La raza maldita es aquella que no se educa en la Universidad de Yale y que adquiere en la oralidad de su color el declive del oxígeno que penetra por entre los ventanales de la luna de Cáncer. Todo malditismo proviene de una marginación que es oreada por un institucionalismo de rosas químicas y de informaciones que corolan todo lo que debe existir o dejar de hacerlo tras el cansancio del mar, de lo cual debe deducirse cuál es el mejor olor de la tierra.

Sabemos todos, pues así lo hemos leído en Las Bucólicas de Virgilio, o mejor, en Pepita Jiménez de Juan Valera que los olores, como el catinga, democratizan todo lo que debe perdurar o, sin embargo, decimos sin embargo, debe cedularse siempre al pie de las camas. Contratiempo de un mundo que únicamente sirve monedas ante los veinte versículos del pan. Pero el pan sólo tiene el color blanco, que es el que acostumbra a subir las escaleras del Hotel América tras tomar el vermouth después de hacer comprendido qué tipo de leyenda nos recibe siempre dentro del Aleph de la iconografía de arte mariano justo después de producirse el Concilio de Éfeso en 431. Yo de usted sabemos que se remoloneó el flipe al regrís de la pintura la Fippina, esto es, La Madonna con el Niño y dos ángeles de Fray Fillipo, en su garabato de 1465. Todo lo demás nos sale por la vagina o por el pene que siempre acaban en el fondón de los ríos.

Hay un idioma único, que todo lo encierra, como el viento cuando empaña los espejos, que todo lo adquiere porque es sólo el idioma, única constatación para que el hombre sólo sea el hombre que permitimos, el que navega con yates por la sintáctica de los libros que se escriben para no provocar un llanto. Pero el llanto/es/un/subterráneo de almas que se pierden por las selvas, por los barrios en donde no sale el agua de las tardes que se ocultan. El llanto es un hip hop que baila entre las azoteas de las ciudades en donde sólo se escucha el beso de las mujeres rubias. El llanto/es/negro y un perro que devora peyote en las montañas de los Tarahumaras. A las razas malditas -queridos capitalistas de hoy y amados burgueses de ayer- sólo les queda el peyote y una fuerte conciencia de que los siglos continúan ejerciendo su diablismo en la punta más incorrecta de la Historia. No hay Historia para aquellos que amanecen con los bronquios ocultos, con los números di/seccionados en las pieles de las cabañas. No hay Historia en la muela que duele cuando la blancura llega con su Séptimo de Caballería, que es el de siempre, ahora el de ese señor que quiere invadir algo, lo que sea, se trata del western de toda la Historia, desde que los ingleses colonizadores se independizaron de los ingleses postcolonizadores, es decir, la eterna guerra entre los eternos hermanos. En este mundo ultramoderno, pues, seguimos analizando a las razas por su origen, por su palpitante miseria, por los bosques en donde viven. Jamás un nahua podrá visitar el Louvre, ni podrá ser juez para juzgar a ese vaquero que le delinque los territorios. Sigue oliendo a catinga.

El color negro es un mal escenario -diríamos que necesario- para que el otoño llegue a ser reconocido. Queramos o no. Y solicitamos seriedad en lo que intentamos proponer. Existe todavía una marginación y una evitación de jazz y de black bottom en las calles por donde pasa el olor a catinga que se introduce dentro de vaso de vidrio redondo de whisky de los estudiantes mimados de la Columbia University. Semeja -ante el Urbi et Orbi de una jerarquía eclesiástica que ni es que el argentino jesuita Jorge Mario Bergoglio puede con ella- una realidad de aceptación controlada y ya fijada y sellada dentro de este gran Pixidio que es la Nueva Economía del Milenio, pero este escenario es pura figuración. Porque seguimos odiando al negro, al purépechas y a todos aquellos que no han leído todavía a Descartes, ni siquiera el libro Slavery by another name de Douglas A. Blackmon, editado en 2008, si bien, para narrar el racismo desaconsejamos Conversación en la Catedral de este siempre escurridizo e impostado y tocachochos que es Mario Vargas Llosa.

La Iglesia es blanca y únicamente anuncia su colonialismo del Génesis para que aquellos que sólo creen que, en el libro Las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda, se mimbrean los rezos con las vírgenes y los santos con la cerveza borracha, pues sucede que es así como se nos ha impuesta con tal conseguir de su cultura -una cultura de electas afinidades selectivas- una internacionalización de la existencia. Pero la existencia es única, pura, lágrima y de leche animal. El colonialismo introdujo una Arcadia de invisibles camareros que sólo traían el Ojo de la extinción. Hoy esa extinción perdura. De acuerdo. Digámoslo más correctamente. Ocultada tras el babero de una civilización donde se mezclan lo aborigen con el doctor de Hospitales Privados, lo indú con las explanadas del Palacio de Buckingham, lo etéreo con lo terrenal, un cigarro per/manente que silencia el olvido de las razas construidas como lavabos en los que únicamente es posible anunciar el vómito. Lorca y Harlem. “Huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos”.

Quisiéramos darnos cuenta de qué manera se financian los Estados para evitar que las razas malditas acudan al Club donde se baila la danza de los miligramos. Perdura el intento de racionalizar una Cultura que únicamente pueda quejarse ante las tiendas donde se venden relojes del siglo XIII. ¿Estamos preparados para seguir permitiendo este odio de Dios?

¿Cuántos dólares vale una mujer wayúu tras la música trance de la tecnología? Las multinacionales farmacéuticas detienen los procesos de financiación de la ciencia que insiste en la curación de la malaria o el sida. Puede más el dinero que la muerte. La zona tribal muere de economía y una mudez que asorda los contenidos de la vida y los propios saltos sobre el agua. Las razas malditas, en su malditismo de compañías petroleras, son ejecutadas por la violencia de la guerra de Independencia Norteamericana. Existen los miskitos que domicilian la raza en el Belice de una pesadilla insectil que desborda, que desborda la multiplicación de lo oscuro y de una invención del aguacero que cae como barro inconsútil sobre los cuerpos que nadean -del verbo ser nada– alrededor de las fogañas. A las razas malditas ya sólo les queda el fuego. Tal vez. Y sólo tal vez las hojas de los cafetales, imbuidas por el rostro académico de los largos Tratados sobre Comercio Internacional.

Aunque no lo queramos y, aunque en el fondo no lo deseemos –pero el deseo es una blancura incontrolable- en nuestras conciencias, que son pianos que suenan a 10, sigue invocándose el racismo como una contravisión de las formas atávicas. Desechamos el atavismo porque nosotros venimos de Hegel y de una filosofía reconcentrada en el superego mal interpretado en Nietzsche. Somos nietzscheanos de pantallas trasdoseadas, de imágenes que nos sacuden desde la Nueva Modernidad y arrastrojamos todo aquello que no huele a nosotros, que no come como nos/otros, que no ama como se aman los esquimales bajo los edificios del hielo. Creemos que estamos en lo cierto, que nuestra adivinación de un mundo Occidental por donde transcurren las humanidades de John se identifica con una realidad que no permitimos que sea anegada por los olores.

Pero hay un único olor. El olor que despide nuestras dentaduras blancas, nuestros cafés en medio del Pont Neuf, nuestro avance hacia Marte, siendo Marte un elemento prehistórico. Pero no nos estamos dando cuenta de nada. Absolutamente vivimos un pan de una sola línea, por la que cruzamos sin tempranar las razas que se desvanecen en el frío y en la enfermedad. No nos importa el hombre enfermo. Somos musculaturas de gimnasio. Épocas en que lo blanco no es un color, en todo caso, una acumulación de cólera que se aumenta cuando atisbamos los prodigios mágicos de los aymaras, de los mursi, de los sambias, de todo aquellos que no huele a perfume de Hollywood, porque es en Hollywood donde la raza es sólo adánica y hebrea, intensa como la cocaína de los disc jockey, el vestido de Megan Fox, el oro del Banco Federal, los tiernos puntos suspensivos en donde la muerte nunca llega, pues la inmortalidad es blanca, como la navegación de las medusas, único animal faustiano que nunca desaparece.

Nos creemos que vamos a existir como las estatuas de Florencia, como el Mondrian que decora suntuosos salones. ¿Cuándo, pues, hemos de morir? Un sistema aplazado para las vanguardias de los trapecios por donde circulamos. Pero nuestra vida, una vida de superficies y de nombres absurdos, se comba tras el conflicto nunca solucionado de las razas malditas, que se aparcan como un motociclismo de GP. No nos hemos puesto a recordar aquellos días en que éramos verdaderos hijos de la Cultura Megalítica. Todos hemos sido alguna vez una raza proscrita, un humano en el sexo del silencio, porque todavía las palabras eran evitadas para no apagar el fuego que encendíamos en el hambre del Tardenoisense. Todos hemos sido tribu, en una Historia que nos ha modernizado hacia la tribu con ropas de la Ibiza más leonina y más pluviosa. Mientras tanto, nos seguimos alejando cuando entramos a un hipermercado y huele demasiado a catinga.

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