Estoy releyendo los libros del Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte y me pongo en la piel de la vieja infantería española del siglo XVII y no dejo de maravillarme. Fue la infantería que asombró al mundo al permanecer invicta durante siglo y medio, que se dice pronto. Aquéllos camaradas que morían con el fango cubriéndoles las rodillas bien asentados los pies y se defendían unos a otros a hierro y fuego; que cobraban cara cada herida de su piel. Que caían destripados y, con el último aliento descerrajaban un disparo al enemigo que los había matado. Aquéllos que veían morir a un camarada y llamaban a gritos al siguiente por caer para que ocupara el puesto del caído y seguir resistiendo los embates del enemigo. Aquéllos que luchaban sin saber si iban a cobrar la soldada o no. Bueno, sí que lo sabían, puesto que quien quisiera soldada tenía que hacerse con algún botín de guerra porque los pérfidos señores no soltaban la mosca. Los que fueron enormes vasallos a pesar de lo miserable y mezquino de sus señores.

“Estoy releyendo los libros del Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte y me pongo en la piel de la vieja infantería española del siglo XVII y no dejo de maravillarme. Fue la infantería que asombró al mundo al permanecer invicta durante siglo y medio, que se dice pronto.”

A los que, como digo, daban de lado los dirigentes y eran usados como peones en guerras organizadas por ellos para conseguir sus fines que, casi siempre,  eran defender su hacienda y un desconocido honor. A paupérrimos camaradas que se alistaban por poderse llevar un mendrugo de pan duro con algo de vino a la boca. Los que trasegaban por los campos de Europa y América intentando no desfallecer por el hambre ni víctimas del mal del francés o comidos por las chinches y los piojos. Aquéllos que, pese a los monarcas y dirigentes que tuvieron, engrandecieron el nombre de España. Luchando por ser cristianos viejos o, simplemente, por hambre. Haciendo historia y haciendo patria. Vizcaínos junto a valencianos, andaluces muriendo al lado de catalanes o cántabros y castellanos batiéndose en duelo con quien hubiese osado herir al camarada mallorquín… Haciendo patria, en definitiva.

Cuando paro mientes en recordar al insigne marino vizcaíno Don Blas de Lezo. El héroe español por antonomasia. Aquél al que llamaban medio hombre porque le faltaban una mano, un pie y un ojo. Aquél, digo, que tuvo él solito en jaque a toda la armada de la Gran Bretaña en la batalla de Cartagena de indias. Hoy en día olvidado pues, al no pertenecer a ningún partido político determinado, ni ser un afanado nacionalista, no merecerá un mísero callejón a su nombre en un país agonizante de estulticia e imbecilidad. Una ignorancia que, aliñada con la brea ideológica que lo impregna y ensucia todo, será la tumba de nuestro país.

Cuando pienso en el gran literato Don Miguel de Cervantes y Saavedra, escritor del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y lo imagino mirándose, horrorizado y demudada la color, el muñón sangriento e inmóvil donde antes había estado su ligera y ágil mano, durante la batalla de Lepanto, me entra un hormigueo en mi espina dorsal. El magnífico, y en vida pobre escritor, quedó manco de brazo pero no de mente. Puesto que luego nos deleitó con la mejor novela en español de todos los tiempos. La única novela que existía como posteriormente dijese Don Miguel de Unamuno, los demás  relatos escritos y publicado serían poco más que nivolas por no poder resistir la comparación con la obra magna del complutense Don Miguel de Cervantes Saavedra.

“El magnífico, y en vida pobre escritor, quedó manco de brazo pero no de mente. Puesto que luego nos deleitó con la mejor novela en español de todos los tiempos.”

Un nudo en el estómago se me crea al imaginar a Don Félix Lope de Vega y Carpio, el llamado fénix de los ingenios, que sirvió en la infantería él mismo y, tras un breve lapso de tiempo, tuvo que enterrar a su hijo fallecido en otra batalla naval. Me imagino sus llantos sordos y su dolor salvaje, como el de tantas madres y tantos padres, que perdieron, pierden y perderán a sus familiares en luchas estúpidas y avariciosas. Porque no sólo de gentes famosas se ha de hablar cuando de sufrir se trata. Hubo muchos que murieron por una bandera, por un país y por perpetuar una sangre que, visto el resultado en estos grises tiempos que corren, dudo que mereciera la pena tal sacrificio en vidas, dolores y pobrezas. Observando a su alrededor, se darán cuenta de lo ingrata que ha sido la historia con los sacrificios realizados por aquéllos hombres ilustres desnaturalizados, utilizados y silenciados por sus tataranietos porque sus gestas no sirven a sus intereses. De modo que, como decía al principio, cuando leo estas aventuras de nuestros pretéritos y primigenios héroes, olvidados adrede o no, me imagino hablando con ellos, subido a un montón de cadáveres de compatriotas y camaradas, mostrándoles en qué convirtieron sus descendientes todo aquello por lo que lucharon y les preguntaría: ¿Para esto lucháis? ¿Para que ultrajen vuestra memoria dais vuestras vidas?

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