Marlon Brando es el rostro más bello de Los Ángeles. Desde el método Stanislavski aprendió a ser un gesto de conmociones y de profunda ambigüedad. Ver su cara en la pantalla suponía darse cuenta de lo que estaba pasando, de donde le dolía, de hasta dónde podía llegar, que era a todas partes. Ha habido en medio de las faralaes holywoodienses otras actitudes quizá más camaleónicas, como Al Pacino, Robert De Niro, Charles Laughton, James Stewart, James Cagney, Boris Karloff, pero musculatura actoral, metafísica facial, animalidad controlada, mirada de jauría humana sólo han existido en toda su visceralidad en Marlon Brando, que nada tiene que ver con Paul Newman o Montgomery Cliff, pues estos arraigan una femeneidad que los hace inútiles para el gesto rotundo, esencial, persistente, nocturno, rabioso o perdurable. Marlon Brando hemos querido serlo casi todos. Yo recuerdo en mi adolescencia, que es el sitio donde todo se imita, donde cualquier cosa se plagia, pues todavía el adolescente no ha educado su personalidad y va como al pairo, buscando por ahí otros roles, otros poetas, otros actores, que cuando salía de ver “Un tranvía llamado deseo” o “On the Waterfront”, a mi chica le ponía caras de Marlon Brando, incluso ensayaba un gesto muy brandiano, que es ése en el que cierra los ojos mientras habla para luego abrirlos diseñando una penetración visual y estética que dejaba helado el escenario.

“Marlon Brando, ya se sabe, es el rostro impenetrable, allá por donde no pasa nadie, el lugar en el que habita la erótica mientras va en camiseta o mientras se pone el uniforme de un marino inglés”

Marlon Brando, ya se sabe, es el rostro impenetrable, allá por donde no pasa nadie, el lugar en el que habita la erótica mientras va en camiseta o mientras se pone el uniforme de un marino inglés. A mí los que más me gustan son los primeros Marlon Brando, aquellos del blanco y negro, porque Brando debe verse sólo entre dos colores, puesto que el expresionismo ya le quita autenticidad al personaje, como sucede en “El Padrino”, que, a pesar de su rutilante actuación, no da el dandismo que todos esperamos de él. El mejor Brando es el recién salido del Actor’s Studio, el que se inicia en el teatro neoyorquino para en seguida pasar a Elia Kazan, donde la masculinidad del rebelde nacido en Nebraska pulsa el deseo como si despertara la libido al momento tanto en hembras como en machos. En “The Men” acierta con la historia de los veteranos de guerra y muy Strasberg se pasó una temporada antes de rodar el film en un hospital militar. Brando tenía eso, que incorporaba el personaje al personaje que había visto en la calle, en el bar, en un club de putas, en las terrazas de los psiquiátricos. Brando copia todo lo que ve, como luego hicieron Paul Newman o Robert de Niro, pero, ya digo, Brando le pone más autenticidad a su rebelión a bordo. Brando o el brandismo. Ésa es la lección que continuaron todos los que vinieron detrás.

 Ya digo, a mí me gusta más el primer Marlon Brando, que es el más furioso, el más asimétrico, el más actuante, porque todo lo que hace, todo lo que dice lo tiene excesivamente bien estudiado, magníficamente calculado. Cualquier movimiento de Marlon Brando no está improvisado, sino que está trabajado en la noche, entre los salones de su apartamento, en el camerino donde espera a que Elia Kazan le llame para realizar la escena entre Terry Malloy y Charlie en el asiento de atrás de un automóvil, considerada como una de las mejores escenas de toda la historia del cine, pues en “La ley del silencio” –“On the Waterfrond”- Brando sublima la actuación y se deja golpear dejándonos presenciar perfectamente el dolor que sufre, el amor que siente por Eva Marie-Saint, la lucha en los estibadores donde la transformación de Brando la vamos siguiendo fotograma a fotograma, desde la ausencia de las palomas hasta la violencia del final del film. Ahí está el mejor Brando, con su rostro partido y su cuerpo perfectamente situado a través del travelling, frente al primer plano, su nariz poderosa, sus labios carnosos, su cuerpo gimnástico, sus ojos como para derribar a un regimiento de marines, el Brando que, ya digo, yo traté de imitar para ligarme a las titis, lo que pasaba es que no pillaba ni una, pues me veían demasiado Brando y ocurría que sólo cogía algo cuando ponía mi verdadera cara, es decir, la de la risa horripilante del idiota, por decirlo con Rimbaud. El mejor Brando, insisto, está en Zapata, en Julio César, el de la ley del silencio, donde le dieron su primer Óscar.

“El mejor Brando, insisto, está en Zapata, en Julio César, el de la ley del silencio, donde le dieron su primer Óscar”

A las féminas y a los homos les gusta ese brandismo de los años 50 y los 60, incluso en sus papeles bufos, como en “La casa de té de la luna de agosto”, una mierda de película que sólo se salva por el rostro y la comicidad del Brando, que hace de japonés y le sale el Japón entero. Luego, seguramente ya cansado de tantos métodos Strasberg y tanto Stanilavsky, aborda papeles que no se adecuan a su movimiento rítmico y pausado dentro de la pantalla, pues las poses ya no se las estudias y se deja llevar por los vientos que azoten los ventanales de la cámara de grabación. Es ahí donde, aun estando bien, se precipita y se unifica en un único registro arrogante e impersonal, interpretando a Fletcher Christian en la película de Lewis Milestone “Mutiny on the Bounty” –“Rebelión a bordo”-, donde da el pego de una camarería dura que quizá le salga demasiada la rudeza de su rebeldía , olvidándose de su peligro de hombre contra hombre, de rostro yugular en donde nos tenía acostumbrado a verle hasta la ontología de su periplo como tormenta y roca, ruido de jazz y acción contra acción.

“Brando siempre ha sido muy actoral, muy preciso, muy, insisto, académico sin academia rural, sino desde el estudiantado de su vida interior puesto al hondonal ruido que planea por las afueras, lejos de él, pero muy cerca, a su lado, actor y personaje, siempre en Brando”

Brando siempre ha sido muy actoral, muy preciso, muy, insisto, académico sin academia rural, sino desde el estudiantado de su vida interior puesto al hondonal ruido que planea por las afueras, lejos de él, pero muy cerca, a su lado, actor y personaje, siempre en Brando. Pero allí, en Tahití, donde abate y disputa contra el capitán Bligh –Trevor Howard-, conoció a Maimiti –Tarita-, de la que se enamoraría y a partir de ahí, por la cosa exótica empezó a engordar y a cubrir papeles donde el brandismo se convierte sólo en Marlon Brando. Se compró una isla para él solo, junto a Tarita y sus hijos y se dedicó a elegir papeles para gordos en donde el rostro se le infló como su vanidad y su dandismo de indígena millonario. Brando había dejado de ser Brando, para convertirse sólo en Marlon, sin nominaciones ni Óscars ni productores que ya quisieran trabajar con él, si bien es cierto que Brando rechazó todo lo que quiso, pues se encontraba la mar de flotante en una isla donde bien hubiera podido conocer a Paul Gauguin.

En El Padrino ya he dicho que no me gusta, pues esa ronquera tan forzada y esa mandíbula como de tiburón son excesivas para unos momentos del film en que de tan canallesco se pasa de primeros planos y sin darse cuenta se va organizando a su alrededor la nueva oleada que llega pegando fuerte, como son Al Pacino y Robert De Niro, los cuales logran desbancar al amorfo Brando hasta diluirlo entre la mafia y la tarta de cumpleaños. Pero aún dará dos personajes, ya en su declive, que a mí me resultan espeluznantes, que son el de Paul en donde Bertolucci le da todo ese ritmo que suena en la banda sonora de Gato Barbieri mientras baila el último tango en París, y el de el coronel Kurtz frente a un Cóppola que le deja hacer mientras va sonando “The End” de The Doors. Ese animalismo, esa brutalidad, ese “el horror, el horror”, en que el ex boina verde brandiano en medio de la jungla arengando ante su propio ejército de nativos tiene algo de psicodélico y de T. S. Eliot. Ahí Brando vuelve al brandismo y consigue cerrar su cartelera ya definitivamente. Todo lo demás lo hace para pagar la hipoteca de su isla en el Pacífico.

Marlon Brando es el mejor rostro y más bello que ha dado Los Ángeles.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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