En algún lugar del legendario Oeste americano, en cualquier partida de póker.

– Has hecho trampa, Joe.

– No digas sandeces, Sam.

– Aparta muy despacio tus manos de la mesa y ponlas donde pueda verlas.

El resto de jugadores se miran entre sí y se retiran con un rictus de miedo en la cara. El barman deja de secar los vasos y se agacha, silencioso, tras la barra. El alegre piano deja de sonar…

– Si miras debajo de la mesa verás mi Remington del 22

– Esa es un arma de mujer…

– Por eso, quizá, está apuntando directamente a tu entrepierna.

– Tramposo de mierda…

– No seas maleducado Sam. –y, dirigiéndose al resto de parroquianos, con una sonrisa en los labios, dice: Caballeros, creo que ha llegado el momento de marcharme. Ha sido un auténtico placer.

Joe da una contundente patada a la silla donde había estado sentado y la lanza contra el resto de asustados jugadores, mientras sale corriendo del casino. De un salto, monta en su castaño caballo y se marcha al galope, con los bolsillos llenos, como alma que lleva el diablo. Mientras, Sam ve cómo Joe se aleja con su dinero.

– ¡No descansaré hasta ver tu cuerpo balancearse en una horca, cerdo!

Grita a voz en cuello al polvoriento horizonte. Probablemente Joe acabe, efectivamente, colgando de alguna soga o con un disparo en la espalda en cualquier callejón oscuro. Esta escena, si bien inventada, podría haberse dado en el lejano Oeste. De hecho, no escasean escenas parecidas en novelas, películas ni en leyendas de la época.

Una de las más famosas nos habla de la muerte del famoso Wild Bill Hickok quien fue un astuto pistolero y, posteriormente, agente de la ley. El Salvaje Hickok fue asesinado por la espalda por el taimado Jack McCall tras una partida de póker. Hickok murió con una mano de cartas sin valor en su poder. De ahí que la leyenda diga que Wild Bill, al morir, llevaba “la mano de la muerte” Hickok era un fanfarrón que juraba haber matado a más de cien hombres en distintos duelos y reyertas, pero, según sus propias palabras, nunca mató a nadie por una partida de cartas. Lo que no impidió que, precisamente tras una partida de póker, diera con sus despojos en una caja de pino.

Cuando el ferrocarril llegó al lejano Oeste, algunos vagones de tren se convirtieron en improvisadas timbas. Lo que hacía que entre los pasajeros de dichos trenes hubiera jugadores profesionales, timadores, tahúres y tristes personajes desesperados que esperaban lograr, en un golpe de fortuna, lo que sus perras vidas se empeñaban en negarles una y otra vez. De modo que pasó a ser en los trenes, como antes se habían utilizado en otros puntos del profundo sur americano los barcos de río, con sus enormes e inmaculadas ruedas y su pausado navegar, en los que también se organizaron míticas timbas. El origen del juego del póker apunta a Francia. Por lo que no sería extraño que en New Orleáns se dejaran ver los primeros tahúres. Concretamente en los antedichos barcos que surcaban las aguas del río Mississippi. Lo que sirvió para engrosas en parte la leyenda del llamado “Sueño Americano”.

A lo largo de la historia, ha habido suicidios de toda índole tras haber perdido una partida. Bien en un golpe de mala suerte o tras desesperarse porque no llegaba jamás la carta que sacaría de la pobreza sus malditas existencias. Se sabe de jugadores que, en un arrebato de locura, se han llegado a jugar la amante, la mujer, o la casa. Todo por la convicción de tener una mano que lograría sacarle a él y a su familia de la bancarrota. La desesperación ha sido siempre la gran aliada de los timadores. Pues eran los desesperados las víctimas preferidas de esos seres sin escrúpulos que se llamaban tahúres. Personajes de los que se tiene constancia ya en el siglo XVIII. Tanto en Francia como en Inglaterra era frecuente ver a jóvenes caballeros de alta alcurnia en timbas ilegales jugarse sus bienes frente a supuestos caballeros de empolvada peluca. La mayoría de los cuales no eran sino jugadores profesionales que se aprovechaban de tiernos ricachones que querían añadir a su rancio abolengo una suculenta suma de dinero. Acabando sin título ni dinero.

Más tarde, en los turbulentos años veinte, se forjó un emporio para el juego en otras regiones de Estados Unidos, en ciudades como Atlantic City, Chicago o Nueva York. Eran los tiempos de la “Enmienda de la Constitución” más conocida como Ley seca, con la que el gobierno pretendió conseguir exactamente lo contrario de lo que obtuvo. Es decir, que los ciudadanos americanos dejasen de beber tanto. Pero no lo consiguieron. Allá donde hay prohibición es terreno vedado para que personajes sin escrúpulos aprovechen el filón. El mercado negro hace su agosto en periodos de grandes prohibiciones. Las mafias irlandesas e italianas se hicieron las dueñas del país para producir e importar licores ilegales. La elaboración clandestina de alcohol contribuyó a la pésima calidad de los licores pero facilitó una red de contrabando con la que la mafia se enriquecía. No sólo por la venta ilegal de alcohol sino también por los “negocios” que florecían a su alrededor. Hablamos de la prostitución y del juego, con los que aderezaban sus locales para que los clientes estuvieran lo más a gusto posible. Eran locales en los que cubrirían todas las necesidades de la clientela. De hecho, los burdeles de aquélla época, eran sórdidos locales donde se bebía todo tipo de bebida que pudiese hacer que te embriagaras y se jugaba a todo tipo de juegos. Desde la ruleta hasta el póker. Convirtiéndose, estos autoservicios del placer, en los primeros vestigios de los casinos. Unos casinos que proliferarían y harían nacer y expandirse la fama de ciudades como Las Vegas, de la mano de Bugsy y otros mafiosos.

En aquélla época, los asesinatos y las matanzas estaban a la orden del día, en medio de un ambiente cargado de lujo, frivolidad y desenfreno. Para mantener ese “status” que deslumbraba al ciudadano de a pie, se tenía que tener dinero, muchísimo dinero. Todo era susceptible de ser comprado. No había más límite que el fondo de tu bolsillo. Así, en este mundo de contrabando, juego, apuestas ilegales, crimen organizado y otros negocios turbios, aparecieron personajes como Al Capone en Chicago o Lucky Luciano en Nueva York. Quienes se convirtieron en los auténticos señores del crimen. Hubo también otros mafiosos, igualmente importantes, que fueron apareciendo desde Europa. Pero también pequeños criminales autóctonos que fueron aumentando su poder emergiendo de los barrios más humildes de las grandes ciudades. Provocando una verdadera guerra de bandas. Estos enfrentamientos y luchas de poder dieron lugar a la denominada guerra del hampa. Era aquella una época en que era raro el que no sabía lo que era un full, escalera o dobles parejas. Además, donde hay pocos escrúpulos y mucho dinero normalmente se dan los villanos como hongos. No en vano, dice el dicho: “juego de manos, juego de villanos”.

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