En el artículo del otro día hablaba con cierta nostalgia de mi paso de la infancia a la juventud en la Alameda de Osuna y la importancia que para nosotros (digo nosotros porque creo hablar por más de uno y de dos cuando digo estas cosas) tuvo en aquellos años la vía del tren. Una vía del tren que nos hurtaron hace ya varios años llevándose con ella muchos recuerdos. Nos la quitaron para hacer un paseo que, en fin, a muchos gustará, no digo que no, pero a mí (en este caso hablo únicamente por mi) no. Decía, en aquel artículo, que la vía del tren formaba parte de nuestro escenario vital y nos enseñó a vivir. A lo que recibí el comentario de mi amiga Mamen diciéndome que, si bien en su barrio no había vía del tren, mis historias se parecían mucho a las que ella había vivido en su infancia y primera juventud. Evidentemente, Mamen, la vía allá expuesta era literal, pero en tu caso, como en muchos otros, podía tomarse de manera metafórica.

Pues bien, a raíz de ese artículo mi amigo de infancia, David Garrido (póngame a los pies de su señora), me dijo que uno de los episodios que narraba en el artículo antedicho, aún era objeto de conversaciones y charlas entre los que lo protagonizamos y quienes lo vieron desde fuera. Que había provocado no pocas risas y muchas leyendas. Otro comentario recibido decía recordar cómo de chico escuchaba las historias que vivimos nosotros, los mayores, y el miedo que le provocaban. No sabiendo discernir si sería aventura, leyenda, mito o fantasía. Pues, querido Manuel, que sepas que fue cierto, y que no fue para tanto, al menos la aventura en la que yo participé, o a mi no me lo pareció. En fin, entre este y otros comentarios me habéis hecho reflexionar.

La línea de mi pensamiento fue de la enorme fortuna que algunos tuvimos al jugar en aquellos descampados antes de haberse construido el resto de la Alameda, de haber merendado en el castillo, entre amapolas y margaritas. Pero no solo, porque también recuerdo la suerte de haber hecho excursiones en el Olivar de la Hinojosa, antes de que construyesen el parque Juan Carlos I. De hecho, aún recuerdo los paseos por un Olivar de la Hinojosa completamente agujereado y con multitud de olivos arrancados. Un Olivar plagado de túneles que recorrimos afrontando el miedo. Un miedo que lo recuerdo con rostro de rata, escenario de túnel a punto de derribarse y con la banda sonora de más de una historia, ficticia y real, de los crímenes en que se había visto envuelto. Aderezada por una noche sin estrellas y encontrándonos lejísimos de casa. En aquella época lejísimos era no ver tu casa.

Digo crímenes reales porque, si mal no recuerdo, leí hace años que, en la Alameda de Osuna, concretamente en una de las tinajas que había en la carretera de los pinos yendo de Canillejas a la Alameda de Osuna, se encontró el cuerpo de una mujer de vida alegre que había sido asesinada por un militar de la base aérea de Torrejón de Ardoz. La familia buscó desesperadamente a su niña y no la encontraron hasta pasado un tiempo. El hallazgo no recuerdo bien si se produjo porque el pájaro cantó o por casualidad o quizá un perro ladrase a la tinaja encontrándolo. Da igual, el caso es que la pobre madre tuvo que reconocer el cadáver.

Dentro del saco de los episodios reales está el que dice que por debajo del Olivar había unos túneles de la Guerra Civil. De hecho, hace un tiempo, se ha abierto al público en el Jardín del Capricho de la Alameda de Osuna, el búnker de Miaja, considerado el último bastión del ejército republicano en Madrid. Desde el cual partían muchos túneles que servirían de ruta de escape. Pues bien, varios de esos túneles, debido a la cercanía del Parque del Capricho con el olivar, fueron perforados por debajo de aquellos olivos. Unos olivos que, años después, recorreríamos nosotros entrando inconscientemente en agujeros que desembocaban en algunos de esos túneles.

Entre las historias de ficción, amén de las narradas y cuyo protagonista era algún fantasma, hombre lobo, vampiro o similar, está, al menos que yo tenga constancia, la historia del coitus interruptus que, según contaban, habían tenido un par de jóvenes que, en un momento de arrebatados calores e incontrolables lujurias, vieron cómo el techo del túnel sepultaba sus cuerpos yacentes. Nosotros, como no podía ser de otro modo, fuimos en varias ocasiones en pos de los cuerpos de los amantes de la Hinojosa, que, probablemente por la inanición, se habían quedado ya en los huesos. Aunque esto último, hasta el día de la fecha, no hemos podido confirmarlo.

Decía que tuvimos mucha suerte porque, yo, lector incansable del magnífico, a mi modesto entender, Stephen King, he descubierto cierto paralelismo entre su Derry (Maine) y nuestra Alameda de Osuna (Madrid). Si sois asiduos a sus libros y películas os habréis dado cuenta de que sus historias siempre, o casi siempre, transcurren en su Maine natal, en la ciudad de Derry. De hecho, aprovechando que ahora está en boga la segunda parte de “It”, si os fijáis en ellas, hay una parte muy importante de esta historia que transcurre en los Barrens, un terreno pantanoso, lleno de fango y en el que hay túneles y transcurren aventuras, algunas de ellas horripilantes. En concreto toda la batalla a pedradas y el lugar en que los perdedores tiene su guarida es en los Barrens.

Tuvimos mucha suerte por haber nuestra infancia en este lugar. Por haber tenido nuestros Barrens como otros, en otros barrios y lugares habrán tenido los suyos propios pero permítanme que me acuerde de los míos. Unos Barrens que estaban formados por el Castillo de la Alameda; el Parque del Capricho (que siempre está en mis oraciones porque hay algunos iletrados metiendo mano supuestamente para mejorarlo, y para que no derriben por ignorancia e incapacidad, entre otras obras históricas, el palacio que alberga); el Olivar de la Hinojosa tan a mano para recorrer su superficie y correr aventuras y por haber vivido, como dije en otro artículo anterior, al lado de la vía del tren. Aún recuerdo cuando pasaba la vagoneta y salíamos corriendo a ver si había logrado aplastar la moneda de duro o de peseta que habíamos puesto en el raíl. Mi moneda siempre saltaba. Ahí empezó mi historia de desamor con el dinero, pero esa es otra historia.

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