Foto Mati Klarwein Art

Recuerdo que conocí a Mati Klarwein en el café Lírico de Palma para realizarle una entrevista para el Diario de Mallorca, donde yo entonces colaboraba con crónicas culturales y artículos sobre arte. Me encontré a Mati sentado en el fondo del café vestido de Mati Klarwein, es decir, entre una bohemia de Deià y una psicodelia de New York. Enseguida empezamos la entrevista:

-¿Y usted ha tomado LSD para pintar? Sus cuadros así parecen confirmarlo.

-Nada, nada, yo sólo tomo LSD para follarme a las tías. Lo de la pintura ya es otra cosa.

-Muy bien, ¿esto lo pongo en la entrevista?

-Claro, y si quieres te doy todo tipo de detalles.

-No hace falta, el lector del periódico ya es muy imaginativo.

Mati Klarwein fue un judío nacido en Hamburgo y pintor de una profunda psicodelia nada parecida a la de Joan Miró –Miró sí que tomaba LSD para deslizar sus pinceles sobre su obra suprarreal y orgiástica de colores, signos, lenguaje y una abstracción donde nunca se sabía dónde estaba la abstracción si en el óleo o en su forma de regurgitar la vida, el mundo, el tiempo, la visión del hombre en su estado más naïf o inaugural de un cierto primitivismo-. Además, según me han informado, a Miró no le gustaba demasiado eso de meter la pichita en un coñito, lo mismito que Dalí, quien tampoco jamás introdujo su pinga de Rey de los Surrealistas en vagina alguna, ni en la de Helena Diakonova, con quien se casó en Sant Martí Vell por lo católico, de ahí creo yo que Diakonova se transformó en Gala, a quien Salvador, quien ya se había hecho un montón de pajitas mirando a los adolescentes pescadores de Cadaqués, se la robó a Paul Éluard aprovechando que el poeta estaba tuberculoso sin ser todavía poeta. Y es que la nacida en Kazan, rusa de caluroso sexo y cuyas tetitas se ve que dimanaban la acechanza libidinosa del hechizo de las montañas mágicas de los alpes suizos, ya le había pegado mientras estaba con Éluard algunas mamadillas a la verga de Marx Ernst, a quien, todo hay que decirlo, le gustaba acostarse con sus alumnas. Como digo, ni Miró ni Dalí fueron nunca de grandes asombros ante la belleza del vello púbico de las mujeres, sobre todo Salvador, quien, recuerdo que una noche madrileña de alcohol y adolescencia el pintor y amigo de Francisco Umbral, al que entonces yo buscaba por el Gran Café de Gijón y al que con el tiempo pude conocer, Modesto Roldán me dijo que a Dalí sólo le gustaba chucletear anos en las diferentes orgías en las que él sólo participaba como el gran masturbador que era.

» Mati Klarwein era todo lo contrario, más en la línea en cuestiones eróticas de Picasso o de Modigliani»

Como digo, Mati Klarwein era todo lo contrario, más en la línea en cuestiones eróticas de Picasso o de Modigliani. Mati nunca reconoció su actitud de lo psicodélico frente a sus lienzos, pues más bien se presentaba como un artista surrealista que mantuvo contactos con los más orquestadores del movimiento suprarreal, como Kitti Lillaz, Boris Vian o el ya citado Salvador Dalí, aunque dudo que Mati, que, como buen judío que era le gustaban las mujeres más que a J. F. Kennedy, que a Sinatra o que a Jesucristo, mantuviera jamás relaciones con machos pubescentes, arborescentes, cabríos o cabrones. Como cuento en esa reunión del café Lírico, Mati Klarwein y yo decidimos hacernos amigos y me invitó a que lo visitara a su casa de Deià. Allí me presenté una mañana de invierno que era como una de las portadas del disco de Abraxas, detalles minuciosos de un tiempo en que el sexo negro ocultaba el sexualismo siempre fornicador de Mati. Me invitó a unos alcoholes y a comer. Recuerdo que me hizo unas verduras cocidas, a lo vegetariano, que me supieron a gloria. Fue entonces cuando le dije si me podía prestar algunos de sus cuadros para conformar la portada de mi próximo libro: “El starlux del manicomio”. Al momento me dijo que sí y fue entonces cuando adiviné en Mati a una persona buena, nada arrogante y facilitador de una cultura en la que le gustaba presentarse como ilustrador o como versionador de la música, de la literatura, de la poesía, de lo que hiciera falta. Me prestó su cuadro “You and Me” para la portada de mi libro, en donde se ve a un hombre negro, musculoso y detrás una figura fantasmagórica, como un mito saliendo de la nada, con el interciso de un enorme huevo que debía significar el resultado de ese amor entre “Tú y yo”. Cuando salió la novela, volví a las montañas donde vivía Mati y fue cuando me dijo que esa noche había visto un objeto volante no identificado.

-Mati, ¿has tomado ácido?

-Te aseguro que no. Entre la luna y el horizonte he visto una luz que a toda velocidad recorría el cielo. No estamos solos, Arnao, la vida inteligente no está en este planeta. El hombre de hoy no tiene inteligencia. Residimos en el homo sapiens y todavía no hemos avanzado.

-Tienes razón, Mati, a mí de vez en vez me sale el primate y me da por intentar tirarme a todas las tías de la noche haciéndole poemas que les escribo en las barras de los bares.

-Pero así nunca conseguirás follar.

-Por supuesto que no, pero siempre quedan los poemas.

-Tú eres gilipollas.

-De nacimiento, Mati, de nacimiento.

Mati Klarwein tenía ese rostro judío que le salía cuando se acordaba de Jerusalén, cuando en 1934 con el nazismo incorporado a la barbarie se tuvo que desplazar con su familia a Palestina. Tras la formación en 1948 del Estado de Israel, su padre ganó el concurso para el diseño de la Knéset. Con 17 años, Mati se marcha a París donde estudió con Fernand Léger y en la Ecole des Beaux-Arts. Se interesó por la cinematografía, pero al no tener estudios, no le permitieron el ingreso en la escuela de cine de París. Marchó a Saint-Tropez, donde conoció a Ernst Fuchs, quien le sugeriría ya el definitivo marchamo de lo que debía ser su propio estilo. Europa, Asia, África, América, gran viajante, siempre estuvo al lado del cogollo del meollo del bollo de la gran cotorra, siendo sobre todo en New York cuando se relacionó con el pop art y la música, entablando relaciones con Andy Warhol, Jimi Hendrix, Peter Beard, Timothy Leary o Jon Hassel. Pero siempre volvía a Deià, donde cada noche veía un extraterrestre mientras pintaba aquellos cuadros tan minuciosos y de tanta precisión con la realidad que se reconvertía en irracionalismo si era observada desde el motivo psicodélico que le dejaba como un pasmo surreal después de haber estado en la cama con una negra o con una californiana que pasaba como de puntillas por el pueblo donde seguía, entre oliveras y mitologías, escribiendo Robert Graves. Según alguna vez me contó Mati, en su casa de Deià, noche sí noche no, caía una negra, una poeta de San Francisco, una pitonisa austro-húngara o una payesa de los pueblos de la Sierra de Tramuntana -a las mallorquinas de pueblo siempre les ha gustado mucho los penes hebreos, mejor dicho, “chuetas”- por eso eran las que mejores orgasmos tenían, pues creían ser poseídas por un pintor extraterrestre entre mago, políglota y experto en hembras internacionales. Es que pasa que una payesa sólo está acostumbrada a la pichilla de su buen esposo payés, y no es lo mismo ser recogedor de patatas que pintor con colores entre divinos, intramundos o dantescos.

 «El arte psicodélico provenía de las sustancias que alteraban la conciencia dentro de un espacio que se reducía a un tiempo en que todo o iba demasiado deprisa o se quedaba quieto en una cala o en una ciudad americana»

El arte psicodélico provenía de las sustancias que alteraban la conciencia dentro de un espacio que se reducía a un tiempo en que todo o iba demasiado deprisa o se quedaba quieto en una cala o en una ciudad americana. Se trataba de una manifestación del alma tal y como la vio Humphry Osmond. La psicodelia tenía como pronóstico proyectar el mundo interior de la psiquis desde una contracultura donde el ácido lisérgico descubierto por Albert Hofmann, el peyote, la ayahuasca u otras drogas alucinógenas se revitalizaba desde el estudio del ego a partir de la expansión del lenguaje universal, que luego era transportado al cine –Stanley Kubrick-, a la pintura, a la música o a la literatura, incluso a la fotografía y la arquitectura. Mati Klarwein realizó muchísimas portadas de discos desde ese periodo donde la alucinación lo convertía en un judío errante por los desiertos de Galilea o por el centro de Manhattan, que, al fin y al cabo, viene a ser lo mismo. Así realizó pinturas para discos de George Duke, Leonard Berstein, Santana –el célebre “Abraxas”-, Mile Davis, Osibia, Gregg Allman, Mark Egan, The Last Poets, Per Tjemberg y así todo seguido.

La psicodelia en aquella época –que siguen siendo todas las épocas- ocupaba los póster de conciertos, las portadas de discos –el más habitual era Mati-, el show de luces, los murales –Miró-, los cómics, los fanzines, la revolución espiritual, la respuesta a una política del establishment, los patrones caleidoscópicos, inspirados en los diseños persas, el collage, los motivos fosfénicos, y una creatividad que se fusionaba con el surrealismo de modo profundo y vital, pero la muerte pasaba muy cerca y la luz debía ser controlada por los excesos, puesto que algunos psicodélicos se quedaron entrampados en la alucinación aprendida de Arthur Rimbaud y su razonado, lento y lógico desarreglo de los sentidos. La psicodelia abultó la mirada y la sexualidad de artistas como The Fool, Yoshitaka Amano, Richard Avedon, Giorgio de Chirico, M. C. Escher, H. R. Giger, Alex Grey, Roberto Matta, Gilbert Shelton, Indica y así todo seguido.

Mati Klarwein fue uno de ellos y, entre la cultura pop, el hippismo, el surrealismo y la era psicodélica se movió durante todo ese peregrinaje que siempre acababa en Deià, donde seguía viendo extraterrestres cuando el cielo se volvía oscuro y un Kubrick se le aparecía en el espacio como una sombra de olivera o como un diablo al que por la mañana pintara.

-¿Y usted utiliza el LSD para pintar?

-No, yo sólo lo consumo para follar.

Y yo salí del café Lírico con la sensación de haber estado con un pop irracionalista que vestía entre dandi e hippie y que por cierto me invitó a los whiskies.

Murió, días después de que yo hablara con él por última vez por teléfono, el 7 de marzo de 2002, por culpa de un cáncer a la edad de 69 años en su casita en las montañas de Deià. Recuerdo que me decía:

-No me quiero morir, no me quiero morir, mi madre puta.

Tengo la absoluta seguridad que en estos mismos momentos Mati está gozando de un gran y cósmico fornicio con sus amigos extraterrestres allá por los agujeros negros que son las frondosas vaginas del Universo. Y yo todavía sigo escribiendo poemas.

-Tú eres gilipollas.

-De nacimiento, Mati, de nacimiento.

 

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