Al principio el homínido vivió en un escenario hostil que le obligaba a estar continuamente pendiente de su entorno. Estar preparado para huir ante un cambio climático, especies salvajes o falta de comida era su día a día. De modo que se vio  obligado a adaptarse al continuo cambio obrado a su alrededor. Sus opciones se reducían a deambular alejándose de cualquier amenaza o desaparecer. El instinto de supervivencia prevaleció y nuestros antepasados fueron cambiando de hogar hasta que consiguieron llegar a un lugar donde establecerse. Abandonaron una obligada vida nómada en pequeños grupos para iniciar una pervivencia sedentaria haciendo que esos grupos fuesen creciendo.

La evolución, por lo tanto, no fue más que dejar actuar al instinto de supervivencia ante la observación continua del entorno hostil en que se hallaban.  Si alguna amenaza imposible de abatir se cernía sobre nosotros, huíamos a otro lugar más seguro. De modo que podríamos colegir que uno de los primeros motivos por los que se produjo esta evolución fueron: la observación del entorno, la facilidad para identificar una amenaza y la capacidad de anticiparnos al peligro que nos permitió llevar a cabo una solución, la que fuere, que nos pusiera a salvo. De modo que la observación, la capacidad para formular preguntas y la creatividad en busca de una respuesta que nos diera la solución nos fue distinguiendo del resto de animales.

Una vez establecidos en nuestro hogar, la creatividad y la observación no se perdieron, sino que dieron origen a los primeros mitos. Mitos que, entendemos, darían lugar a las primeras historias narradas en torno al fuego. De aquéllas historias al calor de la lumbre es de donde provienen nuestros miedos más ancestrales y nuestros héroes primigenios. Gracias a esos mitos fue adueñándose de nosotros el sentimiento de pertenencia a determinada tribu. Y gracias a esos mitos, los líderes de la tribu y los primeros gurús nos fueron convenciendo para ir trabajando en comunidad. Se crearon las cuadrillas de agricultores; las cuadrillas de cazadores y se fueron desarrollando las primeras sociedades. Todas en base al bien común.

Entendemos que éste fue el gran avance de nuestros primeros antepasados. Pues ese trabajo en grupo fue el que nos enseñó a defendernos; a hacer trampas para los animales más grandes y mejor dotados para la lucha que nosotros; a crear herramientas para favorecer una mayor facilidad en determinados trabajos. Es decir, lo que significa un trabajo en comunidad, la cooperación para el bien común. Una cooperación que nos ha traído desde las primeras herramientas de sílex hasta la división del átomo o la llegada del hombre a la luna. Avances únicamente pensados para enriquecer las historias que se contaban alrededor de primigenios fuegos. Unos fuegos que nos comenzarían a señalar el camino a decir cuál era nuestra meta siguiente. Consultábamos esos fuegos cual Oráculo de Delfos.

Pero no todo iba a ser tan sencillo y maravilloso. Pues la vida en común, en sociedad, nos llevó a tener otra serie de problemas. El afán de poseer a la mujer de el de al lado; sus herramientas puesto que estaban mejor afiladas y más pulidas… Lo que, traducido al idioma de nuestros días, sería envidiar el puesto de trabajo del vecino; querer un coche mejor que el suyo; un móvil más inteligente… Es decir, creció en nuestro interior el ansia y la envidia. Para cuya solución inventamos otros mitos y otras normas que nos permitiesen seguir viviendo en comunidad. Pero la amargura de la envidia germinó en nosotros haciendo que nos comenzase a consumir la idea de una mejor vida del vecino; de una mayor felicidad y la comenzamos a querer para nosotros.

Fuimos tan tontos que una puerta abierta al mundo, como fue el invento de Internet y las redes sociales, las hemos utilizado para todo lo contrario. De modo que, sin solución de continuidad, nos fuimos encerrando en nosotros mismos. Una cerrazón y egoísmo que nos llevó al momento crucial en que estamos viviendo ahora. Dejamos de lado las historias alrededor del fuego; olvidamos el Oráculo de Delfos que señalaba nuestro camino por el bien común y pusimos en su lugar al Algoritmo.

El Algoritmo trabaja para solucionarnos la vida, nos dijeron. Iba mirando cuáles eran nuestras decisiones al ir entrando en uno u otro lugar de Internet e iba analizando nuestros gustos, opiniones, filias y fobias, de modo que empezó a pensar por nosotros mismos. Le comenzamos a dejar que decidiese por nosotros, destruyendo nuestra libertad a favor de nuestra comodidad. Dejamos, ya no solo de decir qué color nos gusta, o quién debe casarse con nosotros; sino también, a quién votamos y, por tanto, quién debe ser nuestro líder.

Mientras una pequeña cúpula trabaja por ir manejando las decisiones del Algoritmo nosotros nos seguimos creyendo libres. Vamos libres, en fila india y sin molestar, hacia el acantilado. Porque somos prescindibles. Somos la generación inútil. No somos más que autómatas descerebrados teledirigidos por Algoritmo para nuestra propia destrucción. Las fuerzas políticas sucumbieron ante grandes corporaciones de ingeniería biológica y genética que han ido sustituyendo las partes dañadas o inútiles de nuestro cuerpo por pequeños Cyborg, mitad material orgánico, mitad inorgánico, para fabricar con ellos obreros autómatas que hagan el trabajo que no quiere hacer la élite. Pero Algoritmo nos dice que somos felices, de modo que vamos cantando hacia el abismo. Seguimos cantando y sonriendo mientras caemos.

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