Bertrand Russell escribió un “Elogio de la ociosidad” y nosotros hemos de leer ese libro como un realquiler de todo pensamiento que debe re/conducirse hasta que consigamos alcanzar el deseo imperturbable que realmente nos mueve. Llevamos ya mucho tiempo –diríamos que toda la Historia, que no la Prehistoria- en que todo lo que hacemos, todo lo que pronunciamos, todo aquello que nos mueve y nos des/ordena la fijación de un presente que contradice, desde el momento en que no está vivo, todo lo poseído por la osamenta del propio presente, nos sitúa en el fondo de la miseria más infra/humana sin el osmazomo de un verdadero concepto y definición de qué es lo que realmente deben ser nuestras vidas. Somos vividos más que vivimos y esa aparente contradicción no se aloja en nosotros, sino que viene determinada por la niara de los que en su conjunto –un conjunto que viene desde las pócimas que nos hacen beber- nos miran y nos dirigen y ocupan el campo real en el que en equidad debíamos estar vestidos para el silencio o para el tabaco. Una intensa realidad nos acosa constantemente con sus redes hermenéuticas sin evitar que en cada instante en que asumimos la vida como tal sea ni respetado, ni siquiera valorado. Lo único que persiste es el momento en que suena el despertador y nos levantamos, algunos sin ducharse, para penetrar en la dinámica del automóvil y de esos lugares en que entramos en los cuales perdemos todo tipo de identidad y cualquier modo de que nuestro cuerpo nos pertenece ya. Nos dicen: “vous respecte la douleur d’una mère”. Pero todo no es más que un chijetazo.

Hemos de recordar que lo que nos pasa en el fondo no nos está pasando, porque, si hemos de decir la verdad, ya hay otros que hacen que las cosas nos pasen. Hemos perdido todo derecho a la elección, a distribuir nuestro tiempo en el tiempo que realmente nos co/rresponde. Todo tiempo es único, intransferible, verbo transitivo y un viaje a la Amazonía. Pero eso, en este mundo tan nimbado y tan escrito con palabras hurtadas y malheridas, un mundo que es ajeno al coleccionismo de un sueño en el que deberíamos habitar, se difunde como una dificultad palpable que viene añadida por culpa de los contratos de trabajo, por todos los espejos que se están rompiendo, los cuales de forma definitiva permanecen etéreamente volcados por las baldosas, por el silencio, por la alienación de todo elemento social para con su patria, su multinacional, su tienda de modas, su Macdonals de Ombú y de tierra desértica.

Caminamos por una zona del Antiguo Testamento en que la belleza no es tanto lo que deseamos como lo que quieren que deseemos; sin embargo, ¿qué es lo que en paridad buscamos en esta vida? Creemos, y decimos que sólo lo creemos, que aún no sabemos defender todo lo que nos rodea por todas partes y que es nuestra propiedad de hierba y de camisas desnudas a la cual rechazamos justamente porque constantemente estamos siendo manipulados por el órdago de toda política segregacionista y un salario que nos imponen a cambio de utilizar nuestro cuerpo para ser auscultado por un ¡cataplum¡ lo que deberíamos buscar con desenfreno. Nos caemos al suelo cada vez que el director de un periódico nos avisa que tenemos que cubrir tal noticia o cada vez que encendemos el ordenador de una administración pública, el cual sólo nos genera sueño, miedo y tedio. Hay un spleen general en todo lo que hacemos, allá donde estamos, el sitio donde nos dicen que tenemos que acudir, pero ¿sabemos bien o exactamente hacia donde queremos ir? No disponemos de comprobante. Será casi mejor que analicemos el valor catastral en el que sine quanum estamos catalogados. Intentamos re/sistir en ese chupetazo que se nos da a nuestras manos y admiramos la forma con que nos ganamos la vida. Suena la bocina. Es hora de entrar a la fábrica.

Pero ¿quién hace sonar esa bocina?, ¿por qué en vez de entrar no salimos montados en un sidecar a la búsqueda del mar o de los polos? Quedan tantas cosas por hacer, tantas cuevas en donde meternos, tantas palabras que descubrir y que sean in domine nuestras. Pero el tiempo ya no nos per/tenece. Ya no es el origen y la casualidad con los que nacimos. Todo nacimiento es un fuero de libertad. Así nos lo dice nuestra madre cuando comienza a darnos de mamar. Lo que sucede es que, pocos instantes después de la teta, ya nos están llamando por teléfono para cubrir una vacante de enfermería o una baja por destrucción de intestinos de un broker. Supongamos que ese broker no es más que el reflejo de un urbanismo medieval en donde nos tributan lo que toda aristocracia ocasiona. Veámoslo desde una perspectiva moderna.

Asistimos en estos momentos del siglo a un feudalismo de murallas y caballos con mensajería que parten hacia el horizonte. El caballo nunca se detendrá hasta que llegue a su destino. Digámoslo así: ¿dónde reside nuestro destino?, ¿y el mañana?, ¿y todos los aviones que todavía nos quedan por coger? Esta territorialidad a la que permanecemos, como un círculo cerrado en donde no se escapa nadie, cual almadraba de las playas de Cádiz, pervive con sus sonidos de barcos anclados para siempre en los muelles que nunca se cons/truyeron con la cementerial ideación de que no salgamos nunca de donde estamos, erguidas y dibujadas sobre el asfalto las líneas que debemos re/correr cada día, día tras día, durante ocho, diez, catorce horas, para, por esas mismas líneas equiponderadas con tiza de las escuelas de los pueblos, regresemos a casa, cansados y tristes, y ya no dis/pongamos de más ganas que de beber una cerveza, en/cender el televisor y desnudar nuestro cuerpo en el estío mientras sigue sin llover.

Reclamamos con urgencia y con altavoces de un sindicalismo que todavía resta por crear el derecho a la pereza, a no ir allá donde nos cuentan, cual leyenda morisca, que debemos de ir, à la recherche du temps perdu. Todo temps, francés o uruguayo, proustiano o libérrimo, adquiere una conjunción de realismo que debemos alcanzar, sobre todo teniendo en cuenta el expresionismo y la desfiguración de los personajes en donde atisbamos nuestra vida pública, porque de otro modo con/tinuaremos asistiendo al público y lo público y lo teatral y esta dinámica de crucifixiones de santidad que nos anima y nos persuade a seguir existiendo. Preguntamos. Sí. Lo preguntamos: ¿para qué existimos?, y, ante todo, ¿para quiénes?

Si ya no podemos emplear la pereza para no hacer nada, porque ya está todo hecho, si ya no somos capaces de caminar 100 kilómetros cada día desde un pueblo y otro, si ya no nos da tiempo de escribir una novela ni de redactar un texto sobre el cuidado de las plantas, si seguimos sin hacer el amor porque la tristeza y ese pinchazo en la cabeza nos lo impiden, si amar se ha con/vertido no en amor sino en un entrecorte entre acto y acto, un tentempié, un domo como paréntesis donde amor no es amar, en todo caso, una velocidad de juegos de póquer.

Proponemos. Sólo es un convencimiento de la Maga. No hagamos nada. Apaguemos todos los ordenadores. No cubramos más bajas en los hospitales. Desechemos a los brokers, mes de noviembre en la difteria absoluta. Y deduzcamos en qué lugar del mundo está el tiempo que nos per/tenece para de ese modo poder ser finalmente el decimoctavo hombre que realmente acude a los ríos o a los billares con la salvadora intención de ser él mismo, desatado de un mundo horrible, gitano, ebúrneo de canciones lentas…, libre, como una migración de aguas en donde chapotear con los disfraces quemados en la hoguera de los días de la semana. Suena el despertador. ¿Qué vamos a hacer hoy?

Yo, de momento, seguir leyendo a Kafka.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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