Todos nos movemos por modas. Unas modas que se nos imponen de un modo pandémico a través de las redes sociales. Estas aumentan el volumen de su eco, que no la cantidad de voces sumadas, y ese volumen hace que la moda se convierta en ley. Si alguien con un poso de poder se hace eco de esta idea convertida en moda, que a su vez devino en ley, hará que crezca hasta los márgenes de un problema social. Un problema que, para el poderoso que se hizo eco, hay que solucionar a toda costa. Moviendo para ello sus hilos. Si ese poderoso de turno tiene que pagar algún peaje para ser más cochabambero que el de enfrente, lo hará con mayor vehemencia. Demostrando su cochabambería supina y sumando a sus filas al resto de cochabamberos. Además si el poderoso es un político, la moda-creencia-ley-problema social pasará a formar parte de su agenda, haciendo que quienes iniciaron esta moda se conviertan ahora en fervientes seguidores. Que no son más que abnegados esclavos del me gusta y el retweet dispuestos a gritar desde sus pantallas, insultar a los rivales a golpe de click y lanzar sus consignas sin desmayo al caladero de tontos que son las redes sociales. Lo más triste de todo es que recogerán el fruto.

“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”

Nos dijo Marx, me refiero al Marx sabio que no al Marx político, que: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. De modo que si a lo expuesto más arriba le aplicamos el axioma diferencial del sabio, habría que incluir la palabra: “inventados” tras sus mencionados problemas y añadirle el agravante de las redes sociales. Así, la política actual gracias a las llamadas “fake news”, pasaría a tener la siguiente definición: “La política es el arte de buscar problemas o inventarlos. Una vez encontrados o inventados viralizarlos al máximo entre nuestros seguidores. Reunir las ideas estúpidas propuestas por todos los nuestros y hacer con ellas un diagnóstico falso que se publicitará a los cuatro vientos para después aplicarle los remedios equivocados sobre cuyas bondades gritarán nuestros seguidores continuamente en las redes sociales”

Únicamente de este modo podemos explicarnos la patochada que ha propuesto la ministra Carmen Calvo, con el problema absurdo e inventado de la redacción de nuestra Carta Magna.

En la redacción de la Constitución se utilizó la lengua española. En ella hay un género, el genérico neutro, cuya desinencia coincide con la del masculino. En esa coincidencia radica todo el problema. Utilizan las palabras con género neutro para, aprovechando las desinencias coincidentes, señalar la masculinidad de un texto cuando realmente se está hablando desde un género neutro. Como dijimos, las redes sociales son un caladero de tontos, por lo que donde no lo había y a través de su viralización, se ha creado un problema. Un problema producido porque la persona que se ha hecho eco de él olvida, o ignora, que el genérico neutro nos incluye a todos por igual. Incluir a todos es lo que es verdaderamente inclusivo. Por otra parte, lo contrario de incluir a todos, es dividir o fragmentar.

“En la búsqueda de la solución al problema de la redacción constitucional para que pueda sentirse partícipe todo el mundo, se lleva a cabo una tarea de desigualdad supina”

En la búsqueda de la solución al problema de la redacción constitucional para que pueda sentirse partícipe todo el mundo, se lleva a cabo una tarea de desigualdad supina. Lo cual, ante la supuesta búsqueda de igualdad, nos resulta paradójico. La igualdad, no lo olvidemos, consiste en mantener los dos platillos de la balanza en equilibrio, que es lo que se consigue con el genérico neutro, mientras que forzar la idea de que nuestra Carta Magna es un texto masculino y a continuación decir que la solución pasa por cambiar al género femenino todas las palabras, es una medida desigual. Cambiar a estas alturas de la película la desinencia del genérico neutro al femenino nos parece una estupidez. Por otro lado, sería inviable forzar aún más y retorcer el texto, desdoblando cada palabra en ambos géneros. Porque iría en contra de la economía del lenguaje y haría el texto farragoso e ilegible. Otra, más que solución ocurrencia propuesta, es cambiar la terminación -a y -o por la supuestamente genérica -e. Medida que no se decide tras ningún estudio etimológico y lingüístico sino que es otra estúpida ocurrencia más de los inventores de problemas. Quizá se pueda proceder a realizar un esfuerzo en el habla usando las palabras genéricas (como por ejemplo ciudadanía en lugar de ciudadanos y ciudadanas) palabras ya existentes en el diccionario. Pero esta medida, al provenir del conocimiento lingüístico y necesitar un mayor esfuerzo intelectual por parte del hablante y de quienes escriben los discursos, se descartará con casi total seguridad. Por considerar estas medidas absurdas, desiguales y difíciles no podemos compartirlas.

“Creemos que lo importante de la lucha feminista es conseguir la igualdad. Una igualdad que se consigue utilizando correctamente el ínfimo, minúsculo, mediano o gran poder que tengamos a mano en nuestro entorno para tomar decisiones. “

Creemos que lo importante de la lucha feminista es conseguir la igualdad. Una igualdad que se consigue utilizando correctamente el ínfimo, minúsculo, mediano o gran poder que tengamos a mano en nuestro entorno para tomar decisiones. Por su parte, el lenguaje ha de usarse y estudiarse correctamente para no encontrar en él problemas que no existen. El lenguaje, todo lenguaje, no es un arma como se indica en la definición del problema inventado, sino que es una herramienta para comunicarnos. En ella hay acepciones que detestamos como dictador o violador y otras que nos emocionan como poesía y belleza. En cambio, usándolo de manera partidista y política se le hace un flaco favor al mismo porque la lengua, por definición, carece de adscripción política. Como también entendemos errónea la idea subyacente de que cumplir las normas es ir contra el progreso. Además es una temeridad hacer crecer la idea de que cualquier tropiezo en nuestros intereses se produce por estar ante un ente monolítico, inamovible, antiguo, carca y de derechas que nos impide el avance.

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