Stanley Kubrick nunca hizo la misma película, pues poseía tantos estilos como tan diferentes son los diciembres de cada año. Me gusta Kubrick, creo que es un creador cinematográficamente literario y, ante todo, lírico. Es un poeta del film. Ahí está “Barry Lyndon”, donde lo poético, dentro de lo épico, sustituye a la imagen para convertirlo en palabra bella, inédita, secular y sublime. Kubrick, que era gordo como Hitchcock –los mejores cineastas son los gordos, porque en su grasa llevan toda la imaginación ahí, adiposa y visceral, fotográfica y como de catedral de culto-, nos da el resplandor de la belleza, donde un Jack Nicholson pone su rostro para que le veamos el terror, el grito, la palabra horrible de un cine que se sale de cine, porque “The Shining” no da miedo, sino que aprieta el dolor hasta convertirlo en esa belleza convulsa pero no la traída por el imbécil de Breton. El surrealismo de Kubrick nos precisa fotograma tras fotograma ese dativo latino que nadie ve, pero que está ahí, al final de una secuencia o entre los diálogos de Malcolm McDowell y Adrianne Corri, entre la música de Wendi Carlos y el montaje de Bill Butler. El surrealismo de Stanley Kubrick es ya una naranja mecánica pasada por la musculatura de Spartacus, una imagen metaforizada que a los que seguimos creyendo en la poesía nos sitúa entre la palabra y la imagen, entre el texto y la pantalla, entre el signo y un paisaje al fondo, por donde Barry Lyndon va montado a caballo buscando el amor, la vida, la muerte o un espacio interior.

«Pienso que este mundo ya esculpido para siempre en barro en este enloquecido siglo XXI, no es otra cosa sino el aviso que estética e intelectualmente nos dio Kubrick»

Pienso, en esta tarde triste en que esto escribo, que el mundo, este mundo ya esculpido para siempre en barro en este enloquecido siglo XXI, no es otra cosa sino el aviso que estética e intelectualmente nos dio Kubrick, esto es, una odisea más allá de la homérica, en todo caso, la de la pregunta sin respuesta, con o sin inteligencia artificial, bregando siempre ante la habitación verde en donde la muerte espera sin saber con certeza si el embrión repetirá la hazaña de la vida o será la vida la que dance hasta lo infinito con la música de Strauss, la falsedad de todo confucionismo o la mentira del eterno retorno nietzscheana. Pues no hay mejor olvido que lo nunca vivido ni mejor muerte que la nunca anunciada. Y es así como el monolito seguirá siempre en la prehistoria del hombre, ahí, ungido por los primates que hoy, año 2018, seguimos siendo, nosotros, los de siempre, cabronazos con cerebros a punto de la lobotomía, creadores de imperios, asesinos de negras hembras, hijos de la gran puta que seguimos amontonando la miseria por no desarmar nuestras ambiciones y nuestras lastradas soberbias. Queda claro. Hemos perdido la guerra, la de la vida y la de la espera. Compremos cada uno de nosotros una triste huerta en donde sembrar nuestras verduras y poder por las noches por lo menos fumarnos tranquilos un pitillo bajo la luz de las estrellas, las estrellas que Kubrick nos encendió para que las quisiéramos, pero, ya se sabe, no hay amor humano, sólo hipocresía, pueblo narcotizado y amenazante violencia.

    «Ver una de sus películas es adivinar al momento quién la está dirigiendo, quién está al galope de todo, quién se sitúa detrás de la cámara como un constructor de inseparables cuerpos encendidos y una textualidad que podría quedar impresa en un libro

Stanley Kubrick, insisto, se manifiesta como el gran poeta del cinemascope, como una vanguardia que todavía, para mí, nadie ha superado, pues, como digo, Kubrick no es un estilo, sino todos los estilos, pues ¿en qué se parecen “Lolita” de “Eyes Wide Shut”? Yo lo diré: en nada. Sólo en Kubrick. Ver una de sus películas es adivinar al momento quién la está dirigiendo, quién está al galope de todo, quién se sitúa detrás de la cámara como un constructor de inseparables cuerpos encendidos y una textualidad que podría quedar impresa en un libro. Las películas de Kubrick no son como enlaces mágicos de una literatura que se reserva lo fácil, lo puramente narrativo, lo comercial, el best-seller, toda esa mierda. Kubrick sublima el arte porque cree en él y, si no crees en lo que haces, más vale que te dediques a la política o a limpiar zapatos, con betún incoloro, bajo el mejor puente de Europa. Hay directores de cine que sólo son eso: políticos y betuneros, pero no atisbas ningún logro creativo en sus films sencillamente porque no son escritores de la pantalla, sólo aficionados a la persistencia retiniana, al movimiento beta o al fenómeno phi, pero nada más. A mí cada vez me gusta menos el cine –llevo por lo menos dos años sin ir a un estreno-, porque el cine actual se ha convertido en la violencia tonta de unos tontos, en el automovilismo imbécil de unos imbéciles, en los efectos erráticos del delineado de la tecnología. Hoy el cine es mero ordenador. Se inventa la historia a partir de Microsoft y una vertiginosa agonía de movimientos y cuerpos que vuelan como vuela la historia, la narrativa, el acontecimiento, la cosa. No hay poesía en la actualidad en ese milenio hollywoodense o europeo. Los mejores son los asiáticos, que ya se han dado cuenta de que para narrar una vida, unos amores, unos contraamores, es necesario meterle mucho dibujo a lo Max Ernst y mucha belleza diurna o nocturna, porque el tiempo en el cine no debe ser temporal, sino alucinado desde la videncia que ya predijo Rimbaud, es decir, desde el desarreglo de los sentidos. Ese desarreglo, ordenado o fustigadamente, lo vemos en Stanley Kubrick, quien ya está en la psicodelia y en el LSD, sino cómo ver de otra manera otra de sus obras maestras, que son todas, porque, insisto, cada una posee un estilo diferente, abisal y honorable, me refiero a “2001: A Space Odyssey”, donde la novela de Arthur C. Clarke se convierte en otra novela, pero esta vez en imágenes, desde la metaforización de los elementos psicodélicos hasta la profundización de su contenido. Yo todavía no he visto mejor película que nos solucione el problema de la existencia humana, el famoso ¿qué somos?, ¿dónde estamos? y ¿hacia dónde vamos? Este tema, tan antiguo como Homero o como el Mahabharata, lo resuelve Kubrick con unos verdores vivos y palpitantes en donde va construyendo el mundo, el propio mundo de Kubrick en relación con la idea del monolito, los monos preguntándose ¿dónde está dios?, la voz de HAL 900, el surrealismo de la música de Strauss, el hombre incardinado a la inteligencia artificial, la Tierra ascendiendo sobre la Luna, el nietzscheano sentido del origen del mundo desde lo profundo del conocimiento de la luz, las cuevas, las conductas, la elipsis más larga de la historia del mundo –una narratividad que va de un lado a otro en 4 millones de años-, las videoconferencias, el Dr. Floyd, el Cráter Tycho, la vida extraterrestre, la nave Discovery 1, el ajedrez, Júpiter, la presurización y el embrión final donde “Así hablaba Zaratustra” tiene algo del mito del eterno retorno que queda exactamente filosofado y lírico. 2001 es la gran película sobre cómo los monos han ido a parar a Fiedrich Nietzsche, otra vez.

«la filmografía de Kubrick es un deporte visionario»

Pero vuelvo a reiterar que la filmografía de Kubrick es un deporte visionario, pues aquí lo tenemos ahora, en esta segunda década del XXI, para que nosotros volvamos a contemplarlo, a aprender de él, a avergonzándonos de no haberle hecho caso. Todo nos lo dejó grabado en celuloide Kubrick: la violencia al compás de la música de Beethoven, la esclavitud antigua hecha harina moderna y legalizada, el amor romántico y la lentitud de las emociones acuchillados por la velocidad de los tiempos y el insoportable ruido de las masas gritando en las calles, la libertad amputada y sin pierna ortopédica con que disimularla, el terror de la hominización arrastrado hacia la desembocadura de la locura, de la alienación, de esta insoportable inseguridad a la hora de querer seguir estando vivo y no poder estarlo, la amenaza permanente de la canalla política justificando las guerras, las masacres, el olor a podrido de la carne tumefacta en las fronteras. Nos han vencido. Hemos de asumirlo. Nos hemos dejado castrar las pollas para dárselas a comer a la codicia, a las reinas borrachas, a toda esta multitud minoritaria que sigue comprando periódicos, niños de siete años con que manipular la toxicidad de la basura tecnológica, mundiales de fútbol con que entretenernos mientras seguimos consumiendo lo que nos bombardean minuto a minuto desde la publicidad, las noticias falseadas, este mundo arcádico que nos venden pero que en el fondo es un horno crematorio peor o más potente que los usados en los todavía recientes holocaustos. Nos han vencido. Hemos de asumirlo. Porque somos gilipollas y además porque nos lo merecemos. Ahora sigamos con las bocas cerradas y sigamos soportando el estar absolutamente jodidos. Nos avisó Kubrick y no le hicimos caso. Buscad, buscad. Nada encontraréis. ¿Acaso no nos hemos dado cuenta que las viejas zorras continúan tapando nuestros cadáveres con billetes de 100 dólares?

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