Nos es difícil no fruncir el ceño cuando queremos explicar el mundo en general. Pero no se nos tuerce el gesto porque el mundo continúe siendo diverso. Pues la diversidad enriquece. Vivimos, esto es indiscutible, en una época muy inestable. A las preguntas que por naturaleza nos surgen les siguen respuestas inciertas sobre qué futuro nos espera. Porque los esquemas tradicionales de pensamiento se han alejado de la coherencia. Aunque, y esto nos entristece de un modo mayor, de lo que más se han alejado es de la racionalidad. Supuestamente somos seres racionales y, si nos alejamos de nuestra principal característica, ¿qué nos diferencia de los simios?

Ante las evidentes muestras de crisis global que atravesamos nos dejamos llevar. Nos quedamos expectantes sin saber qué hacer. No somos capaces de tomar todo nuestro potencial y ponerlo a trabajar en la búsqueda de soluciones. De modo que nos vamos hundiendo cada vez más. Porque uno de nuestros mayores problemas es la falta de referentes. No hay una referencia intelectual clara que nos indique el camino a seguir. Y, si hubiera alguien que pudiera ser definido como tal, se le silenciaría con alaridos pestilentes que acallasen su discurso. No somos más que espectadores ante un suicida al borde de un puente. Nos quedamos mirando. Memorizaremos cada segundo de los últimos minutos del infeliz para contárselo al de al lado, pero seremos incapaces de ayudar.

Porque ¿qué solución hay para detener a un suicida empeñado en hacerse daño? ¿Mostrarle, como en “¡Qué bello es vivir!”, la importancia de su existencia? ¿Enseñarle, quizá, el camino? ¿Resquebrajar la pútrida coraza que arrincona su cerebro para que pueda entrever lo estúpido de su acto? ¿Romper la coraza que arrincona al nuestro y nos impide ayudarle? ¿Ser actores protagonistas de nuestras vidas y no secundarios o espectadores o directores de películas ajenas? ¿Volver a convertirnos en seres humanos? ¿Devolverle la confianza en sí mismo? ¿Devolvérnosla? ¿En el ser humano? De acuerdo, todo eso está muy bien, pero ¿cómo lo hacemos?

Entendemos que el modo de afrontar la escena del suicida para evitar que se mate es que nos comportemos como personas. Crearnos metas. Reflexionar sobre nuestras vidas y tener un fin. Un modelo. La solución, pues, es perseguir un ideal, tener una referencia y, en consecuencia, una guía. La búsqueda de la guía debe partir del grado de desarrollo intelectual que hemos alcanzado gracias a la evolución. Pues hemos pasado de ser homínidos pensantes a homínidos que crean y de ahí a hombres que se hacen preguntas. La gran diferencia del ser humano con respecto al resto de especies animales es su capacidad de raciocinio y creativa pero también, y quizá esta sea más importante, su capacidad de hacerse preguntas y buscar las respuestas.

Entendemos por tanto, que todas nuestras acciones y elecciones han de someterse previamente a un profundo análisis y establecer una búsqueda exhaustiva de posibles soluciones. Siempre basados en plantearse preguntas a cada una de las dudas surgidas. Desde ahí se nos ocurrirán las decisiones y las acciones a llevar a cabo. Pero, para que la reflexión dé fruto y la creatividad sea útil, ha de utilizarse desde la mayor libertad de pensamiento posible porque habrá que indagar desde todo punto de vista recorriendo los más inhóspitos paisajes de nuestra conciencia. De otro modo, esa generación de preguntas será siempre la misma y, por tanto, manipulada e ineficaz.

Lo que proponemos, pues, para intentar solventar esta crisis de pensamiento, valores, ideales, filosófica, política, social y económica, es la reflexión activa, que se asienta en la interrogación continua y en la búsqueda de premisas a partir de las cuales hemos llegado donde estamos. Tomar como punto de partida aquellas premisas y plantearnos preguntas hasta dar con un itinerario alternativo diferente al que en su día tomamos. Un camino basado en decisiones que nos hagan sentir más vivos y que den sentido a nuestras vidas. Pues de este modo, resolveremos el problema de la infelicidad y la insaciabilidad de nuestro espíritu. Cuestiones que nos han llevado a la ruina moral e intelectual en que actualmente nos hallamos. Debemos alejarnos de los  gurús que nos señalan el camino más  cómodo para su propio beneficio. Analicemos cada uno de nuestras decisiones y tomemos el camino de nuestra propia felicidad, más coherente con nuestra ética y que mejor case con nuestras creencias. De este modo encontraremos la plenitud en nuestros actos cotidianos. Pero todo ello, lógicamente, sin renunciar a nuestros sueños. Si no teniendo como meta su alcance. Para lo cual debemos empezar a buscar respuestas satisfactorias a cada pregunta que nos hacemos. Porque hemos dejado de ser meros homo sapiens y hemos empezado a hacernos preguntas. Hemos evolucionado, por lo tanto, hacia el “homo quaerens”, el hombre que se interroga.

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