Érase una casa enorme y añeja. Érase una habitación rancia y obsoleta. En medio un armario, uno enorme era. Érase un puño que en tensión se aprieta. A la cerradura una llave acerca. Tras girarla a izquierda y derecha. Se escuchó un chasquido y se quedó quieta. Hasta que la otra mano el armario abriera. El fondo oscuro e insondable era. De lejos salió un humo, una esencia. La ventana se empaña, el aire se condensa. Se oscureció la habitación entera. El hombre la mano a la boca se lleva. Reprime un grito y escapa a la carrera. Al salir dejó la puerta abierta. Pudo al exterior salir esa esencia.

El humo ese raro se asentaba en tierra. Lejos de ascender parecía una niebla. Al cubrirlo todo el color se aleja. Son grises los árboles y grises las hierbas. Todo en blanco y negro ¡qué triste apariencia! La niebla, despacio, sigue su carrera. Va avanzando al fin, sigue firme y lenta. Decolora todo con lo que tropieza. El canto del pájaro su paso silencia. Está todo oscuro, todo gris se queda. Hasta el horizonte avanza la niebla. Mientras va avanzando se va haciendo densa. Ya cubre el camino, ya cubre la sierra. Los pueblos cercanos ya los tiene cerca. La esencia se filtra por la maleza. Por cada camino, en cada vereda. Se aproxima firme, las aldeas acecha. Las gentes se sorprenden al verla. Se quedan muy quietos al entrar en ella. El frío de sus huesos pronto se apodera. Hay quien se resiste y tiene que irse fuera. Corriendo, asustados, van a la carrera. En cambio, los hombres que en el pueblo quedan, pronto cantan juntos canciones añejas.

Suena amortiguado el paso orgulloso de la densa esencia. Los hombres montan a caballo o en recias yeguas. Sin prisa ni pausa a otros lares llegan. Siempre hay asustados que raudos se alejan. Otros, en cambio, al verla se alegran. Hay jinetes que, alarmados, llegan. A aldeas cercanas antes que la niebla. Quien quiere se une y a otros alerta. En cambio hay quien su llegada espera. La niebla, tranquila, paso lento lleva. Lento pero firme y con gran presteza. Cubre cada plaza, cubre cada iglesia. Los que huyen dicen de la densa niebla. Que trae raro olor, como de alcanfor, como a viejo o vieja. Van veloz al norte a llevar las nuevas. Porque desde el sur se asoma la esencia. Avanza siempre al paso, no corre ni vuela. Pero todo alcanza porque a todo llega. Del este al oeste sube con firmeza. Niebla acompañada de canciones viejas. Gritos de otros tiempos, cantos de otras eras. En tonos de grises visten ellos y ellas. Entonan sus voces, cantan, juran, rezan. Los que huyen al norte ven llegar la niebla. Hay quien al mar salta y nadando se aleja. Para así alertar en patria extranjera. Sin pensar que allá otra niebla hubiera. Piensan, ignorantes, que esta fue primera. No se percataron que otra apareciera. En lejanos lares y en cercanas tierras. Hay quien se demora ante el agua fiera. Será alcanzado por grisácea esfera. El color del norte lo apaga la esencia. Ahora todo es rancio, ahora ya es tristeza. 

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