Cortázar es un cronopio resumido en la Avenida Boedo tomando un mate y escuchando el yazz de Bix Beiderbecke mientras los bouquinistes le piden que no muera Rocademour. Cortázar, Julio de nombre, es el Quai de la Mégisserie mientras un fama le comenta que deje de leer a Raymond Radiguet. Entre París y Buenos Aires, Cortázar sale del café de la rue du Cherche-Midi para inventar quien sabe si todos los fuegos el fuego. Tiene la boca Cortázar como Harold Lloyd cuando pasaba por el boulevard Jourdan y observaba los cuadros de Paul Klee que tanto le gustaban a Oliveira. Tiene las piernas Cortázar, de nombre Julio, para andar el Quai de Bercy y sentirse solo en una ciudad moderna donde hay excesivos escritores. París siempre ha sido un lugar donde ha habido excedente de literatura, tanto como para atrapar el superávit y conseguir que el Producto Interior Bruto de una nación, belga, italiana o española, se salga del barco London y se siga queriendo tanto a Glenda. “No tiene familia. Es escritor”.

“No tiene familia. Es escritor”

Hoy es muy difícil que surja de nuevo un Cortázar, porque, sencillamente, no hay cojones para serlo. La literatura de este tiempo es frígida, monorquidia -presencia de un solo testículo en el escroto-, intrusa, capitalista e industrial. Se hace literatura como Goebbels hacia propaganda de la invasión a Polonia. Todo es invasión, creación de nuevos partidos políticos literarios -todos reaccionarios, claro-, campeonato de agrafismo, talleres de escritura privados, Día del Orgullo Gay con copyright norteamericano, el Ártico del lenguaje y una civilización ocupada por el oligopolio de la gran prostitución internáutica. Hay que volver a escribir con cuadernos amarillos y con bolígrafos Bic, pues hoy es la máquina la que escribe por el hombre siendo el hombre el gran enemigo de sí mismo, de su pensamiento, de su adjetivación, de ese ansioso placer que nace como producto de la escritura por sí misma -como nos recordó Cortázar-. Hoy la literatura se está convirtiendo en la reconstrucción de las mafias, de la trata de blancas -letras blancas en el papel-, de un vudú con que Papa Doc vuelve a matar de hambre a la imaginación, la estética, la lealtad o esa inmensa fuerza que antes los poetas poseían cuando seguía cayendo la lluvia en la ciudad. La literatura ya sólo es la facilidad con que a un palurdo pueden convertirle en genio gracias a la mercadotecnia. Se ha perdido la decencia no sólo de ser escritor, sino de saberse escritor. La dolarización de la escritura da todavía más ganas de vomitar que la dolarización de las centrales eléctricas. La literatura no debería ser economía, pues la economía mata al hombre. Sólo la vocación es libre y como hoy no existe lo vocacional, sino el obrerismo, se ha colonizado la cultura, el arte, la belleza y hasta el suicidio. Maldigo a todos aquellos que son capaces de desprenderse de la libertad por un ascendente acto de violación moral. Hoy publica hasta el hijo bastardo de Batman, incluso, si mucho me apuráis, hasta Cristiano Ronaldo, quien, en breve, según me he enterado, va a sacar una novela que lleva por título: “CR7 jugando a la rayuela”. Un buen título que firmaría Cortázar.

    ” Rayuela’ es una de las mejores novelas que yo haya leído jamás, por varias razones”

“Rayuela” es una de las mejores novelas que yo haya leído jamás, por varias razones. Aquí las apunto: 1.-porque en ese libro hay y se habla de literatura, una literatura que va desde Alfred Jarry hasta Melmoths, desde Vicente Aleixandre hasta Aldoux Huxley, porque es en ese preciso y grueso texto donde lo literario, lo poético o lo novelesco semejan una rabdomancia entre el juego del ajedrez y la bohemia de Montparnasse. 2-porque Cortázar nos ofrece París con todos sus jardines, sus rues, su Museo de Cluny, su ananás de tenebroso humo de cigarrillo y “le tems se lève, il faut tenter de vivre”. París como un castillo en donde los monstruos aparecen para convertirse en los lamas que realizan ciertas revelaciones para todos sus muertos. Pero no hay muerte en Rayuela, en todo caso, la del hijo de la Maga, sólo vida vivísima, el verso de Paul Valèry, el frío que entra por el pourquoi? y por el Carrefour de l’Odeon, donde el argentino con pseudónimo trasanda la dudosa luz de París con la papalina sobre su cabeza y su sabés entre línea y línea. París queda inmortalizado en esta gran obra de Cortázar, donde se puede visitar en bus turístico paso a paso, desde la place Edmond Rostand hasta el Pont Neuf, desde las didascalias de Berthe Trépat hasta el boulevard Saint-Michel. Por eso me gusta Cortázar, porque cada vez que voy a París me acuerdo de esa frase: “No tiene familia. Es escritor”. 3-porque la cultura, en su amplia radiestesia, resuena en el libro por cada una de sus hojas, de sus inviernos, de su doppelgänger. Jazz, pintura, filosofía, magicismo, modernidad, contramodernidad, todo da vueltas alrededor de Oliveira como una persona que es tercera y como un yo que cuenta o no para verse vivo en el libro, porque Rayuela es pura vida, excesivo, delirante, aerodinámica. “Soy peor que un trapo de cocina”. Y todo marca el contexto histórico-cultural que le conduce a Julio hasta Fulcanelli, hasta Jacques Thibaud, hasta Erik Satie, pasando por Francis Poulenc, la vinchuca o las rues Lobineau y Tournon, donde quizá esperen Nietzsche o Pierre Boulez.4-porque el estilo de Cortázar no se le parece a nadie, con la ayuda del Bestiario, del Final del Juego, de Octaedro, de Último round, de 62 modelo para armar, de Nicaragua, tan violentamente dulce y tantas otras obras en las que Cortázar despedaza el idioma español y lo pasa de cervantino a cortazariano, de barroco a neobarroco, porque todas las palabras están muy juntas en Oliveira y no da tiempo para leerlo todo, porque los verbos nunca son transitivos, sino transitables, porque el lenguaje adquiere una solidez que pocos hispanoamericanos, salvo García Márquez o quizá Ernesto Sábato, modularon, interpretaron, porque no en todos los sitios llueve a baldes y no todo el boom fue el boom. Borges, Carpentier, Rulfo, Onetti para mí no son boom, solo contadores de historias que están entre el tiempo y el que les queda para conformar la verdadera literatura, la que sale de la sangre, de la leucemia que acabó con Julio Cortázar. 5-porque estoy enamorado de la Maga, que a mí se me presenta como el rostro de Anna Allen, Leonor Watling, Pilar López de Ayala o Cecilia Roth. La Maga es mi amor constante -de hecho, en la vida real tuve hace tiempo una medio novia que nombraba así: Maga-, el que hace respirar y el que se parece al bebé Rocademour que quisiera tener con Tyra Banks. Por todo esto leo y releo Rayuela, porque existe un surrealismo que conoce bien todos los hoteles con una sola habitación, porque Julio Florencio Cortázar Descotte nació en Bruselas, en Ixelles, pero siempre se sintió americano, nicaragüense, tapuc amaruc, cubano, latino con un latín español que cabrea cuando uno piensa que nunca jamás podrá ser Julio Cortázar, porque los genios sólo se encuentran en un Magical Mistery Tour y hay que ir al cementerio de Montparnasse para quedarse callado y escuchar las palabras que todavía pronuncia Oliveira o Morelli o Etienne o Babs. Rayuela ya me atacó en mi adolescencia y desde entonces no he sabido vivir sin Cortázar, porque el jazz suena muy bien y porque Wittgenstein nos muestra la salida al idioma que hay que abrazar, como al niño Rocademour, que hay que listar, como si fuera el viaje desde París hasta Buenos Aires, en ambos lados, porque todos los lados son el lado, incluso el apócrifo Morelli. “Larga charla con Traveler sobre la locura”.

   “Me gusta Cortázar porque me gusta la literatura que arriesga, que descompone la sota de bastos, el turrón de Navidad, la filosofía sartrean”  

Me gusta Cortázar porque me gusta la literatura que arriesga, que descompone la sota de bastos, el turrón de Navidad, la filosofía sartreana. Me gusta Cortázar porque evitó -y esto es biografía real- el suicidio gracias a ponerse a escribir en su apartamento de Montparnasse en una máquina con letras los capítulos, uno a uno, del 24 al 89, del 76 al 5, todos seguidos, en ese corre corre que es la literatura cuando te apasiona y no ves espacios vacíos ni frases equivocadas ni intelectualismos de bisutería ni el pseudopensamiento de Borges. La literatura contra el suicidio: qué gran hallazgo, qué inmensa forma que tantísimos creadores han encontrado para continuar existiendo. Me gusta Cortázar porque escracha las calles, las vidas, el arte, el conocimiento, escracha a Talita y escucha el blues de Champion Jack Dupree: “Say goodbye, goodbye to whiskey, Lordy, lo long to gin”.

El argentino Denis me gusta porque explica todos los accidentes con que puede encontrarse el lenguaje y origina un español-pibe que se amontona entra tanta cultura y tantos amores sonantes bajo la lluvia de París. Porque Morelli “vive en el treinta y dos de la rue Madame…Es un escritor, lo conozco. Escribe libros”. Eso es lo que hace Cortázar, escribir libros y beber whisky en las cafeterías de Montparnasse, libros que manejan la realidad para falsearla y hacerla aún más bella, libros que se exhiben hasta los extremos, donde alguien anda por ahí o Manuel escribe un libro, porque algo pasará siempre en el último minuto, un terremoto tal vez, la soga que se rompe por cuatro veces, pero todo queda perdonado cuando suena el teléfono del gobernador y Cortázar se vuelve marxista, puesto que ya empiezan a tocarle la bragueta y él es un pánico, un río metafísico, un karma, un mate, che, pibe, sabés, y yo me rajo.

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