“¿Tú sabes cuándo se empieza a saber algo de la vida?”, me preguntó un hombre con muchos años. “Supongo que la muerte es la respuesta”, le digo. Cuando es tarde es cuando se da con la respuesta exacta. La experiencia solo sirve para saber que te vas a volver a equivocar. Yo no tomo mis decisiones y creo que realmente nadie lo hace. Pobre del que crea que sí, está decidiendo que el resto le tomemos por imbécil. Somos autómatas y el que no lo quiera reconocer va a sufrir mucho. De todas formas lo terminamos haciendo todos. El sufrimiento y el pensamiento es el centro de todo lo que le rodea al ser humano. La filosofía es el dolor hecho teoría. Idear formas placenteras que nos calmen un poco. La contradicción del pensamiento inexacto.

Cuando escribo, hay veces que decide la idea. Otras, la mano, nerviosa por llenar de oscuridad líquida la blanquecina materialidad. El pensamiento se cansa cuando está parado. Tengo prisa por acabar algo que ni siquiera he empezado. No llega la idea que prenda a las restantes. Pero éstas llegan, sin orden ni concierto. Escribir es precisamente eso, poner en orden las ideas y contarlas de la manera que se entiendan.

Tengo el día tonto, pensante. Entro en un bar a desayunar. Pido café y pincho de tortilla. El sol entra por la cristalera principal del establecimiento y se posa en mi plato con forma de huevo estrellado y sólido. Ingiero la amargura depositada en la taza. Eso me da una idea, intento no perderla, que no se transforme en otra que yo no he decidido y que se aproveche de la mía hasta que consiga que no tenga una ni otra. Quiero un pensamiento lento, que vaya de un lugar a otro cuando esté cansado de dar vueltas sobre el primero, y así sucesivamente. Como estaba diciendo, la amargura del café me lleva a pensar en algo. Soy contradictorio. Lo reconozco y no quiero ocultarlo. Todos lo somos y más lo que más niegan serlo.

La amargura me hace buscar la felicidad. En los bares es donde la filosofía se hace gastronomía pensante. Donde se alimenta cuerpo y alma como en ningún otro sitio. Pido perdón, por esta unión de conceptos tan fácil y poco elaborado, pero estoy convencido que si voy poco a poco merecerá la pena haberlo utilizado. Le pregunto al hombre que está a mi lado en la barra, que qué es para él la felicidad. Está tomando un bocadillo de bacon con queso y una caña. Quita la mirada del servilletero y la deposita en la mía. “La felicidad es una mujer que te quiera y no te obligue a tener hijos con ella”. Deduzco de lo que me acaba de decir, que la felicidad es que te quieran tanto que en el depósito del amor no quede nada más como para  compartirlo. La felicidad como único acto de egoísmo perdonable.

Se ha puesto a llover y los gatos callejeros se ponen de perfil para no mojarse. Abren la boca para beberse esa agua y que no llegue a sus cuerpos vagabundos. De todas maneras terminan mojándose. La tristeza huele a gato callejero mojado. Gatos que acaban vomitando la lluvia.

Somos gatos secos por dentro. No podemos escondernos debajo de los coches, pero si ser atropellados por ellos. Cuando así sea, los gatos volverán a la superficie y caminarán por encima de nosotros. Nos clavarán sus uñas y sangraremos muerte. La sabiduría empezará a fluir a borbotones.

Compartir
Artículo anteriorEster Expósito; “cuando actúo me siento libre, y eso me encanta”
Artículo siguienteNadia de Santiago; “Las chicas del cable” me ha hecho crecer como persona”
Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here