La estupefacción y la pena dieron paso a la resignación y el enfado. Nos enteramos de la muerte de Narciso Ibáñez Serrador y nos quedamos en silencio unos segundos. El excelso, el genio, la quintaesencia de la televisión se había ido para siempre. Caímos en la cuenta de ese vacío irreparable: acababa de morir la mente que había diseñado gran parte de nuestro escenario vital. En la tertulia improvisada que surgió inmediatamente después de conocer esta triste noticia hablamos de sus «Historias para no dormir» en blanco y negro. Llegamos a la conclusión de que Chicho representaba nuestra cúspide televisiva. Estuvimos ante el Stephen King español, mejor dicho, ante el Alfred Hitchcock español como alguien leyó en las redes. Tras reponernos del golpe, no por esperado menos doloroso, comenzamos a hablar de anécdotas más o menos divertidas de los programas que habíamos visto y que fueron por él concebidos. Hasta que la desazón, la sorpresa, el dolor, el vacío y el disgusto dieron paso al enfado. Tras ver las incontables muestras de cariño alguien se levantó de la mesa y, mientras pedía otra ronda, vino a decir que esas muestras eran algo desmesurado e hipócrita. No hay que olvidar que diez minutos antes de su fallecimiento era un personaje anacrónico apartado en un rincón y rociado con formol para no apolillarse y que estaba abandonado a su suerte. Algo que ocurre con más frecuencia de lo que creemos. Me marché a casa dándole vueltas a la cabeza. 

Ya en casa, comencé a reflexionar sobre lo ocurrido un rato antes. Recordé haber leído hace tiempo una noticia que hablaba de que la enfermedad que más acecha nuestra vida no es el cáncer o el sida ni la gripe aviar ni la derivada de cualquier otro animal, sea este volador, reptante, cuadrúpedo, diurno o nocturno. La enfermedad más cruel no era otra que la soledad. Esa maldita y amarga compañera. Ese parásito incapacitante y tenebroso. Había un número, que debía provocarnos sonrojo y rubor, insultante de personas que morían solas en sus casas o abandonadas en esa especie de desguace humano que son las residencias. Sin una mala visita de sus familiares. Sin una alegría que darles. Sin un mísero beso. Sin un ápice de todo ese cariño con que antaño nos obsequiaban y jamás valoramos en su justa medida. Era su obligación, dirá algún desalmado. Es que no tenemos hueco en casa, diremos los más. En realidad, muchas veces, es porque chirrían en nuestro día a día. No hay hueco para ellos. Nos tomamos un inmenso esfuerzo en olvidarlos tras el famoso: «vive aprisa, muere joven y dejarás un bonito cadáver». Hicimos de la juventud una meta vital tal que nuestros mayores nos repugnan, nos molestan, nos sobran. Esa efímera meta que solo curará el tiempo. Es esa búsqueda de la eterna juventud tan intensa que nos olvidamos de envejecer con dignidad. 

Si nos detuviésemos un instante a revisar nuestra historia veríamos que hemos dejado de avanzar en valores, en saber vivir, en educación, en urbanidad, en elegancia y, por lo tanto, hemos dejado de progresar. Estamos podridos por dentro porque estamos perdiendo nuestra esencia. La esencia, no lo olvidemos, es ese hilo de plata que une nuestra alma con la de todos nuestros ancestros. Pues bien, lo moderno, lo actual y lo fantástico es intentar cortar ese hilo y flotar hacia la nada. Hacia la oscuridad. Hacia el olvido. Si tuviésemos un mínimo de cultura de la que, lamentablemente carecemos en una medida alarmante, veríamos que, cuando más progreso ha vivido nuestra civilización, ha sido en épocas pretéritas en que se veneraban a nuestros ancianos. Había consejos de ancianos en cada tribu, en cada familia, en cada ciudad y en cada país. Unos ancianos que nos enseñaban quiénes éramos, de dónde veníamos y, en consecuencia, hacia dónde debíamos y qué manera era la correcta de ir. De ese modo, la civilización fue creciendo, avanzando, progresando de la mano de quienes más sabían de la vida, de nuestro yo. En el momento que empezamos a silenciar a nuestros mayores fue en el que nos empezamos a venir abajo como cultura, como civilización y como especie. Debemos sacar a nuestros ancianos del ostracismo en que los condenamos y de esos desguaces humanos en que los abandonamos y crear nuevos comités de sabios que no dejen hundirse nuestra especie, nuestra civilización, nuestro arte, nuestra cultura y, en consecuencia, nuestra esencia. En definitiva, que esa maldita senectofobia que todo lo impregna no nos deje secarnos. No vayamos consumiéndonos por culpa de nuestra propia ignorancia. Porque la arruga no sé si será bella pero es sabia. No lo olvidemos nunca.

1 Comentario

  1. Totalmente de acuerdo, como dijo alguien. Llevamos a nuestros ancianos a residencias y luego adoptamos un perro, o el animal de compañía de turno Para huir de la soledad.

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