la del rival en todo momento y ocasión. Independientemente de lo que digan, desdigan, hagan, deshagan, roben, dilapiden, gasten y mientan. Ahí estará su perrillo faldero arrodillado, bien dispuesto a blanquear cuanto haga o diga su amo. Boca abierta y lengua fuera de la boca. Presto a rebañar su bragueta de incómodos efluvios que puedan hacer escocer la glándula analgenitourinaria de su gurú, limpiándola convenientemente con los lametazos oportunos.

Sin embargo, lo único achacable a Ferreras es su proverbial falta de coherencia. Por lo demás, no vemos mal lo indicado por él, y nuestra postura, en consecuencia, se acerca bastante a lo que el periodista Luis del Pino tuitea. A saber: «Veo muchas críticas a Ferreras por decir esto, pero yo no veo nada de criticable en lo que dice. Por supuesto que los periodistas no somos neutrales. Y quien diga lo contrario, miente». Un periodista, el señor del Pino, que se encuentra en la antípoda ideológica de Ferreras pero que puede estar de acuerdo con él en determinado asunto, como el que nos ocupa y remataba su anterior afirmación escribiendo en otro tuit: «No tenemos (los periodistas) por qué ser neutrales. Lo que sí se nos puede exigir es ser coherentes y no mentir». Para, en un trino posterior, redondear su idea diciendo: «Yo NO soy neutral en absoluto. De hecho, me avergonzaría ser neutral en ciertos temas. Lo que procuro ser es coherente: intento no defender en fulanito algo que previamente haya criticado en menganito, por ejemplo. Eso es coherencia. Yo intento ser coherente, pero por supuesto que tomo partido al opinar». Así que, el periodista de Libertad Digital, da en el clavo de este asunto. Lo que diferencia a un rebañabraguetas de un periodista de opinión es la coherencia. Es el atributo que da prestigio a su pensamiento y poso intelectual a sus opiniones. Porque la coherencia es innegociable tanto en sus actos, como en sus denuncias. Un periodista que no hace más que defender a su líder mientras disfraza su coherencia silenciando todo aquello que puede llegar a perjudicarlo, es un rebañabraguetas de manual. Ahora bien, cuando el rebañabraguetas es incapaz de poseer un mínimo de coherencia y es capaz de defender una postura y la contraria al ritmo que marcan las voces de sus amos, pasa a ser un enjuagavergas. El escalón más bajo en el escalafón mediático. De modo que abran bien los ojos y no se dejen engañar por estos personajes lamentables porque hay muchos y de toda índole. Recuerden que hay mequetrefes, rebañabraguetas y enjuagavergas profesionales a los que les pagan determinada cuota a cambio de los oportunos lametazos inguinales al gurú de turno.

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