Mucho se sigue amando y odiando a Paco Umbral. Yo no puedo por más -por mucho que a algunos esto les aborde como algo insignificativo o insignificante, que no es lo mismo: véase el diccionario de uso de María Moliner-, que escribir con los Cristos de mi sangre esta prosa para los bienaventurados de la escritura o para, en contra, los procuradores de la infamia. Sigo releyendo libro a libro, protocolo a protocolo, en su reverso y en su anverso, a Paco. Y ahora, en esta noche mía de mis letárgicos insomnios, estoy dando con este noctuario íntimo que toma el título de Los ángeles custodios.

Éste es el Umbral bultito de Mozart, xilofón de soledad, juventud que amanece borrándose dicha juventud. Escribe: “Sólo los viejos amanecemos siempre el mismo viejo. Con el viento, la noche se ilumina para esperarla o el jardín se cierra, ignorándola aún. Y me quedo un poco más entre el planetario de las ciruelas porque, sin mí (conciencia aguda de ella), el universo la desconoce”.

Lo absoluto para Umbral -digo yo- está hecho de las pequeñas cosas, las grandes ideas fenecen desde el momento en que las piensas, si bien Umbral ha rescatado para sí mismo todo lo que tiene que ver con la totalidad del mundo. “Lo Absoluto no es más que una mayúscula. Lo absoluto no es sino su diversa y continua encarnación de las pequeñas cosas: la flor, el pez, el ave”. Quizá estas palabras mías sean molestas para aquellos que, tal y como habló para una televisión a punto de diñarla, Fernando Fernán-Gómez les aulló con toda su rotundidad de esta guisa: “En este país que es España, el problema no es la envidia, no, que va, todos están equivocados. La envidia es una cosa de olores, de prensa rosa, de noticias que acaso no valgan la pena; el problema de esta España -de la cual por cierto yo ya me siento fuera de ella- es el menosprecio. Sí, así como lo oye, señorita, no me ponga esa cara. El menosprecio es el álbum necrófilo de la mediocridad de este mundanal ruido de la gente…y me callo, porque luego dicen que los mando a todos a la mierda…perdone usted, señorita…”

Umbral fue el prosista de la cosa, de muchas cosas, de toda una cosificación que hoy en día se puede tomar como aquella canción de Lennon titulada God en la que uno ya únicamente va creyendo en sí mismo, apartando de sí toda creencia, todo debate puntillista o toda esa vieja guardia que nos guarda tan próxima e invisible para que no comentemos las falsedades de todas las posibles verdades. Escribe Umbral: “En cada nacionalidad, autonomía o lo que sea, se a va a repetir, de una manera casi celular, con una mecánica genética, el problema eterno y general de la Península (que a fin de cuentas incluye hasta Portugal). Unos utilizarán la autonomía como una finca particular y otras querrán utilizarla como una tierra revolucionaria. Hay quien quiere hacer de su autonomía un cortijo y hay quien quiere hacer de la suya una Albania. Así vamos. Así nos va”. Y luego va Paco y les da un repaso a Carrillo, a Suárez, a González, hasta arribar a Fraga.

Creo que es el momento de detenernos en el fraguismo, o sea, don Manuel Fraga Iribarne. Escribe Paco: “Fraga ofrece, como siempre, la fórmula de salvar España a condición de quedarse con ella. A lo mejor, cuando salga este libro, ya se la ha quedado”. Éste era Umbral, jamás envidiado, siempre despreciado. Hay que hacer fontanería y números para que nos salgan las cuentas de cuántos acudieron a su capilla ardiente y, ante todo, a su entierro. Cuatro cabras y un gato mercader de Venecia.

Pero retorno, mientras escucho por los cascos a Patti Smith, a la escritura de Paco como defensa o contra sí mismo en estos ángeles custodios y su noctuario de diciembres píos o impíos: “Vuelto a la máquina de escribir, soy como el soldado al que le dan un fusil de verdad después de haberse pasado la infancia y la adolescencia con fusiles de goma. Podría escribirlo todo y a todas horas. Dictar establece una distancia más entre el hombre y su escritura, cuando la literatura no es sino, precisamente, un esfuerzo por acortar las distancias, por transmutar la vida en lenguaje, el hombre en estilo”.

Y acabo ya, porque es que Patti y su canción Despierta así me lo explica. Diríamos, pues, que Umbral existió para sí mismo y para todos, rompió muchos paraguas, se enfrentó al poder, caminaba muy despacio, viejo dandy baudelariano con sus gripes a cuesta y con periódicos que se ponía bajo sus abrigantes y bufandeos. Pero -quizá y digo quizá- haya que reconocer en él que vivió como quiso o como quisieron dejarlo vivir. Hombre/Umbral que jamás se introdujo en su propio tiempo -aunque sí que lo hiciera, pero por disimular-. Ser de lejanías, agosto siempre ha sido un mal mes para morirse – 28 agosto de 2007, Hospital Montepríncipe- Y no hay nada más que decir. El lenguaje calla para no seguir mintiendo. Desde la ventana de mi habitación observo como ya no hay estrellas en el cielo, pues todas están arrebujadas bajo este manto de polución y asco. ¿Y mañana? Ay, cómo me duele la espalda. Pero, no me crean lectoras que posiblemente esto leáis. Al final, todo es metáfora.

NOTA: Fragmento de una autoentrevista en Los ángeles custodios

“-Ya. Usted es un violador diurno.
-Era.
-También me conozco ese rollo. Se lo hace de carroza para luego quedar mejor. La verdad es que todos sus recursos están ya agotados y desgastados. ¿Hasta cuándo vamos a seguir explotando nuestros propios tópicos?
-Consisto en mis tópicos. ¿Sólo vendemos estilo, jefe?
-Dijo alguien que nadie sabe todo lo que se esconde en un minué. Nadie sabe todo lo que se esconde en un estilo literario, en una sola metáfora personal, en un mero adjetivo inesperado y bien puesto.
-¿Qué es lo que se esconde?
-Se esconde y se revela un hombre. Incluso se rebela.
-¿Usted?
-Y usted.
-¿Nos vamos a la cama?
-Pero separados.
-Somos el mismo.
-Por si acaso.
-¿Se fiaría más de una mujer?
-Sólo y siempre de una mujer
-¿De todas?
-Quizá, hasta de la mía”.

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