Hace veinte años que empezamos a follar en este parque. Puede que tú ya ni te acuerdes. Qué estés ocupada en tu realidad más inmediata. Un presente callejero, hecho de asfalto y  de camas de matrimonio. La seguridad no para de buscarse para no encontrarla jamás. Nosotros que follábamos en las posturas más circenses y complicadas y los únicos accidentes que sufrimos fueron los de los coches de la M30. Banda sonora de ruedas quemadas y luces que apuntaban a nuestro escondite hecho de matorral, hierba y hormigas escalando por tus curvas. El parque de la Fuente del Berro es un Scalextric en cuyo interior se esconde un bosque de pájaros, ardillas, vagabundos, “runners”, y viejos que van a jugar a la petanca y que se piensan que el parque es suyo. Nosotros fuimos los últimos amantes del puente. El fin de la adolescencia sexual en aquel follaje, valga la redundancia y la frase fácil. Pido perdón, pero por haber crecido, y me lo estoy pidiendo a mí.

Este parque por el que ahora paseo siempre fue nuestra Ciudad-Refugio, el lugar donde nos protegíamos de la desapacible realidad hecha de muros de hormigón, colegios donde lo único que aprendimos fue a imaginar una realidad sin él, no había ni una sola asignatura que enseñara a ser libre y a elegir como estropearse la vida. Un fracaso teledirigido y nosotros queríamos equivocarnos por nosotros mismos. Aprender de las ardillas a trepar por los árboles a gran velocidad, quitarnos la corteza el uno al otro, “pelarnos” el uno al otro la insatisfacción en que se convierte la vida en forma de obligaciones no elegidas. Conocer la sabiduría del vagabundo. El sufrimiento libre, el verso que no busca la belleza en un poema que nació putrefacto como todos. Escribir poesía debería ser vaciar el cubo de la basura y separar por un lado las cosas que todavía podrían tener alguna utilidad, para quedarse con las restantes. La utilidad de las cosas acabó con su alma, y yo te quiero y te quería por tu parte sucia, inservible.

Antes escribí que fuimos los últimos amantes del puente. Ese era nuestro lugar favorito de este parque en el que ahora todo es prosaico, narrativo, real. Una realidad que se cuenta, es una realidad que se fue y que jamás volverá. Una magia que al comienzo no conocías el truco y ahora te has convertido en el mago embaucador. Nos gustaba protegernos debajo del puente que separaba el parque del barrio de La Elipa. Era una de sus partes más acogedoras y además te resguardaba de la lluvia. Había que subir una leve colina de césped cuya pendiente endurecía tus muslos de piedra joven en los que cincelé mis manos felices.

Sigo caminando por mi Ciudad-Refugio. Busco un riachuelo de sangre reseca perteneciente a uno de los viejos de la petanca. Uno de los días en los que íbamos al puente a follar, el cielo quiso ahogar nuestros deseos, encharcar los caminos de tierra hasta convertirlos en un barrizal. Los vagabundos habían desaparecido. El parque tomó un aspecto fantasmal por el que navegaban muertos los pájaros. Buscamos el puente, como bien sabes, y estaba ocupado por los vagabundos. Dejamos a nuestros amigos del parque que descansasen,  y buscamos otro lugar donde ser felices durante algún tiempo. Éramos jóvenes, pero ya sabíamos que la felicidad era algo que duraba un rato, un instante y que había que aprovecharlo por si no volvía. En la adolescencia, follar y  sentirse libre  es su máximo exponente. Madurar es (pre)ocuparse en ser infeliz. El parque de la Fuente del Berro es un parque escondido dentro de la Ciudad-Hostil, pero en el que hay pocos lugares para hacerlo (y sí, me refiero a follar y a que no nos encuentren en plena faena los paseantes aburridos). Encontramos un lugar cerca de un estanque pequeño que se encuentra en la parte baja del parque. Me fascinaba tú respiración acompasada cuando lo hacíamos, ese aire musical susurrado y discreto, elegante como tú siempre lo eras. Pero ese día, el oído de los viejos de la petanca escucharon una música que hace mucho que ni bailaban ni cantaban. La memoria nunca olvida el placer. Es el único ejercicio que no necesita hacer para mejorarla. El caso es que nos lanzaron varias bolas y a ti te dieron en un ojo y en la pierna. Yo sufrí más suerte, me dieron en la cabeza. Tocaron el lugar de no olvidarte. Mejor el dolor que el vacío. La nada suele ser enorme. El blanco gaseoso de una eternidad. Cuando vi el agujero de tu pierna y el cráter en tu ojo, la rabia se apoderó de mí. Cogí una de las bolas metálicas y se la lance a uno de los viejos, la verdad es que no sé si fue uno de los que nos lanzó las bolas, pero me dio igual. Solo recuerdo que su nuca manchaba de sangre su escasos pelos blanquecinos que ocultaban esa zona. Me asusté, tuve miedo de haberlo matado y nos fuimos corriendo.

No paramos de correr hasta llegar a nuestro lugar en el puente. Los vagabundos ya no estaban. Solo permanecían sus cartones mojados y periódicos caducados. Noticias atemporales. Todas son mentira, como decir que los días son distintos, y que la política cambia según quien gobierne. Todos los días son iguales desde que este puente solo se utilizó para que cruzaran las personas de un lado al otro del mismo. Fueron dos años cobijados bajo él, la Ciudad-Refugio era un alud de luces invisibles para los hostiles.

No he encontrado la sangre del viejo. Han pasado dieciocho años y si no murió en ese momento, ahora sí que supongo que lo habrá hecho. ¿Y si tú también lo has hecho, chica-refugio?, recuerdo presente, muerte probable, mis pasos son cada vez más cortos, achacosos, viejos. “Nuevo vagabundos”, que concepto tan violento, se cruzan en mi camino, me reconocen como uno de los suyos, la tristeza no tiene nada que ver con la pobreza sino con la empatía. Me saludan con la mano y me hacen un sitio bajo el puente.

Una chica con la edad que tú tenías me mira desde la parte baja de la colina. Se parece mucho a ti. Habla con el chico que tiene al lado y me señala mientras lo hace. Miro a mis lados y mis amigos ya no están conmigo. Solo estás tú tumbada, con la que pudiera ser tu apariencia actual,  sobre uno de los cartones, dormida en un sueño del que sé que no vas a despertar.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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