Paul-Michel Foucault comparó la sociedad moderna con el fagocitismo de la crueldad vertida en forma de prisión, ya alertada por los panópticos de Bentham. “El hombre ha muerto”, dijo, y es aquí donde irremediablemente nos encontramos bajo la vigilancia constante de los poderes públicos. El hombre, muerto en vida, es arrastrado hacia los calabozos donde es sometido al control absoluto de los mecanismos que la sociedad instala alrededor suyo, un poco como las cárceles que pintara Pironesi en sus Le Carceri d’Invenzione, donde ya en el XVIII el arquitecto italiano inventó un fórmula dibujada de prisiones donde, desde lo gótico y lo claustrofóbico, inspiraría a los románticos para dejarse llevar por esa idea del subjetivismo que se mantenía atrapada entre la realidad y un yo que aspiraba al mundo, siendo éste una naturaleza muerta y arrasada muy lejos de la belleza y la pasión. Belleza es Verdad, había advertido Keats, pero frente al hombre newtoniano, frente al psicologismo de un Locke que conducía a un Universo objetivo unívocamente conocido por todos los hombres, la revolución romántica intentó restablecer el estatuto renacentista de la Imaginación como intermediario mágico del pensamiento y el ser. La imaginación como fuerza creadora de las imágenes, como potencia que constituye mundos imaginarios, donde se expandiera desde el sentimiento hacia lo sublime, para contraerse más tarde hacia el paisajismo de la subjetividad. Utilizando a Wordsworth se efectuaría “una energía creadora que proviene del alma del hombre, persiguiendo una provisional comunión con la Belleza del alma del mundo”.

“Utilizando a Wordsworth se efectuaría una energía creadora que proviene del alma del hombre, persiguiendo una provisional comunión con la Belleza del alma del mundo”

En estos días, junio del 18, en que hemos celebrado con fuegos de artificio la llegada de un nuevo gobierno, quizá entre todos deberíamos aproximarnos a esa “energía creadora” de la que hablaba Wordsworth. Nos han puesto, así como si fuera un pescado para delfines después de hacer nuestras propias piruetas, un ministerio de Cultura. Nada tengo que decir sobre el nuevo ministro, pues no tengo ni idea de quién es, ni he leído su obra, ni lo he seguido por la tele -pues según parece era un showman de lo visual- ni tengo ahora la más remota idea de hacerlo. Lo único que me gustaría es que el ministerio no sólo fuera un aderezzo para rellenar las malas costumbres, sino que tuviera la capacidad de morder un buen trozo del pastel de los Presupuestos Generales que nos ha dejado este marianismo ortopédico y vulgar. Por lo tanto, este país o lo que sea, en efecto, necesita más dinero para las siete artes o las ocho o las nueve, que hay tantas artes como hombres y mujeres haciendo el amor en libertad dentro de un taxi. La Cultura es el gladio de la Libertad, por tanto, sólo es mi deseo que este nuevo ministerio no funcione como hasta ahora ha funcionado la Cultura institucionalizada en este país, que es desde el amiguismo, desde las cenas de restaurante o desde la boda pagana entre lo que el Estado da y lo que a cambio debe realizarse desde lo políticamente correcto. Me abruma sobre manera los cócteles sociales, la palmadita en la espalda, las presentaciones de libros con vinito y canapés, los premios literarios y toda esa porquería de la socialización de la creatividad entendida como un gesto más de amistad, de buen rollo, de “no te preocupes, que lo siguiente va para ti” y en este plan. La Cultura debería ser eso, una generadora de energías, como decía Wordsworth. Y, como tal, un nirvana del individualismo, de la soledad, del paisajismo interior y por extensión una gestora de la identidad y del talento por el talento mismo, no por el talento con subvención y con esa insoportable lealtad a los marcadores nacionales. Intento explicar que, por ejemplo, un pintor nunca debería pasearse por el mundo con un escudito en su jersey de pijotero con la banderita española. La creatividad, como decía Keats, es eso, cuando toda Belleza es Verdad. Y no hay más tu tía.

      “La creatividad, como decía Keats, es eso, cuando toda Belleza es Verdad”

Foucault, como romántico con sida, ve esta alma del mundo atrapada entre los barrotes de la modernidad, donde los guardias sociales asumen el papel de atraer al hombre hacia ese oscuro calabozo premoderno como una visibilidad ya constante que se ha puesto en juego desde el momento en que se instaló la posmodernidad, porque, dice, la visibilidad es una trampa. A través de todo este tipo de control, ejercido desde el poder y el conocimiento, donde todos los guardianes del centeno –Salinger ya había escrito la novela-, los trabajadores sociales, la policía, los profesores, la política, la economía, la vida cotidiana y el tiempo diario nos conducen a una normalización del momento que vemos o no vemos, pero que nos abduce hasta nuestra más inquietante actitud de rehenes ausentes de una verdadera libertad, esa libertad romántica que preconizaban los románticos, Keats, Leopardi, Hölderlin, Byron, Shaftesbury –prerromántico-, Kleist, Samuel Johnson y así todo seguido.

“la visibilidad es una trampa”

Por eso digo que, en esta segunda década del XXI, con ministerio incluido, no podemos hacer de la Cultura ese patriotismo de borrachería barata, aprisionado por esta cárcel de amor político que es el poder, para aspaventar por ahí las delicias absurdas e hipócritas de lo español, pues arte es universalización de lo creado y no un stand en una feria como si en vez de libros vendiéramos chorizos picantes de Burgos o vaques asturianas. La Cultura como establo o como mercado para refortalecer -haciendo uso del creador como pelele- una economía patria es lo más indigno a lo que cualquier creador nunca debería prestarse. Un artista no es un circo, quiero decir, que no se le puede domar para que vaya por el mundo enseñando sus habilidades personales como un guateque en donde se baile lo yeyé o el himno nacional. Cultura no es Patria, sino más bien todo lo contrario, esa necesaria repatriación de los universos individuales.

    

Michel Foucault, uno de los primeros intelectuales arengados por el VIH en 1984, cuando en París se conocía muy poco del sida, relamida la enfermedad por el periódico Le Monde cuando realizó el obituario en aquel junio, donde su amigo Hervé Guibert, en su libro A l’ami que ne má pas sauvé la vie, describió detalladamente su muerte, describió el biopoder y la biopolítica como un discurso crítico en el que se hallaban ya sus coetáneos Antonio Negri o Michael Hardt, incluso Giorgio Agamben. La posmodernidad para Foucault es un Heidegger o un Nietszche desde el cartesianismo y un existencialismo que, siguiendo el criticismo histórico kantiano, actualizó y occidentalizó en su libro ¿Qué es la Ilustración?. En 2007 Foucault fue considerado por The Times Higher Education Guide como el autor más citado del mundo en el transcurso de humanidades de ese mismo año. Y es que Foucault se hace querer u odiar -situación que él mismo siempre se negó a crear-, según se lea, pues matar al hombre no estaba al alcance de todos y muchos se vieron aludidos en aquel descortezamiento del mundo y de la Historia. La vida para Foucault no fue fácil, pues, debido a su homosexualidad, le sobrevino la tristeza y la angustia como ese vértigo ya definido por Kierkegaard. Tuvo varios intentos de suicidio, pero en vez de suicidarse tres veces lo que hizo fue ponerse a escribir, que es otra manera de suicidio, pero más leída y más moderna. Su marxismo, que le vino de su comunicación con Althusser, pronto fue abandonado por un Foucault cada vez más próximo al nihilismo, al escepticismo y a una posmodernidad donde todo poder, todo impulso social, toda politización de las cosas acaban subyugando al hombre en un spleen que le llevaría, ya digo, a Le Carceri d’Invenzione de Pironesi. Pronto abandonó, aparte del marxismo, el existencialismo, con la intención de ponerle otro whisky a Jean-Paul Sartre y anduvo de líos con el estructuralismo de Lacan, Lévi-Strauss o Roland Barthes. Se perdió el mayo del 68, pues se encontraba en la Universidad de Túnez mirándole las piernas a aquellos estudiantes magrebíes, siempre tan bellos en su morenez soleada, aparte de todo el sistema fálico que simboliza el africanismo. En el post-1968 Foucault vuelve a París como jefe del departamento de filosofía en la universidad, entonces experimental, París VIII en Vincennes. Allí todo el estudiantado era de izquierdas, por algo la universidad era experimental, y Foucault tomó parte de las posteriores revueltas tras el 68 como activista y dedicándose a ponerle troncos filosóficos a los golpes de la policía.

-Tú sabes quién fue Heidegger-, le pregunta Foucault a un policía.

-Tu puta madre.

-Ése mismo.

El poder, según Foucault, hay que mirarlo con un microscopio, para atisbar todo el atomismo que se genera en él, porque la trama de todo lo político se urde desde distintos niveles que están tan perfectamente diseñados que es muy difícil derrocar a aquello que está construido desde la represión, la violencia, las estructuras carcelarias, el autoritarismo y una leyenda ya clásica de la que no pudo deshacerse la Ilustración de Rousseau, Diderot, Hobbes, Voltaire o Le Boétie. El pueblo, la gente, el mundillo son unos ilustrados de taberna y de lecturas de los diarios deportivos que no asumen la fuerza de las cláusulas políticas hasta que no les tocan la taberna y el diario deportivo. Entonces sobreviene la revolución, como ocurrió en Irán en 1979, apoyada por un Foucault cada vez más próximo a los extremos y a la marginalidad de su propio pensamiento.  Enfrentado al poder con su lavadora de ir limpiando las camisas ensangrentadas por ese ejercicio de dominación y de soberanía como sustrato de habilitación del intenso reduccionismo que prodiga todo biopoder sobre la mente y el cuerpo social, hombre, mujer, niño, maestro, alumno, es el intelectual quien debe hacerse cargo de la situación y levantar una posmodernidad que se presente no como intento de cambiar el mundo, pero sí como juego para despistar a los jefes, a los estadistas, a los directores generales de un Estado cada vez más lejos de la ciudadanía y de su propia fe en lo que debe ser la res pública entendida como servicio al hombre y no a la viceversa, el hombre como servicio a la república. En Los intelectuales y el poder, Foucault preconiza esta obstaculización, este muro berliniano levantado por los gerifaltes de siempre contra una humanidad cada vez más aturdida por ese microscopio del que hablo, que es donde se dan las verdaderas vanidades de la contingencia, la lucha ideológica, el partidismo, la angustia existencial de todas esas instancias superiores que actúan desde las prisiones de Pironesi dejando al intelectual solo y desconcertado intentando realizar su labor en el terreno del saber, de la verdad, de la conciencia, del discurso, aunque ya de entrada se sepa que la batalla está perdida, porque la posmodernidad la perdió Michel Foucault en el tablero de la sexualidad –como Lacan-  y en una historia de la locura en la época clásica.

-¿Qué es la posmodernidad?-, le preguntó un alumno de la Universidad de California en Berkeley hacia los 70 a Foucault.

-Si te digo la verdad, no lo sé, pero ahora mismo me voy a tomar un ácido lisérgico y luego te lo cuento.   

Aquel día atardecía en el Parque Nacional del Valle de la Muerte.

 

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