Cotiledonia es la patria donde ahora todos vivimos. Una tierra donde nos es indiferente el tropismo del Archipámpano Prun. Allí hemos vivido durante siglos, desde que Platón vio las sombras de la caverna y dedujo que los hombres debíamos asistir a un mundo idílico donde se ab/sorbieran el hedonismo y el placer de estar con nosotros mismos. Cotiledonia es allá donde vamos a parar todos los que deseamos forjar en esta vida un espíritu libre y una conciencia que nos salve de los Parlamentos y de la aberrante industrialización evolucionada ya hacia esta horrenda revolución del economicismo tecnológico y todo lo que se oculta tras él. Sólo allí perdura la literatura aforística de Cristóbal Serra, quien fue el que inventó este fayrland que es Cotiledonia y que, en estos precisos momentos en que escribo, ya está combinado con la muerte. Murió mi abuelo Cristóbal un septiembre de 2012 mientras hojeaba su “Asno inverosímil” o su “Abecé de la micrología”. Le llamé días antes y me dijo -creo recordar- que estaba en ese septiembre completamente enamorado de una mula recién llegada de Tierra de Fuego -Argentina- y que ya estaba en situación don Cristóbal de verter su último semen en el óvulo fértil de la señorita María Luisa de las Venganzas y de apellido noble, creo que era algo así como Relish MacQuoid Miracle de Dankwort, pero le solían llamar la mula Bornachera, porque le daba mucho al anís Machaquito, como don Enrique tierno Galván.

Cotiledonia es un viaje en el barco ADAD hacia la conquista de una Nívide donde el Rey Filas no admite las profecías y desea que antes que lleguemos seamos tragados por la ballena de Melville. Estamos, pues, reducidos a un Fayrland desde donde a partir de los inicios del judeocristianismo se han reproducido las ruedas de las bicicletas de los Lilliputs, los Brobdingnags y los Erewhons, un viaje donde sólo se heñan la quimera y una química de la imaginación que produce nefastas consecuencias a la hora de asistir a la leve huella de los eclipses. Ya, después de esta Historia dotada de milagrerías del lago Tiberiades, donde Wall Street escucha a un Jesús que nunca llegó a tomar la Bastilla. La profecía ha sido derrotada por el pragmatismo y por los denarios de una multitud que especula mi/entras nada en las piscinas de Hollywood.

Somos una película en la que ya no hay actores, tan sólo, en todo caso, tan sólo, en todo caso, una democracia que siempre sale vestida de blanco, bajo palio, en un solo documental del NO-DO. La dictadura, como proceso político, ha dejado de ser militar para maternizarse en parlamentaria, pero este parlamentarismo, ahíto de un Club espumeante y de los bouquinistes, se ha tomado muy en serio enviar a todo aquel que intente entrar en los salones de un capitalismo que ha dejado de leer a Keynes y a Michel Onfray en tierras de Cotiledonia, donde se encuentran pueblos enteros, todos los pueblos, todos los fuegos el fuego, esperando a que Champion Jack Depree vuelva a tocar el blues. Sólo el blues nos permitirá muscular los paisajes de Manchise con las entrañas del horno que trillan las trilogías de las vaharadas.

Cotiledonia es el lugar serriano donde la felicidad resulta inútil en aquellos pueblos que nada tienen, pues sólo poseen un sol anchicorto del cual beben, comen, insinúan baladas de la ínsula Marimala, fornican y se cubren de un neopaganismo por el cual han sido desplazados. Los cotiledones, que son infundibuliformes en su progresiva caída del pudor, se sienten nietos de ninguna parte, proscritos de las naciones en donde se produce la moral, las leyes políticas, la occidentalización de un mundo que les aborrece, pues sólo se in/cardinan en la búsqueda de la lluvia y en el embrutecimiento de las Ideas de las Formas. Son ante todo creativos, infracardíticos, fraseólogos, pensadores de un tiempo que durante tanto tiempo les fue arrebatado por un pequeño defecto, según los juristas ingleses, que no era otro que el ser coleccionistas de trompetistas y logaritmos de aritmética. No hay paz para ellos, únicamente esperan la muerte como quien espera la condena de la incuria, abullendo por ello el paisaje tecnorebelde de una Ciencia que poseen, pero que no admite maneras de poder explayarse por las costas de sus deseos de pocos segundos.

Se sabe que los cotiledones sólo viven el instante como una cabellera hueca, pasando de Oneraria a Calcobó, aparentando quemaones que sólo leen idiomas como el caló o el telugú. Los sabinitas están enfrentados con los garandones, pues éstos últimos continúan perseverando en la luz vertiginosa del poscapitalismo y no asimilan en profundidad que viven en una isla donde la taranta em/brutece todo tipo de modernidad. Este primitivismo-de-unos-tiempos que ya no son tiempos, en todo caso, el rouge de la melancolía y la desesperación soberana se sitúa en unas ganas de llorar por completo, pues tanto los sabinitas como los caducéos sí han comprendido que están distribuidos entre los planos hirsutos de toda ceremonia que intente progresar. Asiste el paroxismo y las chirimías. Cuando los cotiledones vivían en la zona de los continentes, se había producido el talento de la magia y la conducta africada y africana de la metafísica de la ciencia-noria, por ello fueron expulsados de aquella gigantomanía en donde residían en casas con televisor y una enorme hoguera de libros económicos en las calles. Éstas rompían las barcas en sus ángulos de salitre. Se buscaba entonces la perfección, pero el hombre siempre es y será imperfecto, porque no cree ni en el amor ni en las pistas de atletismo, ni siquiera en el propio hombre que se abre como se despliegan las sillas en la terraza de un café de Saint-Cloud. La piel sale de Pola, pues ni hay sexo ni Horacio Oliveira todavía se ha incrustado en el pelo de la Maga. Oliveira se lavaba en ella.

Como un ectoplasma dibujado por Wifredo Lam, los cotiledones sudan y perduran y hasta, y hasta, digamos que, sí, lo digamos, leen y destruyen la Vulgata, pues consideran que los latines son producto de una Nueva Civilización que es antimonárquica y jumentófila, ardiente de psicología a ultranza donde reposan sus generaciones y sus nombres que, tal vez por casualidad o causalidad, todos empiezan por la letra Y. Han derribado ya por completo la iglesia de Liosampedro, pues consideran un guirigay toda palabra que provenga desde la oscuridad y que no asuma los placeres como única categoría que les resta, pues el morir se adivina como una preterición de la vida que acaba con los cuerpos arrojados al mar. El mar cotiledón permanece saturado de alimañas que van de/vorando los cuerpos cuando éstos dejan de existir y se olvidan ya por completo de las tarantas y de Horacio Oliveira. Todas las Magas, que son todas las mujeres que confraternan con su sexualidad, con la marihuana y con su condición antipapaverácea, cuando mueren no son arrojadas al mar, sino a los inmensos bosques donde son incineradas para que los vientos cielites las transforme en vacíos donde el ADN ya desaparecerá para siempre. Con ellas se escinde la magia, ese porvenirismo de claridad donde se reproducen los viejos atavismos y el mefistofelismo de toda etapa creadora. Hay un plin plan contra el orbicentrismo.

Los cotiledones, que son transgresión y verde, horacan una naturaleza hipopotámica en la que todavía no están acostumbrados a recibir, pues vienen de la luciérnaga de una industrialización de neoliberalismo político metálico y muy pizpireta. Este nuevo capitalismo del Milenio está aparatosamente coordinado por las onces tribus de los continentes donde ya el cambio climática ha anegado las tierras de nueve de ellas. Estos hombre y mujeres que ya no emiten monedas para sus Reservas Federales, sino que hacen uso -según parece- de una uña postiza pintada de rojo bermellón que introducen en la raja del culo de todos los perros vagabundos para de ese modo conseguir una transferencia bancaria. Se sabe que las más de las veces la roja uña se les llena de mierda. Esta nueva manera de vivir sin apenas problemas existenciales los sabios doctores cotiledones están seguros que exalta una enfermedad que provoca una risa tonta, una adicción a las ascensión de las más altas montañas y, lo que más parece que molesta, es el olor a mierda de perro que una vez incrustado en las uñas ya no se va y se queda ahí como un príncipe sin un testículo y que anda descalzo porque teme que los zapatos que pasa por las manos de la robótica estén llenos de ladillas, pues llegan voces de los continentes que alertan que la lujuria entre los robots es ya incontrolable.

Entonces las calles, vigiladas por videoconectores situados en los despachos donde los hombres decadentes producían whisky y medicina arcaica y multinacional, eran hasta hace no demasiado tiempo de los niños cotiledones, y era allí precisamente donde se estaba produciendo un intento de cambiar el mundo, ocasionando de esta manera su destierro en el barco “Graffin” a Cotiledonia, donde ahora se dedican a perturbar la melancolía y a esperar a que Raspanosa sea friccionada por la Razón y los mensajes de una surrealidad que los convierte en artistas y zumbadores de toda pasión por lo pastoril y lo profético.

La profecía-se-cumple-cada-vez-que-nace-un-niño al que siempre llaman Péndulo, como una casualidad de la literatura de Cristóbal Serra. Pero Péndulo o Tedio también están siempre tuberculosos y tristes y nunca conocerán el tren que les conduzca al orbicentrismo, pues tras la lectura de dicho término filosófico se encuentra la única orbe justa en medio de la derecha y la izquierda donde puedan jugar con videojuegos o ver los dibujos animados de Bob Esponja como una forma del entretenimiento. Los Péndulos o Tedios sólo leen a Jean Meslier y a los libros apócrifos y nacen ya sin memoria, porque la memoria es el peor mal que puede acontecer a cualquier hombre que viva en Budó, Juamor o Purrimán. Solo Mirabueno Yerubín y Tamarciel, en su adolescencia cribada, pudieron llegar el 27 de noviembre de 1589 a los países donde la recapitalización de los bancos no es que fuera una costumbre, sino una tabla firmada por aquellos que construyeron el barco “Graffín”. Duraron allí sólo dos semanas, pues al pronto murieron de liosampetrismo y de exceso de música glamour. Fueron enterrados junto a los deshechos de los automóviles fabricados para sólo poseer durabilidad de medio año. Los hombres del whisky y los de las reuniones mundiales atajaron de inmediato toda posibilidad de que nadie pudiera escapar de Cotiledonia.

Desde entonces los paresos, los sabinitas, los zurdiales, los cielites, los masoniegos, los cucuritas y demás pueblos cotiledones ya han dejado de asustarse ante la llegada de la muerte, pues la sienten más próxima al idealismo que a la nueva regeneración de una isla en la que se entumece la degradación y en la que lustran las togas como una bañadera tan cercana a la felicidad. En los periódicos últimamente sale cada día la siguiente noticia: “Mahoma, Rasputín, los jugadores ya fallecidos del Spartak de Moscú, todos los padres que se han quedado sin esperma por culpa de la contaminación ambiental, la Reina Isabel II de Inglaterra, el actor de cine mudo Charles Chaplin, el primer homínido moderno que se arrejuntó con el más bello hombre del Neardental, más de cuatro de los cinco bebés que hoy nacen dentro de un ovario artificial, los muñecos de la tele Epi y Blas, el árbol más grande de la Historia y el último mendigo al que por ley le aplicaron la pena de muerte con gas mostaza eran maricones”.

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