Organizarán el tiempo necesario para que el tiempo cumpla las paviotas en medio de las petrolíferas. Nos asestarán con ramas de olivo para que no pensemos más allá de los pre/molares, porque duele pensar, creemos que duele pensar, tanto como una neuralgia de pérsigo instalada en los labios de los amantes. No nos van a dejar amar, porque el amor mueve colinas que per/manecen en el fondo del mar. ¡Cuchilladas¡ El hombre ha dejado de co/laborar con las gafas de los sub/marinistas. Hay una opinión ancestral que ya no sale en los medios de comunicación, por/que éstos están amadriñelados en un único pensamiento que se tuerce y se venga, que nos tuerce y se venga de nosotros, como las canciones comerciales de las radios, e/vasión del dolor que cunde en el jabón de los baños. El mercantilismo, visto como una opción para saquear la intimidad del eco, abre una peñaranda en los senderos por donde andamos, por donde nocheamos, por donde intentamos salvar esta cruel realidad que nos acecha como una Antártida en medio de nuestros pechos, de nuestras calles, de un mundo en que no somos, sólo estamos, al arbitrio de todo lo que suceda, de todo lo que nos impongan, de todo lo que quieren que suframos. Pero. Sin embargo, sufrir no matricula el sentido de la vida, en todo caso lo des/arma, lo aniquila, lo en/vuelve en Gramas de trapos. Joder con el programa.

La ciudad es ciudad, pensemos en las antiguas civilizaciones. Desde que el monetarismo se ha adueñado de todo producto interior bruto y ha listado el macferlán de una suave agonía que propone tiendas al lado de las catedrales y justo en medio del número 269, nosotros hemos perdido. Estamos etiquetados, como una blusa de Zara, y sólo nos dejamos legislar por los leguleyos de esos grandes edificios con publicidad de neón y de un limbo que nos atrae y nos seduce. Las casas ya no son casas, sino una ampliación de los centros comerciales con los que llenamos nuestras cocinas de padres bastardos y del llanto del gas que lentamente nos va suicidando. Hoy hay más suicidios que en el crack del 29. Nos lanzamos desde los campanarios, porque estamos bloqueados ante esta avalancha de una luz jamás re/petida y que nunca llega hasta los paisajes que colgamos en las paredes. Ha des/aparecido el paisaje natural y asistimos a la artificialidad de los juegos malabares con que hemos ya para siempre perdido toda inmunidad.

El mundo es el índigo de la innovación, pero nos ha pillado por sorpresa y no sabemos de qué modo abandonar ese barco ebrio en el que nos han hecho subir. No hay posible revolución contra la pulpería de la globalización. ¿O sí que la hay la? ¿Acaso tendremos el coraje de dejar de comprar todos esos productos que nos seducen –en una seducción asestada por el mensaje global de la Anunciación- como alcatraces devorando peces? Se trataría, pues, de inmolar el consumo y sacar todo el dinero de los bancos. ¿Fractura de un Estado? De acuerdo. Así se produciría. No lo negamos. Pero ese acto, tan romántico, tan Heine, tan Engels, provocaría el comienzo de una Nueva Historia. No estamos posibilitados para permitir que nos cojan más de la cabeza y hagan que escuchemos el sonido de los pozos. Hay que levantarse. Hay que ejercer nuestra condición de ciudadanía, la cual nos ha sido arrebatada, por el ibídem, por la pantalla de los televisores, por una democracia que ya se ha virtualizado y ha prestado a los números de la especulación todo el arenal de las playas en que hacemos deportes para evitar la tristeza. La tristeza. Estamos tan tristes como la cultura musteriense. Ah, cómo duele pensar. Cómo duele pensar que nos piensan.

Acabaremos todos enfermos de paludismo, como César Vallejo, porque ni las migas de pan vendrán a nuestros ojos a mirar los monumentos de las ciudades aztecas. Si con/tinuamos así pronto sólo seremos las hijuelas del centro mismo del Hades. Proponemos, sólo como un ejercicio de equitación, que no compremos hafnios inútiles, que nos conformemos con lo imprescindible para poder amar a alguien como nunca nadie jamás lo haya amado, sólo el amor nos salvará de esta decadencia que nos pinta las uñas con óleos de Archimboldo. Poseemos demasiadas cosas, casi todas infructuosas y hemos dejado de re/cordar que el hombre sólo es una pasión inmiscuida en la naturaleza, única vía para sentirnos en la hagiografía de la vida. Es la vida lo único que nos debe importar y no esta pos/vida en que nos han instalado como excrementos con que fertilizar el sexo de las agencias de inversión o esta economía que importa más que todos esos cánceres de estómago que deben detectarse antes de que, por esta avaricia propia del ser humano, se extiendan en forma de metástasis.

Renunciemos, pues, al deseo de poseer, al hachero con que despedazamos las cosas que creemos ya han caducado. Los danones nunca caducan, porque los danoneros ponen fechas inventadas para que compremos más elementos que pronuncien la producción como un haiga que corre a toda velocidad. Esta velocidad del mundo debe ralentizarse y convengamos que eso es del todo correcto, porque de otro modo seguiremos lloviendo árboles y starlux y Cristos de Montfavet y estos nuevos olores de una tecnología que ya nos abruma. La información, no lo dudamos, es necesaria, pero lo que se afronta como verdadera identidad es la información que reside en nosotros mismos, una comunicación interior que ha dejado de existir, porque vivimos hacia fuera, hacia lo que no se ve y quieren que veamos. Asumamos nuestra culpabilidad. Nos hemos concentrado desde hace ya demasiado tiempo y de manera impune incluso despreciable en cometer el delito de tenerlo todo, hasta los guantes amarillos de los dandis. Abandonemos el dandismo y construyamos la mística –jamás cristiana- que nos a/fiance como verdaderos poseedores de las tormentas que ya están vendiendo las grandes multinacionales. La comercialización de los hábitos del monasterio de la Isla de Solovetsky nos conduce hacia un mundo de occidentalización que halconea con el desnudo del corazón que aún realiza diástoles, pero que lentamente se va anegando en lo profundo de la lluvia que han privatizado y que ya no cae, en todo caso, se queda en la mitad del cielo, para que, con nuestras manos alzadas y mustias de lepra, la compremos y de este modo podamos limpiar nuestro cuerpo ya disecado. Pero el amor, esa palabra.

Estamos manteniendo este Bottin desde un onirismo que raja sobre el pucho los sistemas telepáticos en que confundimos la gimnasia con el acalambramiento de la lámpara de Vermeer. Flus. Flus. Flus. Un tiempo en que estamos como un rigor mortis que no es capaz de derribar one little casualty. Los Lázaros financieros en que des/aparecemos por la juntura del monstruo de Mary Shelley. ¿Queda algo debajo de las sillas? Flus. Hay un tifón Hélène que se cuela por las ventanas y nos eleva hacia el cielo mexicano como si Chagall fuera un consejo de administración de un teatro griego. Al final, en toda antropología de propiedad insaciable, sólo permanece el plexo. El hombre siempre ha sido codicioso, porque lo fueron todos los dioses, pero hoy no es ya la codicia, ni siquiera el art nouveau de los fósforos, pues que únicamente desde el trampolín se atisban cuerpos sin formas, números en la Tierra Baldía, un móvil que elabora todo ejercicio democrático para reconducirlo hasta la más estricta oscuridad. Quelqu’un vous demande au télephone. Es cierto… Flus. No es la codicia. No, no lo es. Es el terror de las cancillerías, de los productos de limpieza, de un arte que se vende junto a las plantaciones de café. Flus.

Tomemos un mate y hagamos punto y seguido. Escribamos este grito que se calza con sólo interrogaciones en busca de una respuesta. Sabemos que nunca nos contestarán. El móvil se ha quedado sin batería. Y el tokay, de rodillas. Sólo una frase en el ordenador, una única frase en todos los ordenadores, algo así como: “¡No nos miren más¡ ¡Estamos sin camisas!”

El Mercredi mimeografía una luz de la X y continuamos siendo perseguidos por este dolor que ilustra…, etcétera, etcétera, etcétera, etc., etc. y etcétera.

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