El otro día, al entrar en el ascensor, saludé a los cuatro señores mayores que había y mi saludo se fue al limbo de los justos poco a poco. El sonido se hacía más inaudible paulatinamente. En el trayecto, según dirigía mi mirada de uno a otro vecino, éstos iban bajando la cabeza. Si hubiesen emitido un sonido cada vez que uno de ellos bajaba la mirada, hubiésemos conseguido componer una sinfonía. El paroxismo del ridículo se alcanzó cuando el ascensor se detuvo y comenzó la lucha por salir. El afán por ganar la carrera hizo que dos de mis vecinos tropezasen y cayesen al suelo cuán largos eran. Me reí ante lo patético de la situación y salí a la calle. Aún con la triste sonrisa en los labios, me encaminé hacia el mercado para hacer la compra y me crucé con la señora del segundo que bajó la cabeza para no tener que contestar a mi saludo. Me detuve. Giré sobre mis talones y le toqué el hombro con más fuerza de la necesaria. Se detuvo y me miró fugaz e interrogativamente. Le dije con un tono nada conciliador: “¿Es que no me ha visto?” Asintió silenciosa, con la mirada aún más clavada en sus zapatos, y proseguí: “Ah, pues si me ha visto salude, mujer, que no cuesta nada”. Se ruborizó y, sin contestar, se fue. Vi cómo se alejaba y, cuando perdí de vista su oronda figura, retomé mi camino. Miré alrededor y comprendí que uno es de un país, una ciudad y una familia. Y que, por mucho que uno procure trasmitir a sus hijos la educación y los valores que le han enseñado, la sociedad tiene, si no la última, la penúltima palabra en su educación.

“Y que, por mucho que uno procure trasmitir a sus hijos la educación y los valores que le han enseñado, la sociedad tiene, si no la última, la penúltima palabra en su educación”

Cuando llegué al mercado seguía reflexionando sobre qué es ser buen vecino. Es fundamental, decidí, ser buen vecino porque uno consigue ser buen ciudadano cuando como vecino es aceptable. Pero por más que me devanaba los sesos no encontré muchas definiciones al respecto. Estuve pensando un buen rato y llegué a la conclusión que, si hay un documento que nos saque de dudas sobre este asunto, es el testimonio que se da de vez en cuando en las noticias. Cada vez que ocurre un suceso horrible en determinado lugar, van los periodistas a la zona. Allí empiezan a hablar con las personas del barrio del sospechoso. Es habitual escuchar eso de: “¿Cómo dice? ¿Que ha asesinado a trescientas cincuenta y seis personas y se las ha comido usando como cubiertos los huesos de las víctimas debidamente pulidos, limpiados y afilados? ¿Que con su piel ha hecho unos visillos muy monos y una mantelería fantástica? ¿Que ha entrelazado sus cabellos consiguiendo un tejido fino y agradable al tacto con el que se hace la ropa? ¿Qué tiene una cubertería nacarada de más treinta y seis piezas hechas de hueso de víctima? No puede ser. ¿Está usted seguro? Es increíble” Entonces el periodista le contesta que sí, que no cabe la menor duda de que ese vecino haya cometido esas barbaridades. A lo que, casi siempre, le responden: “Imposible, si era muy buen vecino. No hacía nada de ruido y saludaba siempre que nos cruzábamos con él en la escalera”. De modo que, lógicamente, estas dos son las premisas que definen si uno es buen vecino o no: no hacer ruido y saludar en la escalera.

“estas dos son las premisas que definen si uno es buen vecino o no: no hacer ruido y saludar en la escalera”

Una vez que entré en la tienda saludé y, como antes en el ascensor, no recibí respuesta alguna. Observé a los que llegaban después que yo y ni siquiera saludaban. Emitían una especie de gruñido ilegible hacia el cuello de su camisa y les respondían con un gruñido parecido. Miré los carteles por si había viajado a otro país y era un problema de idioma, pero no. Cuando me tocó el turno pedí las cosas por favor y di las gracias cuando me las sirvieron. Noté la mirada incómoda de cuántos allí estaban esperando su vez y la impaciencia del tendero. El silencio acechaba. Pagué y me largué de allí como alma que lleva el diablo. Sujeté la puerta y dejé pasar con una sonrisa a una señora mayor que tampoco dio las gracias ni saludó sino que emitió un sonido gutural extraño y molesto por lo agudo de su tono. Mientras se cerraba la puerta llegó a mis oídos el gruñido a modo de respuesta del tendero y el resto de sonidos que indicaban que la normalidad había regresado a la tienda. La tristeza se apoderó de mí. El asunto del saludo, pensé, puede definir a las personas. Si uno saluda puede ser considerado un tipo educado e, incluso, buen vecino. Ahora bien, para ello debe asegurarse que lo dice en las horas que corresponde decirlo y en el idioma adecuado. Si no, en lugar de buen vecino, puede que le llamen estúpido o tonto. Tampoco es conveniente ir piso por piso llamando al timbre y, cuando salga el vecino en cuestión, saludarlo esperando su respuesta antes de irse a llamar al siguiente vecino. En este caso es más que seguro que le llamarán loco. Ahondando en el tema del saludo me acordé del hecho de dar la mano. Siempre he tenido la duda de cuánto tiempo hay que dar la mano. Hubo un día en que un amigo y yo nos dimos la mano y ninguno se decidía a soltar la mano del otro. Estuvimos así hasta que uno de los dos tuvo que ir al lavabo. Imagino que, como en otros tantos asuntos, el límite lo pone el excusado. La mano, por supuesto, hay que darla firme. Pero no hay que romper la mano del saludado. De hecho, si quiebras los huesos de la mano de alguien, es muy probable que no vuelva a saludarte en la vida y es posible que esquive tu mirada y cruce de acera cada vez que te vea por la calle. Pero tampoco hay que dar la mano como quien entrega un manojo de perejil. Si alguien me da la mano flácida no quiero volver a saber nada de esa persona. Me da grima, asco, repulsión.

“La mano, por supuesto, hay que darla firme. Pero no hay que romper la mano del saludado”

Al regresar de vuelta observé de lejos que entraba un repartidor. Había visto cómo llamaba al telefonillo, decía algo, le abrían y subía con su paquete bajo el brazo para entregárselo al vecino de turno. Recordé otro momento típico de la vida de vecindad: el momento en que llaman a tu puerta. Puede que llame otro vecino para pedirte algo. Para ofrecerte algo. Para convencerte de algo. Normalmente, cuando un vecino viene pidiendo algo, yo nunca tengo de nada de lo que me pida. Eso sí, siempre les deniego su petición con la mejor de las sonrisas y con las más amables palabras. Les invito a marcharse con mucha educación y mayor firmeza. Lo que garantizará que en un futuro no vuelvan a pedirte nada. Aunque serás considerado un tipo educado y amable que carece de todo. Eso me ocurre desde un día aciago en que estaba tan tranquilo en casa y sonó el timbre. No quería abrir porque a esa hora eran los testigos de Jehová con casi total seguridad. Así que me hice el sordo y seguí haciendo lo que estuviese haciendo. El timbre seguía sonando y yo como si nada. Seguía con mis asuntos. Llamaban cada vez más insistentemente. Así unas diez o quince veces. Como no cejaban en su empeño me asomé silencioso a la mirilla y vi a dos vecinos a los que conocía de cruzármelos por la escalera. Les abrí aliviado y dije: “Buenas tardes, no os abría porque creí que eráis testigos de Jehová” y me contestaron con una amplísima sonrisa que mostraba sus inmaculadas y perfectamente alineadas dentaduras: “Testigos de Jehová no. Nosotros somos de la iglesia adventista del séptimo día, ¿te importa que recemos un poco contigo?” La sonrisa se congeló en mi rostro. Me quedé como Poli Díaz después del combate con Pernell Whitaker. Miraba al infinito sin ver. Apartaron mi inerte cuerpo a un lado y entraron. Al llegar mi mujer me pilló arrodillado con los dos vecinos rezando en medio del salón. Fue un momento traumático. Yo le dije el consabido: “cariño, no es lo que parece…” Pero el más alto de ellos se dirigió a ella invitándola a unirse a la oración. Ella, boqueando como arenque fuera del agua, dejó el bolso en una silla y se arrodilló a mi lado. Cuando se marcharon los vecinos, la bronca entre nosotros fue monumental. Desde ese día tengo un odio visceral a cualquiera que llame a mi puerta y no hago caso en absoluto a sus peticiones.

Llamé al ascensor y me puse a pensar en lo que me había ocurrido esa mañana. No quiero excederme en las conclusiones a las que llegué sobre el asunto de la educación y el buen gusto. El buen gusto, decidí, brilla por su ausencia. Basta con echar un vistazo alrededor para darnos cuenta. Estamos rodeados de horteras permeables a las modas de raperos que hacen vídeos de dudoso gusto. Pero no se trata únicamente de jóvenes imberbes no, también hay padres de familia yendo con esa facha por la calle. Otra buena muestra de mal gusto es ir escuchando esa basura que algunos llaman música con el móvil sobre la mano extendida. Algo que además es un acto de mala educación porque la libertad de uno termina donde empieza la de el de al lado. A continuación pensé en los cenutrios que van detrás de un volante con la basura a todo volumen para llamar la atención. Aunque bien es cierto que al volante la mala educación además de evidente y estar a flor de piel, es peligrosa. El caso es que, las normas de urbanidad, buen gusto y educación no son más que el uso del sentido común. Si algo pienso que puede molestar al de enfrente, no lo hago. Porque la molestia genera malestar y mal humor. Si no me gusta que me hagan algo, no se lo hago a los demás. Esa señora podría ser mi madre así que pienso: ¿cómo me gustaría que se comportasen con mi madre? Pues así me comportaré yo con esa señora… y así, hasta el infinito y más allá.

“El barrio y, dentro del barrio, el bloque en que vivimos, es la unidad social de educación fundamental”

Llegué a la puerta de casa y saqué las llaves del bolsillo mirando las demás puertas de mi descansillo. La meta, como digo, es ser un buen vecino y mejor persona. Recuerdo alguna conversación en la que mis vecinos de rellano hablando del tema de la educación me decían que sus padres, como los míos, se han esforzado partiéndose literalmente la espalda para darnos la mejor educación posible. Pero que todo es más cómodo ahora. No hace falta hacer tantas chorradas. Unas normas, una educación y unos valores que, decían, a la vista está, son anacrónicos. Deben ser difíciles de llevar a cabo cuando nadie los usa. Que nadie respeta porque te miran raro cuando los utilizas. Su incumplimiento, lejos de provocar mi ira, provoca mi triste indiferencia y mi sonrisa de rechazo. Me niego a tirar por tierra el ímprobo esfuerzo realizado por mis padres. Lucharon muy duro por darme unos valores, una educación y unas normas que me definen. Intentaré, por tanto, seguir llevándolos a gala. Se los trasmitiré a mi hijo como el legado de su familia. Pero, por mucho que me esmere, mi hijo es un ser humano y por ello un ser social. Por lo tanto es permeable a lo que los amigos, los vecinos y el barrio le trasmitan. Porque si el país, la ciudad y la familia en que se nace imprimen un carácter determinado. El barrio y, dentro del barrio, el bloque en que vivimos, es la unidad social de educación fundamental.

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