Que la necedad, con sus poderosísimos tentáculos, se ha apoderado de todos y cada uno de los rincones de la sociedad es más que evidente cuando echas un vistazo a tu alrededor. Con el recurso de las redes sociales como altavoz de cualquier palurdo que quisiera decir sus chorradas, la estulticia se ha propagado libre y salvaje inoculando su veneno por donde pasaba. Nunca antes la necedad se había sentido más escuchada y mediática creyéndose, por lo tanto, más importante. Pudimos ver a inocentes púberes actuando de un modo similar al del mentecato de turno. Porque desde las plataformas ideológicas (me niego a llamar a eso canales de radio o televisión) se ejemplificaba con horteras, ridículos, ignorantes, maleducados, paletos y demás ralea. Los inocentes, que lo eran, creían que esa era la meta a alcanzar y luchaban con denuedo por conseguir llegar a ser uno de esos que tanto éxito tenían en esas plataformas. De modo que podíamos ver por la calle cómo iban vistiendo, hablando, amando, gesticulando, riendo, teniendo los mismos gustos y, en consecuencia, comportándose como la basura a la que imitaban. Todo ello porque les bombardearon con su ejemplo. Más que un bombardeo por repetición se trató de uno por aplastamiento cerebral. De aquéllos polvos han venido los ponzoñosos lodos de la estulticia que nos rodea. Cuando lo que rige el mundo es la dictadura de la mediocre necedad que nos inocularon, quizá estemos viviendo algo similar a lo que ocurría en la novela “Atlas Shrugged” de la denostada Ayn Rand.

“En un país en que lo insípido y grotesco se hace moda; en un país en que lo estúpido, inerme e impersonal, se hace ley”

En un país en que lo insípido y grotesco se hace moda; en un país en que lo estúpido, inerme e impersonal, se hace ley; en un país en que lo más zafio y grosero se hace religión; en un país en que la idiotez y la simpleza se hacen ideología, el nivel intelectual es indiscutible que está bajo cero. Cuando la sociedad tiene ese mínimo potencial intelectual, todos sus poderes quedan bajo tierra. Cuando impidieron potenciar el cerebro desecharon la cura a la estulticia. El país, por el beneficio de unos y otros, se quedó desamparado. Si la sociedad no exige al poder político un nivel alto para que su discurso cale, sino que muy al contrario, con el argumento de buenos contra malos le sirve; o con cualquier performance estúpida convierte al diputado payaso en rey de las redes, ésta se queda más allá del alféizar del asunto a tratar. No se puede profundizar en nada. No se puede ir más allá. No se puede reflexionar ni pensar. El que lo intente caerá en el yermo desierto del ostracismo. Así que lo obvio se tuerce y retuerce hasta la extenuación. En un país, como el nuestro, en que los intelectuales son propagandistas o no son, no hay ninguna corriente de pensamiento crítica con el poder establecido. De modo que cualquier mensaje se estanca, enquista y envilece creando toda una estúpida creencia a su alrededor. Formándose, con todas aquéllas creencias estancadas, una ciénaga intelectual cada vez más repleta de podredumbre, despojos y basura. Es esta la charca de necedad en la que nuestros políticos se bañan como cerdos, nada orwellianos, en la inmundicia de sus básicas y simples ideas.

“Es esta la charca de necedad en la que nuestros políticos se bañan como cerdos en la inmundicia de sus básicas y simples ideas”

En un país como el nuestro, y cada vez lo pudimos ver más en los demás países de nuestro entorno, el discurso político se disfrazó de una guerra de hashtag con un eslogan simplista. Un eslogan a favor de un problema que o bien ha sido inventado, o bien se ha traído a la superficie haciéndose eco de la reivindicación de algún colectivo afín al partido. Comienzan así el debate apelando a la conciencia de la masa utilizando una obviedad sobre ese problema impostado. Estas etiquetas a favor se multiplican en las redes. El que intente replicar esa obviedad será tratado de inhumano por ir contra la obviedad señalada y, por lo tanto, no tener conciencia. Los hashtags se harán con el insulto al rival político. Inundarán con ellos el timeline de la masa vociferante. Si la osada réplica hubiese sido del tipo: “muy bien, ¿pero cómo lo llevamos a cabo?” Serán igualmente señalados. Aunque, en este caso, por querer poner normas a la obviedad primigenia. Los hashtags irán, pues, en el sentido de señalar al replicante por querer poner puertas al campo.

En este nuevo modelo de política, lógicamente, la argumentación no existe. No se puede intentar profundizar en el asunto tratado. Si intentas hacerlo, eres malo y, si te callas, estás a favor. Cuando todo es a cara o cruz las opciones se reducen. Si un país es un enorme nido de menguados incapaces y dirigido por ineptos ¿de qué sirve argumentar? La línea argumental será la marcada por los hashtags en el monitor de las redes sociales de sus seguidores. De ahí pasa al de los seguidores de los seguidores, y así hasta el lugar más recóndito del planeta tierra. El abono suele calar en los lugares más inhóspitos e insospechados. Cuánto más simple sea el eslogan más lejos llegará en el caladero de estultos que son las redes sociales. Multiplicando, o elevando a la enésima potencia, sus dirigidas reacciones. Pervirtiendo de este modo el debate. Provocando que la masa vociferante tenga una decisión tomada a favor de la obviedad absurda sin haber escuchado debatir los argumentos opuestos ni favorables. De este modo, los tiempos se acortan, los debates se restringen celebrándose en las propias redes sociales, y las decisiones son tomadas muy aprisa. Tanto es así que, cuando desde el Congreso se disponen a debatir sobre el tema en cuestión, ya es un asunto desfasado. Es este un país en el que las adormecidas, anestesiadas, oscurecidas y menguantes conciencias son dirigidas por fogonazos de luz. Una masa imbécil, adoctrinada, simple y vergonzante que se dirigirá de un lugar a otro de su timeline a la luz de los hashtags. Cantemos nanas para mantener las conciencias relajadas. Mezamos las cunas en que estas conciencias duermen. Dejémoslas anestesiadas y, mientras, hagámonos eco de la frase del poeta William Ross Wallace quien en 1865 escribió el poema homenajeando a todas las madres, titulado: “la mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo” y cuya frase nos parece que es muy ilustrativo.

“la mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo”

Al no tener que argumentar, el nivel mostrado por nuestros representantes políticos es de preescolar. Esto es precisamente lo que nos resulta más insultante: que a pesar de su estulticia, o precisamente por ella, nos representan. Porque siempre, o casi siempre, han sido elegidos por nosotros. En semejante escenario estulto, la reflexión es inútil. Reflexionar implica tomarse un tiempo en meditar los datos manejados para obtener una opinión. Pero, si te tomas ese tiempo, pierdes el hilo y no sabes hacia dónde se dirige la masa. Se nos hace creer que meditar, reflexionar y pensar es algo antiguo, anacrónico e inútil. Previamente nos han repetido por activa y por pasiva que lo antiguo, además, carece de importancia. De modo que, sibilinamente, se va quitando la capacidad reflexiva y, por tanto, la capacidad crítica de la sociedad. Haciéndola cada vez más imbécil. Creando así hooligans de la política que actúan a la voz de su amo y son incapaces de pensar por sí mismos. Actúa y no pienses. Al no pensar se convertirán en autómatas bobos. En un país de bobos depositar el voto es dar una patente de corso a los políticos para que hagan y deshagan a su antojo. Si le he votado es para que haga lo que quiera, dirá el estulto. En un país idiotizado repetirán en sus hashtags que la democracia es eso y nada más que eso. Si te revuelves contra ello eres un fascista porque vas contra la democracia. En un país en que se pervierte la libertad de enseñanza por oscuros intereses provincianos se irá haciendo que sean incapaces de pensar por sí mismos. Una vez que se anula el librepensamiento se crearán idiotas fáciles de domesticar. En un país de uniforme pensamiento dirigido a base de fugaces hashtags no cabe el disenso. Porque en un país en el que se ha vulgarizado el debate político hasta el punto en que un párvulo pueda entender las chorradas lanzadas, se consigue atraer, tanto a los votantes presentes, como a los futuros.  

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