Sus cabellos revueltos en el lodo. Sus amoratados ojos mirando el infinito. Sin brillo. Hundidos. Tristes. Abatidos. La mitad de la cara en el charco. Salpicaduras de barro por todo el cuerpo. De su boca abierta sale el agua del charco que yace bajo ella. Con un brazo abrazando una piedra y con la otra contraída en cuya mano sostiene un papel sucio.

La ladera de la montaña donde la encontraron es rojiza por la tierra arcillosa propia del lugar. Una tierra que se pega con tesón a uno y es difícil de quitársela de encima. Los árboles apuntados hacia el cielo parece que están rezando al cielo. Triste paisaje frío y gris. El paisaje se turbia al brotar las lágrimas. Un llanto sordo y persistente agita el pecho del profesional que ha encontrado el cadáver.

Le han hurtado la vida. Su futuro lo han hecho añicos. No han respetado su elección de ser, o no, madre. De formar una familia. De ver crecer a sus hijos y envejecer a sus padres. De poder devolver todo el cuidado y cariño que le brindaron sus padres en su infancia y juventud. De enamorarse cada día más de su pareja. De emocionarse con una nueva canción, con un buen libro o una película. De reírse con la nueva ocurrencia de su futuro hijo. De vivir. Le han arrancado sin compasión alguno la vida.

Ninguna de las excusas que en estos casos siempre se ponen, se cumplía. No era de noche. No había prendas sugerentes. No había alcohol. Iba haciendo deporte. Iba en chándal. Aspirando el aroma del campo. Intentando templar sus nervios con deporte. Simplemente era mujer e iba. El loco la vio y fue a por ella. Los demás detalles ya nos lo contarán los medios de comunicación. Pasado un tiempo no será más que una más en una estadística.

Tenemos madres, hermanas, abuelas, primas, tías, esposas, amigas y queremos que llegar a casa no sea un triunfo. Sea lo normal. Queremos que deambular por la calle no sea jugar a una ruleta rusa, sino que sea disfrutar. Que a irse de compras no le siga irse de entierro. Que una discusión no acabe en menosprecio, ni mucho menos en bofetada. Que un insulto no se permita. Que una vileza se castigue. Y que un asesinato no se perdone.

Entiendo que los asesinos tendrán familias y lo pasarán muy mal. Pero, pasado el periodo de duelo que sea, volverán a reír, a llorar, a admirar, a sentir,  a tararear, a comprar, a comer, a dormir. Pero ellas no. Ellas ya no podrán hacer nada de eso. Ellas ya han fallecido. Los creyentes pensaremos que van a un lugar, los que no lo sean, o crean otras cosas, pensarán distinto; pero la posibilidad de vivir se les ha arrebatado.

Desde nuestro humilde ordenador y medio, queremos hacer un llamamiento a las fuerzas políticas, a todas, para que dejen de protagonizar espectáculos lamentables y bochornosos y puedan ponerse de acuerdo en acabar con una lacra que nos duele y nos indigna como personas y hombres que somos.

El miedo menoscaba la libertad de las mujeres. En consecuencia, la de todos nosotros. Señores políticos, solo queda decirles #TodosSomosLauraRocíoAna… Es decir #TodosSomosTodas porque no queremos que ninguna mujer pasee por la calle con miedo. Queremos que esta lacra se acabe de una vez por todas. Den lo mejor de cada uno para que así sea. Nosotros, por nuestra parte, iremos educando a nuestros hijos. Pues, entendemos, que la educación es un pilar fundamental para acabar con ella.

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