He follado mucho menos de lo que habría podido. No es una cuestión de arrogancia y prepotencia, sino de vagancia y autoestima en su punto justo. No es que haya tenido muchas oportunidades, es que son pocas las que han merecido la pena. Solo hay que follar cuando no hay más remedio. Cuando no hacerlo es no hacer nada. No ser nada. Cuando hacerlo se convierte en lo único posible. Follar como motivo cuando lo que tiene que haber es un motivo para follar. Recuerdo a una ex compañera de trabajo. Una rubia de ojos azules. No especialmente guapa. No especialmente curvilínea. Delgadita. No muy simpática. Una inteligencia que parecía normal. Una chica vulgar, interesante. Era Navidad, hacía bastante frío y en sus ojos el mejor de los sistemas de calefacción. El azul glacial se iba fundiendo en un gris metalizado, una mirada robótica que aparecía con el fin de aparearse. Compartíamos turno de tarde en la oficina y aunque nuestro trabajo estaba conectado, cada uno trabajaba en un departamento distinto. Ella estaba más preparada que yo y no solo estoy hablando del trabajo. Nunca he querido ser consciente de estar trabajando y nunca lo he sido de que una mujer buscase en mi algo más que conversación o que le ayudase a solucionar algo que ellas no supieran como hacerlo. El succionador de clítoris era todavía un prototipo y hay lenguas a las que nunca hay que subestimar. Una vez que estaba follando me daba cuenta de sus intenciones. He observado que no sé mirar a una mujer. Me disperso con facilidad cuanto más atento estoy a lo que me dicen las que me interesan. Que te tengan que follar para saber que tu interés es correspondido. Conocer antes sus tetas y sus cicatrices que lo que esconde mi interés en ella. Follar es para mí un misterio sin resolver. Una respuesta a una pregunta que quería hacer, pero que guardaba para otro momento, uno que casi nunca llega. Aquella chica rubia de ojos azules, de nombre griego y boca platónica y profanada, me ofreció llevarme en su coche hasta el restaurante donde se iba a realizar la cena de Navidad de la empresa. Fue ella la que me colocó el cinturón de seguridad. Manos que hacían por salvar una vida, mientras nuestras bocas mataban el poco aire que todavía era libre. Me ahogaba en su oxígeno tóxico, irrespirable, embriagador. Jamás colocar un cinturón de seguridad fue algo tan excitante, erótico, perturbador, paralizante. El cinturón ayudaba a lo de no poder moverse y su mano derecha puesta suavemente sobre mi muslo izquierdo, incidían una fuerza sutil e inmovilizadora. Le gustaba Extremoduro y puso su disco “La ley innata”. Por los altavoces Robe nos drogaba con su voz y sentía envidia de ver cómo nos estábamos “poniendo”. La “griega” encontró un hueco donde aparcar y otro entre mis piernas. Una dulce introducción al caos que llevó al primer movimiento, éste hizo lo propio con el segundo y así sucesivamente hasta llegar a la fiesta de fuegos artificiales, a una juerga flamenca. Cuando acabó el disco, hubo que marcharse con la música a otra parte. La realidad no nos había abandonado. Los compañeros y los jefes comían y mentían, no siempre en ese orden y mezclando para que estaba hecha cada cosa. Siempre estaban comiéndose sus mentiras. Cuando terminó la cena, ella volvió a ofrecerme llevarme a casa en su coche. El árbol que lo protegía se había desnudado para celebrarlo.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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