Hay quienes parecen que lo son pero, sin saber por qué, dudamos de su condición; quienes tienen pinta de serlo pero no sabemos muy bien si catalogarlos o no como tal. Los hay que dicen y hablan sobre temas que, en un primer momento pensamos que sí, pero su calificativo nos genera dudas. Otros actúan de manera que estaríamos convencidos que lo son, pero continuamos dudando. Si nos abstraemos de todos los inputs  con que nos bombardean y de todo el adoctrinamiento a que estamos sometidos, veríamos que, sin lugar a dudas, todos ellos lo son. Sin ningún género de dudas. Lo que ocurre es que estamos sumergidos en tal charca de podredumbre intelectual; en tal vertedero de estulticia generalizada y, como decimos, sometidos a tal bombardeo adoctrinador, que nos hacen dudar de lo que vemos con nuestros ojos y escuchamos con nuestros oídos. No obstante, si una vez abstraídos, echáramos un vistazo alrededor veríamos que los hay para todos los gustos y que, en nuestro país, además, se dan como hongos. Es cierto, en España hay gilipollas para exportar.

Desde que hace más de veinte años la leí, me gustó, la apunté y la repetí hasta la saciedad una y otra vez a quien me quiso escuchar. Se trata de una frase con la que me tropecé en una biografía de Groucho Marx. Frase que acabé haciendo mía. De hecho, quien bien me conoce, me la habrá escuchado en más de una ocasión. La frase es: “lo malo no es permanecer callado y parecer tonto pues peor es abrir la boca y disipar las dudas”. Me pareció, y sigue pareciendo, genial, como todo lo dicho por Groucho. Yo añadiría que, no solo por el habla se identifica al gilipollas, en la frase anterior eufemísticamente llamado tonto, porque uno también puede disipar las dudas de su gilipollez con sus actos, escritos y reacciones.

En esta época de redes sociales y tan fácil acceso a una fuente indefinida e infinita de potenciales lectores, espectadores u oyentes, el número de gilipollas de nuestro país no es que haya aumentado, sino que se ha visibilizado. Además de que el gilipollas de turno se cree caca, aunque no llegue a pedo, gracias al número de retuits y me gusta que obtiene con la gilipollez enviada. Por lo tanto, lo que parecíamos ser, al conducirnos como un país silencioso, temeroso, apocado y cobarde, finalmente ha quedado demostrado con la apertura de la ventana al infinito de las redes sociales. Es decir, parecíamos un país de gilipollas y, gracias a muchas de las opiniones vertidas en las redes sociales y su viralización (en muchos casos interesada), hemos demostrado que lo somos con creces.

Decimos que esa viralización es interesada porque se promueve desde los partidos políticos que posicionan a sus Community Manager al frente de campañas de tuits, retuits, me gusta, discusiones y bloqueos sonados a personajes más o menos relevantes. Unos políticos actuales, que son, sin miedo a equivocarnos en la generalización, la peor generación de diputados que ha tenido nuestro país. Protagonistas de vergonzosas actuaciones y performances para que no se hable de lo importante: su incapacidad, su inutilidad y, lo que es más importante: su innecesariedad. A todos ellos, ministros o no, les dedico estos versos de Manuel de Palacio.

“…Si como malo cumplió

Ocupando una cartera

No es por ser culpable, no

Sino aquél que se la diera”

Además, elijo estos versos porque denotan una escalada en la responsabilidad de la existencia de nuestros políticos hacia quien nos los dejó en herencia. Maldita herencia, por cierto. Por lo que no seré yo quien lleve la contraria a Don Manuel del Palacio, magnífico periodista y poeta satírico ilerdense, además de un luchador implacable contra la gilipollez de su tiempo. Un combatiente salvaje y vehemente que libraba sus batallas contra la gilipollez con talento e independencia. Una independencia que, gracias a nuestro cuarto poder, en España no existe.

Sumemos, pues, a la peor generación de políticos la peor de periodistas. Unos periodistas que son, como decíamos el otro día, propagandistas de unos y otros. Hay tan poca independencia porque en España la gilipollez se promueve desde las instituciones para así no verse amenazadas por el talento del pueblo. Adoctrinan desde uno u otro bando para tener ese talento domesticado y a su favor. Así, el talento independiente, libre, irreverente e indómito, se va diluyendo en la ignorancia y en la gilipollez reinante. Por eso estamos ahora como estamos. Somos el país de chiste que somos. Con una gilipollas sociedad que traga y traga. Que es lo que les conviene a los gobiernos. Es más fácil y rentable adoctrinar a unos pocos que viralicen tu discurso, que educar a una sociedad y hacerla librepensadora. Si en lugar de gilipollas y adoctrinados nos hicieran libres para pensar igual veríamos lo evidente y sus poltronas correrían peligro.

La gilipollez se combate con ingenio, como decimos. Pero el genial y talentoso es insobornable e imprevisible pues critica con la misma dureza y vehemencia todo lo que le parece estar mal. A diestra y siniestra. Arriba y abajo. Rojo y azul. Por lo que no tiene más causa que la del talento. Y los mediocres necesitan propagandistas, no críticos. Y es más fácil nadar a favor de la corriente que en contra. Por eso el talento se diluye y se vuelve propaganda. Así que nos quieren gilipollas, domesticados y adoctrinados. Ni mucho menos críticos con talento. Ni independientes, ni irreverentes, ni indómitos y jamás libres.  Lo que ocurre es que, en una sociedad de gilipollas y adoctrinados nunca habría habido gente como Don Manuel de Palacio o Groucho Marx, y ahora los necesitamos más que nunca.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here