Un niño estará encerrado en el baño. Mientras, su familia disfrutará  de un día primaveral. El sol tenía ganas de salir y ha sido imposible que dejase a la noche tener su sentido. Están disfrutando de unos días de vacaciones en la magnífica casa que tienen en un pueblo del pirineo oscense. La paz manda en un pueblo que está deshabitado en invierno y que sólo ve gente cuando hay vacaciones y el calor empieza a dorar las pieles. La familia consta de un matrimonio con su hijo que está encerrado en el baño, la hermana de la mujer, su marido y su hijo adolescente que ha invitado a su primera novia. También ha ido su otra hermana, con su marido y su hija, de la misma edad que el niño que estará encerrado en el baño. El patriarca es el abuelo, padre de las tres hermanas y el que mejor conoce el pueblo. Nació en el mismo y vivió en él hasta que la ciudad le obligó a vivir en un lugar del cual poder subsistir. La familia ha sacado una mesa larga y bastantes sillas a las puertas de la casa para disfrutar de las magníficas vistas. Se ven unas montañas señoriales, todavía con el resto de las nieves caídas el pasado invierno. Sus picos lucen puntiagudos y erguidos mirando hacia el cielo. Están tan cerca del sol que corre riesgo de ser rasgado. A veces sería bueno que sufriera una cornada. Unas fisuras de fuego que fueran a caer al cabello de la novia del chaval adolescente. Es una chica guapa, y tiene un cuerpo que ya tiene poco de promesa y mucho de realidad, pero es fría y apática. Un poco de lava esparcido por su cuerpo es lo que necesita para hacer feliz a su primer novio. Las quemaduras en la adolescencia se curan a lametones. La carne cruda es la que siempre tiene más sabor.

En la mesa hay muchas cervezas, algunas botellas de vino y refrescos y agua para los más jóvenes. También hay tortillas de patata troceadas cuyos colores hacen juego con el insobornable sol del momento. Ambas luces brillan en todas las direcciones  pero se han cebado especialmente con la niña que tiene la misma edad que el niño que estará encerrado en el baño, está cegada por la fuerza de éstas y no puede ver como una cría de sapo va subiendo por su brazo en dirección a su cuello. El abuelo sí que se ha dado cuenta, una gorra con buena visera puede ser el mejor invento del mundo dado el momento. El niño que todavía no estaba encerrado en el baño habla con su primo adolescente, que no le hace mucho caso pues está mirando las formas que los rayos del sol hacen en los muslos desnudos de su novia. Los padres de éste disfrutan viendo como su hijo hace el ridículo, mientras se beben las botellas de vino sin darse cuenta. Están tan mareados que vacilan a su hijo hasta dejarlo en evidencia delante de su chica. Éste se levanta enfadado y se la lleva a las eras, en cuya florida vegetación se pueden esconder dos cuerpos con ganas de hacer arder este lugar idílico. No hay pirómanos más peligrosos que dos adolescentes con ganas de quemarse juntos a lo bonzo. Bosques cuyas ramas son extremidades que se abren y se cierran. Huesos hasta hace poco de niños, cuyo calcio ahora luce calcinado. El abuelo en este rato se ha confundido por esta  razón, la memoria no perdona, pero recuerda que a su nieta le sube por el cuello un sapo pequeño y pringoso como todos. El peligro es latente, sólo puede avisar al nieto que tiene la misma edad que la víctima y que pronto se quedará encerrado en el baño. Los padres de los jóvenes están todos bebidos, han tenido que meter otra caja de latas de cerveza en la nevera, y mientras, están tirando de unas mini botellas de ginebra y ron que les habían regalado a algunos de ellos en las últimas cestas de navidad que les habían dado en su empresa. El abuelo no aguanta más y avisa al niño de que le quite del cuello a la niña ese bicho de estómago abultado y que no paraba de hincharse y deshincharse a cada momento. El niño se niega, dice que le da mucho asco y que tiene miedo. La niña al darse cuenta se pone nerviosa y grita desconsolada. El sapo se agarra a un cuello que casi se mueva más rápido que la tripa del ser viscoso. El niño intenta coger valor ante las reprimendas de su abuelo pero el sapo se puso a croar con una fuerza que expulsaba sus ojos hasta meterlos dentro de la boca de la niña. El niño al ver esa imagen entró en pánico y se paralizó aunque su abuelo no paraba de chillarle para que le quitara el bicho a su prima. Finalmente fue el abuelo quien tuvo que quitarle el sapo a su nieta de encima. Pero el abuelo no se iba a relajar y seguía obstinado en reprender a su nieto por no haber sido más valiente. El niño no aguantó más y le dio una mala contestación a su abuelo, éste se incendió más rápido de lo que lo estaban en ese momento su nieto adolescente y su novia. Cogió el bastón que utilizaba para andar por el campo y amenazó con golpearle con él. El niño no quiso ver más y se fue corriendo para no ser alcanzado por esa garrota de aspecto fiero. Sus pequeñas piernas subían las escaleras de la casa a gran velocidad, alguna las alcanzaba de dos en dos y otras veces en sus intentos de hacerlo de tres en tres se tropezaba hasta llenar sus rodillas y parte de las piernas de cardenales y moratones. Llegó hasta el baño que se encontraba en la tercera planta y que era la última y se metió dentro cerrando la puerta. Cerró con tanta fuerza que chocó de boca contra la puerta y se  hizo daño en un diente que se empezó a mover ante aquel impacto tan brutal. El niño que está encerrado en el baño no sabe que su abuelo no le siguió y se quedó sentado viendo como sus hijas y sus yernos reían a mandíbula batiente dejando sus bocas abiertas para que entrase más vino y más cervezas. El tiempo pasaba y el sol que aquella mañana había aparecido empujando a la noche de su decorado se apagaba cansado. La noche estaba llegando y nadie echaba de menos al niño, sólo su prima de su misma edad con el que jugaban a muchas cosas. Ella le buscó por toda la casa, gritándole su nombre por todas las habitaciones. Escuchó una voz que venía del piso de arriba y ella acudió con velocidad detrás de ella con ganas de atraparla. Esa voz estaba al otro lado de la puerta del baño.

Ella le preguntó qué hacía tanto tiempo escondido en el cuarto de baño. También le aseguró que hacía ya mucho tiempo que su abuelo había olvidado su enfado y que ya podía salir de allí. Él le contestó que lo había intentado pero que la puerta se había atascado al haberla cerrado con tanta fuerza. Intentó abrirla a golpes  y también utilizando la maña y la sutileza, sujetando el pomo y haciendo fuerza hacia arriba intentando desatascar la puerta. Todos los esfuerzos fueron inútiles y el niño que estaba encerrado en el baño empezó a asumir el título de este relato que tan bien le definía. Digería como mejor podía que iba a pasar la noche en ese cubículo, que aunque no era el más idóneo para pasar una noche tampoco estaba tan mal. Era un baño amplio cuya bañera era grande y perfectamente la podía utilizar como cama. Tenía el agua que salía del grifo del lavabo para beber  y un váter donde hacer sus necesidades. El cuarto de baño tenía una ventana desde la que podía ver a sus padres y a sus tíos totalmente ebrios bailando la lambada de manera lamentable. La niña bajó a avisarles del encierro de su primo, pero éstos no le hicieron caso y le dijeron que se fuera a la cama, que ya era tarde para una niña de su edad. Ella les hizo caso a la misma velocidad que se olvidó que su primo dormiría aquella noche rodeado de champús, geles, esponjas y toallas. El niño vio como los adultos se metían dentro de la casa y respiró tranquilo al pensar que subirían a sacarle de su prisión. Pero no fue así, los mayores bastante hicieron con encontrar sus camas y acertar a  acostarse con sus respectivas parejas. Pasó una hora y el niño cansado yacía tumbado sobre la bañera asumiendo que los sueños de esa noche se despertarían mojados y arrugados bajo una ducha demasiado real. Sería en la madrugada cuando el niño escuchó ruidos en el exterior y se asomó a la ventana y vio que eran su primo y la novia de éste. Ambos llevaban la ropa manchada de vino y desgarrada en lo que quedaba de ella. El niño que estaba encerrado en el baño les gritó y ambos ebrios de sexo, vino y unos cigarros que a él no le olían igual que los que fumaban sus tías, miraron hacia arriba y vieron al pequeño que les miraba desde allí arriba. Le dijeron que se fuera a la cama, que era muy pequeño para espiar lo que estaban haciendo ellos y que pronto le llegaría a él su turno para disfrutar de los placeres de la vida. Él les dijo que estaba encerrado en el baño y que no podía salir de allí. Ellos se rieron, no podían creer lo que estaban oyendo, y pensaban que podía tener que ver con la mezcla de alcohol y otras drogas que tenían en sus cuerpos. Decidieron que era una broma del niño y le siguieron la corriente. Le animaron a tirarse desde la ventana, la distancia al suelo era importante y más para un niño. El niño dudaba en si hacerles caso o por el contrario volverse a la bañera e intentar dormir. La novia de su primo estaba totalmente despeinada, su pelo enmarañado tapaba mínimamente el nacimiento de sus pechos desnudos, también estaba descalza y tenía las plantas de sus pies llenas de piedras y hierbajos. Ojos emborronados en un maquillaje siniestro y desfigurado. Ella quería seguir la fiesta con su chico en su habitación pero él seguía con la broma con su primo pequeño.”Tírate, tú eres el auténtico Superman, aunque dudo que alguna vez vueles  como yo lo estoy haciendo ahora”. El niño pensaba en si hacerle caso o no, no sabía de sus superpoderes, nunca los había usado y por tanto no sabía cómo hacerlos funcionar. Ella se cansó de esperar y utilizó las debilidades de su primo para llevárselo a su habitación. Sólo tuvo que separarse un poco el pelo del escote y guiarlo con una cadena invisible a la cama que compartían. Le lanzó una bolsa con marihuana y le dijo que se hiciera el último porro porque si no no iba a poder dormir. Él le hizo caso mientras la besaba en unos labios con sabor a vino caliente. El niño que estaba encerrado en el baño había tomado una decisión. El suelo de la bañera estaba muy duro y no estaba cómodo. Sabía que le iba a ser imposible quedarse dormido en esas circunstancias. Se asomó a la ventana y no vio ni a su primo ni a la novia de éste. Otra vez estaba solo. Últimamente pensaba que siempre lo estaba, desde mucho antes de este último viaje. Se estaba acostumbrando a estarlo y con el poco entendimiento que él podía tener de la vida, había aprendido que madurar era aprender a saber estarlo. Ese era su momento de demostrar que estaba creciendo y que no era tan niño. Saltó pensando en sus superpoderes, en la libertad del que siempre se ha sabido solo. En la madurez del que toma sus propias decisiones. Un niño que dejó de serlo cuando dejó de volar y el aterrizaje se volvió forzoso. A la mañana siguiente el sol no estaba tan valiente como el día anterior y se había escondido tras unas nubes negras que presagiaban lluvia. Cuando empezaron a despertarse el resto de miembros de la familia, la lluvia ya era real y empapaba el cuerpo del niño que había estado encerrado en el baño. El barro rodeaba al cadáver y se le metía entre los dientes. La familia desayunaba tranquilamente dentro del hogar, nadie echa de menos a un niño cuando la resaca explota los sentidos y los pensamientos sólo quieren descansar. La mañana pasaba y la lluvia seguía arreciando con fuerza. Los sapos saltaban sobre el cadáver del niño vengándose del trato que había dado su abuelo a uno de los suyos. Fue su prima la primera que le echó de menos. Subió al baño y vio que la puerta seguía atrancada, pero tras la puerta nadie contestaba. Al principio pensó que estaría durmiendo pero después se asustó porque no era normal no despertar ante los gritos que estaba dando al llamarle. Bajó las escaleras de manera veloz y avisó a los mayores de lo que había pasado la tarde y la noche anterior. Todos se asustaron y empezaron a buscarle por toda la casa aunque era absurdo hacerlo pues la puerta del baño seguía atrancada. Muertos de miedo salieron a la puerta de la casa y allí estaba el cadáver del niño rodeado de sapos que croaban alrededor suyo mientras le salpicaban con sus patas al saltar sobre los charcos. La primera que fue a abrazar al niño fue su prima, se quitó los sapos a manotazos y le quitó el barro de los ojos y de la boca. Miró hacia arriba y vio la ventana del cuarto de baño, que estaba abierta y se movía al compás del viento. Hubo una ráfaga tan fuerte que la ventana se partió y el cristal de la ventana se dividió en trozos pequeños.

Cayeron cerca del niño y de su prima. Cuando ella los vio amenazó a sus familiares con cortarles con ellos por no hacerle caso el día anterior. Todos estuvieron de acuerdo en encerrarla en el mismo sitio donde había estado su primo. La subieron por una escalera larga que guardaban para una emergencia como ésta. Sólo tenían que esperar a que la niña repitiera el final de su primo. Ambos volaron juntos para siempre. Por la tarde el cielo se aclaró, y la familia volvió a sacar la mesa y las sillas a la puerta de la casa. Pusieron múltiples viandas sobre ella y volvieron a reír y a emborracharse. El abuelo se acercó a la bandeja de las patatas fritas y cogió una  y se la ofreció a uno de los sapos que les acompañaban. Habían ocupado las sillas que habían dejado libre los niños. La familia ahora sí que se sentía completa y feliz.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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