Hay días en que la espiral de problemas y estrés se abre paso en mi existencia y tengo que huir hacia dentro. Me refugio en recuerdos de ocasiones mejores. De hecho, cuando las cosas van bien, voy almacenando miradas, paisajes, conversaciones, sonrisas. En definitiva, la vida que sí. La que merece la pena. Para utilizarla en los momentos en que la soledad se hace imprescindible para poder aguantar al resto del mundo. Una soledad que me mira desde adentro como un tigre agazapado y que sonríe cuando escucha fluir el whisky sobre los dos cubitos de hielo (ni uno más, ni uno menos) y me lo tomo despacio, mirando por la ventana, paladeando el dorado manjar, sin ver más allá de mi corazón.

A veces hay canciones que arañan mi corazón. Recurro a ellas para notar el arañazo que limpie la herida. En otras ocasiones las canciones le hacen cabalgar de la emoción por el recuerdo almacenado. Borrando las secuencias negativas que me rodean y que, aliñado con el recuerdo de paisajes interiores, conforman una película vívida que aligera la carga del momento. Hay canciones que configuran la banda sonora de mi vida. Algunas incluso me disgustan. Pero tienen alojadas en su interior sonrisas, paisajes, besos. Así que me traen de vuelta aquéllos momentos anhelados y la luz vuelve a ser algo más nítida.

En ocasiones, hace años, cuando la carga del día a día se me hacía pesada. Vagaba de cine en cine viendo películas así, solo. Allí me convertía en uno u otro protagonista y dejaba volar mi imaginación. Otras veces las lágrimas me sorprendían y las enjugaba sin ningún disimulo porque no eran más que el drenaje del alma. Así lo sentía. El cine fue mi refugio insospechado en más de una ocasión. En el buen cine, normalmente, se hallan muchas respuestas. Cuando la soledad es tu refugio a veces una respuesta concreta disipa el dolor y la añoranza. Sosiega el alma y hace que la vida fluya de nuevo.

Hay veces que un libro. Los libros. Siempre. El refugio definitivo. Allí me alojo cuando todo lo demás no funciona. Cuando el gris es más gris y la luz se disipa. Cuando las sombras anegan mi alma y el rugir de la rabia no me permite escuchar una melodía. Cuando la niebla en mi ojo no permite que me concentre en una escena plausible. Entonces siempre surge el oasis. Entonces los libros. Entonces las respuestas. Entonces la llave encuentra el ojo de la cerradura y el llanto brota. Tranquilo y sin pausa. La vida se drena y el mundo vuelve a girar.

Es que, a veces la mejor de las compañías no es sino el silencio y una copa de whisky. A veces se hace imprescindible dejar de mirar alrededor y mirar adentro de uno. A veces, pero solo a veces, te sientes solo en la muchedumbre. Hay ocasiones en que paseo solo mirando mi reflejo en los escaparates. Fijándome en la vida que sucede a mi alrededor como al descuido, de pasada, sin profundizar. Hay días en que uno necesita congraciarse consigo mismo. Hay veces que me necesito más de lo que me necesitan los demás. Así que, rompo mis sonrisas y me alejo paseando solo.

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Emilio Durán
Escritor autodidacta de línea clara. Lector ávido. Boxeador noqueado y pirata en tierra. Mi bandera tiene dos tibias y una calavera. Creo en la buena música, la buena literatura y el buen cine.

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