¿Son las palabras que decimos las verdaderas palabras con que nos entendemos? El Ergo. Esa licuadora con que exprimimos azafatas no la vemos todos de la misma manera. En cuanto la nombramos cada uno desde el sitio en que estamos sentados en el comedor ya no es la misma licuadora. Es otra licuadora. Tantas licuadoras como realidades posibles existen. La cosa no es la cosa, sino la cosificación de todas las cosas. No hay concepto, en todo caso, un sonido, un viento que entra por la ventana, un cuaderno con abecedario. Por eso es tan difícil explicar-el-mundo, pues básicamente es indescifrable. Sólo un momento. Hay el momento. El justo momento en que vemos, tocamos, oímos, pero nada más. Lo otro es del otro y lo uno de ninguno. Acaso. Única/mente acaso tendemos a la representatividad de las formas, de los colores, del llanto o de la piedra dura en donde dormimos, pero todo es nada, si bien la nada no existe, porque siempre está llena del todo, una vocal o un armario lleno de ropa. El todo es el instante de la nada. Cada vez más nos aproximamos a la nada, sin embargo, esa circunferencia jamás queremos que ocurra, puesto que nos hemos a/costumbrado a una realidad que creemos nuestra, única, intocable, visible y egocéntrica. Toda realidad proviene de un egocentrismo que desaparece desde el mismo momento en que se trans/forma por culpa de las aves, de las jarchas mozárabes o por el café que hemos dejado de tomar. Todo lo que hacemos no está hecho, sino micrografiado, insinuado, harto ya de nos/otros. Cuando nos acostamos, lo hacemos con un cuerpo, pero al despertar, cuando la amanecida ya se ha latitado en ciencia, ese cuerpo ya es otro cuerpo, el de alguien, el de nosotros, sin ser, en el espacio vacío, de quien nos ve y nos dice que bañemos el cuerpo que es o no es.

Existe -siempre ha existido- la imposibilidad de una comunicación completa y definitiva, porque el lenguaje no es una especificidad de la realidad concreta, de un órgano que vincula, de una medida de todos los tiempos, pues no sale nunca de entre las puertas de los gimnasios un tiempo real, sino un tiempo pos/puesto, un símbolo que se amaga, que lucha, que se entre/tiene con la pelota de los niños. Toda poética no es otra cosa que un entre/tenimiento, una alusión a lo dicho mientras no se dice, y así vamos cambiando de planes mientras el universo está constantemente siendo descubierto. El lenguaje ya no es de esta tierra, porque aquí ha muerto, como se extinguió el Neardental en el Peñón de Gibraltar. La desaparición del hombre inteligente, de un homo sapiens que balbuceaba las metáforas, llegará con el ethos de la nanotecnología. Todo realismo puro, el que creemos que es puro, pero que se deslinda por la delincuencia de los espejos convexos, en un esperpentismo de sabbeká y mujeres embarazadas, y así caerá en su vacío de completud cuando refiramos on line todo argumento todavía no demostrable. Lo visto superará a lo oído y lo escuchado se desenfocará de todo objeto que tengamos entre las manos.

Hay -sí, la hay- una masa moderna que viene a des/cerrajar todo aquello que aún poseemos como creíble, como innato, como no nacido, sin embargo, las cosas ya no nacen, puesto que siempre estuvieron ahí, desde el bonobo y Carlos Linneo, en su “Systema Naturae”, y fueron ellas las que nos indicaron que la filogenética no es que sea una evolución, sino que se trata de un pulso herido que empezó por pintar piedras hasta llegar al cubismo de Picasso. La realidad es picassiana, una deformación de los hechos que penetra por las puertas de los Parlamentos y sale por el anuncio de las tormentas. Lo que percibimos en Madrás nada tiene que ver con lo que observamos, desde esas mismas imágenes, por las pantallas de los televisores, en un documental de ropas e inciensos. Navega un silencio por todas partes, que es lo único que nos queda, un Marlowe con sus personajes y sus diálogos no siendo Marlowe ni sus personajes ni sus diálogos. Nada es lo que pensamos, porque toda racionalización de los elementos viene pre/figurada por el esteticismo de los acontecimientos, o todo está embellecido o nada huele ya a madera de bosque. Nos están continuamente mintiendo. Nos están continua/mente mintiendo. Y no nos damos cuenta.

La palabra es absurda, tanto como intentar amar con palabras. El amor debe ser carne a carne, montaña contra montaña, mañana contra hoy, porque la memoria se ab/sorbe en una égloga que sólo escribirá el móvil, la voz que piensa por nosotros, la duda que se funde con la ética, un espasmo de una lengua húngara que a/traviesa la imagen y la irroga de lunaciones que en el fondo están ins/critas en el mega, el silice o los biomiméticos. El realismo padece lumbago y se comunica a tra/vés de los lupercales en los que el mito ya no es mito, sino una lumbrarada de márgenes en la que todavía hay que seguir escribiendo las glosas silentes para empezar de nuevo. Toda originalidad no es otra cosa que un acceso al entretenimiento, a la pereza del hombre por ser más hombre, en una evolución que nos conduce a la tragedia. La deconstrucción ya está hecha. ¿Por qué insistir en ella? Nos hemos vuelto deshollinadores de una realidad que repapila aquellos trajes amarillos de los dandis. Todo dandismo está vinculado a un romanticismo donde llueve y desde donde se particulariza el deseo como tal, no como un fenómeno cibernético donde el alma vuelva a ser dicha, aunque sin decirla, pues no hay alma, tan sólo existe un secreto escondido entre los testículos de Dios que remueve los episodios del agua y las espaldas de Alabama. Un tobogán en vos.

La roca del mar ya no se clava en el mar, porque el mar está harto de tanto mar y acaba semejándose a la jocosidad, pero sin estar ésta de por medio. Todo lenguaje de signos ha sido devuelto al tam tam, donde lo único que se per/sigue es el misterio teatral a cura de cualquier tipo de desciframiento. Las-puntas-son-arrancadas por el mistral de la redondez. La pintura, incluso la poesía, ya se en/cargaron de hacer tropezar estos movimientos y este encuentro entre el Yin y el Yang. Pero en este mismo momento en que esto estamos escribiendo, acordándonos de Wittgenstein, todo lo ocurrido no sirve para nada, pues el mensaje, verdadero colorismo del corazón humano, ha de/venido en el mixtrión de todas las realidades que son posibles, sin que sea futurible una acción de puros conocimientos, de evaluación de los dosajes en la dicibilidad de los procesos estéticos y metafísicos. Lo mítico ya no penetra con un calzador de zapatos, dado que las manías y las histerias únicamente mani/obran desde las fotografías del nuevo Meteosat. Nos están mintiendo continuamente. Continua/mente nos están mintiendo.

Las palabras, en una insistencia tal vez carente de sentido, señalan lo que ya no se puede aceptar, pues-el-pensamiento quizá está sufriendo demasiado, y esta velocidad de la mens artificial sec/ciona toda unión entre el hombre y el mundo. ¿Quién va a ser capaz de decir lo que quiere decir de? Si lo dicho te lo dicen y lo que queremos expresar ya está calculado antes de que intentemos de nuevo colorear las vocales. Hay un único color, un único hombre, una única charla de manigeros. Gutemberg sólo es un tanto por ciento de interés que re/baja el Banco Central Europeo para que la vida continúe asomándose a la ventana, como la hermana de Dalí, y de este modo lagrimee ese paraíso que nos llega en donde ni estaremos ni existiremos, en donde ni amaremos ni habrá poetas, puesto que ya todo está pensado y por ende sólo podemos dejarnos llevar por la inercia de la muerte del último Neardental en Gibraltar. Nos están mintiendo continuamente. Continua/mente nos están mintiendo. In/sistimos en ello.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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