Emili Sánchez-Rubio hoy por hoy, segunda década del tercer milenio, según Jesucristo, es uno de los mejores poetas a nivel nacional. Siendo todavía muy joven, ostenta los veintilargos, realiza un tipo de ejercicio creativo que supera la realidad española y lo conduce hasta el síntoma de la auténtica noción de lo que es o debe ser la literatura. Nacido en Palma de Mallorca, tanto aborda la lengua española como la catalana, incluso tiene obras bilingües, como Tedi[o], un libro ejemplar que devanea entre el pensamiento, la naturaleza y una vanguardia que no podríamos decidir como surrealista, sino inventada por él. La poesía de Emili S-R es cutánea y panteísta, pues acostumbra a buscar entre las piedras y los bosques todo ese depósito que aproximan las emociones a la belleza. Pero su sentimentalismo se siente recodado por su alterado y culminante lenguaje, el cual utiliza para reconducir su biografía moral y sus estados anímicos.

“Recuerdo el día en que le conocí:  íbamos Antonio Rigo y yo a recitar a un salón rojo rococó de una mansión convertida en centro cultural en Palma cuando de repente apareció Emili, casi adolescente y con unos versos en el abrigo”

Recuerdo el día en que le conocí:  íbamos Antonio Rigo y yo a recitar a un salón rojo rococó de una mansión convertida en centro cultural en Palma cuando de repente apareció Emili, casi adolescente y con unos versos en el abrigo. Debo decir con toda claridad que al principio no me entusiasmé con él, pues pensé que era uno más de los que se dedicaban a emborronar cuartillas pero a falta de un estilo personal y una experiencia creativa que marque las diferencias. Pero a medida que lo fui conociendo, sobre todo después de leer su libro Jardín en construcción, al momento comprendí que estaba ante todo un poeta vivo y muy joven. A partir de ahí se solidificó una relación entre Emili y yo que fue de amistad y de propia versión de los conocimientos poéticos. Estudiante de Historia, lee mucha filosofía y ha obtenido un onirismo cultural, el cual le ayuda a precipitarse por los barandales de una verdadera Ars Poética. Nos hemos ido alguna vez de viaje, sobre todo a Moguer, para ver la sepultura de Juan Ramón Jiménez y para leer versos en el Congreso que se monta cada año en el pueblo de Platero. Nos une, pues, la amistad, el viaje, la poesía, el recital y muchas noches de alcohol en las que hemos acabado escribiendo versos muy cerca del mar. La naturaleza de Emili Sánchez-Rubio es pánica, panteísta y filtradora del autoconocimiento. Escribe Emili: Tedio, de nuevo, frente al televisor / Esta vez está algo más que medio dormido. / Es afición la suya la vida contemplativa del 1 al 23 de julio, / escuchar los comentarios de las etapas llanas del Tour. / Un pelotón es una multitud, un rebaño cómodo e indiferente / a esos locos con prisa: los tête de la course.  Emili sabe que escribir es un proceso lento, diríamos que al contrario que yo, si se me permite este acotamiento, pero sin prisas, pero sin olvidar el tiempo, va publicando y ganando premios nacionales así como Tedio va sangrando en su cepillo de dientes. Mano a mano, en las barras de los clubs nocturnos, le hemos echado en varias ocasiones un pulso a la poesía y siempre nos ha salido algo como mañanero, madrugador, indecente o geométrico. Emili escribe desde la arquitectura de un idioma –sea, ya digo, catalán o castellano- que viene a reforzar su profundo mundo interior, su pasión por las cosas, por las piedras, por los árboles, por la arena, por los caracoles, en una especie de taoísmo donde la brevedad es obra de arte. No acostumbra a realizar versículos de gran tonelaje, pues hace, como Cristóbal Serra -un devoto de Chuang-Tsé y cotiledonio- de la brevedad bandera. Las banderas piratas de Emili soplan al viento cuando habla y cuando se mueve, pues su cuerpo en sí ya está preparado para alcanzar esa inercia mágica con que se atisba cada cosa, cada acto, cada acontecimiento que va sucediendo en el día. Emili atrapa el acontecimiento y luego lo escribe. D’un mateix element / neixen diferents pedres i actitus. / Així, igual que succeeix amb el carboni, / les pressions fan de l’home / grafits o diamants. Fuma mucho, cada vez menos, al revés que yo, Emili Sánchez-Rubio y cuando recita lo hace con dramaturgia hamletiana, como si fuera un actor del Actor’s Studio, con fuerza y brillantez, con humor y elocuencia. Ha publicado Jardín en construcción, Breviari d’antipodas, Revisar-te el nom, Pájaros de plomo, Els (in)continents eufórics –éste en colectivo-, 31 poemas breves… y otros.

“Ha publicado Jardín en construcción, Breviari d’antipodas, Revisar-te el nom, Pájaros de plomo, Els (in)continents eufórics –éste en colectivo-, 31 poemas breves… y otros”

Emili Sánchez-Rubio viene de Platón, de Catulo, de Epicuro, de Demóstenes, de un clasicismo que él ha convertido en modernidad, en ese Renacentismo siglo XXI que obliga al hombre a pensarse, a mitigar los golpes de Dios –Vallejo- con la sabiduría y la autorreflexión, porque Emili sabe que sin pensamiento no hay poesía, sin gnosis no salen las metáforas, porque el mundo ya es demasiado cruel como para dejarse llevar por la enfermedad, el spleen o la lluvia en los zapatos. Usa pelo largo, a lo parnasiano , aunque en estas fechas, según me cuentan, se lo ha cortado, porque su poesía a su vez es un corte, un sancho breviario de acotaciones y de palabras juntas que nunca lo hubieran estado –dadaísmo- y de un aforismo que le aproxima, insisto, al taoísmo y a las culturas orientales. Como renacentista que es, Emili hace uso de la naturaleza para invadirse de ella y luego contarla como si la natura fuera humana, indiscreta, aeroportuaria, esteta. De ahí le viene a su vez el panteísmo, porque la luna no lo es hasta que el hombre, el poeta, la hace suya y la dicta según su proceso filosófico, según su mantis religiosa embadurnada por el pellizco de los colores, de las formas, del autobiografismo. Un hombre que se cuenta a sí mismo siendo poeta, si encima posee estilo, ya no es un hombre ni un poeta, sino una orientación del nacimiento hasta las robustas presas de lo natural y de lo mágico. Este magicismo emilianense –sin ser todavía las glosas- le permite jugar con el lenguaje hasta fabricarlo desde la cacharrería hasta el concesionario de venta, donde el idioma toma origen para ser conducido hasta la vida en toda su plenitud. Emili es un poeta vivo que vive, pero no frívolamente, sino desde el nudo gordiano de ese clasicismo moderno del que hablo. Su vanguardia refleja ya una época en que no están ni Tzara ni Aragon, ni Marinetti ni Maiakovski, pues Emili S-R sabe muy bien que para ser moderno es necesario entablar un noviazgo con el tiempo en que vive, pues si un poeta intenta dejarse llevar por las lavas de la tradición podemos decir que está dando cuatro pasos atrás y todo queda en plagio, en pseudo, en influencia, en nada.

“Emili Sánchez-Rubio bebe cerveza y hace versos como un Boeing 737 que siempre está sobrevolando ciudades, sin pararse a apostar en aeropuerto alguno”

Emili Sánchez-Rubio bebe cerveza y hace versos como un Boeing 737 que siempre está sobrevolando ciudades, sin pararse a apostar en aeropuerto alguno. Se trata del vuelo del albatros. Hace tiempo que no lo veo y, lo cierto, es que me gustaría tomarme con él un colacao para ver cómo van sus últimos versos, su última vida, sus últimos amores o sus últimos días. Los días en Emili siempre están entre el aquelarre y las revoluciones humanas, entre lo urbano y el carpe diem, entre los últimos libros publicados y los recuerdos de cuando estuvimos en Moguer escribiendo unos versos que quedaron en la lápida de Juan Ramón Jiménez y su novia Zenobia, más el burro muerto que yace bajo un árbol. Este Moguer siempre fue gracias a nuestro común amigo, poeta y gran organizador de eventos literarios como es Antonio Orihuela, un Dante que siempre está en el Paraíso en busca de su propia Beatrice, que ya es la poesía inmensa y artesana, como todos esos poetas que a finales de julio se encuentran en el pueblo donde Juanrramón iba a comprar el pan con miedo a que no le atropellaran los pájaros: Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando.

“Tengo ganas de volver a ver a Emili, pues tantos recuerdos juntos –una vez hicimos una competición en una taberna algo ebrios por ver quién escribía el poema en dos minutos más rápido y con más versos”

Tengo ganas de volver a ver a Emili, pues tantos recuerdos juntos –una vez hicimos una competición en una taberna algo ebrios por ver quién escribía el poema en dos minutos más rápido y con más versos. No recuerdo quién ganó. En todo caso, la amistad. Emili Sánchez-Rubio es el rostro violento que va poniendo migas de pan en Pan, donde lo mítico torna realidad. Su voz es de guerrero del Peloponeso y sus manos tienen la huella del que escribirá con el tiempo los mejores libros de poesía en este país tan casado/Casado con el capitalismo, con la indecencia, con el vacío de la creatividad como impulso remunerado hacia la Gran Belleza, en definitiva, con esta casa de ramerismo que es España. España no se merece poetas como Emili. Que lo busquen, porque –yo que lo conozco- nunca se venderá a una vagina de gran boca ni a un pene patrio con la gaviota mordiéndole el glande. España es una puta a la que ya sólo se la benefician los de siempre, esto es, los piratas del economicismo, los que invierten en el IBEX 35 y los que siguen comentando, cual hienas en medio del escenario televisivo, las amistades peligrosas del Emérito. Emili tiene más mérito que esta poesía subvencionada que sólo acepta vates de reconocido prestigio y de capital excelsa. Los isleños nos tenemos que conformar con las sobras de la sobrasada. Que se vayan a la mierda. En Palma también tenemos un Café de Gijón, pero con piano y actrices que se parecen a Pilar López de Ayala, aquella Juana la Loca de la que me enamoré sólo de la comisura de sus labios. La cultura en este país está excesivamente centralizada. Da la impresión –como antiguamente- que, si no estás en Madrid o en Barcelona, uno tiene que ir mendigando la palabra casi como un sacrificio de vudú como si todavía Papa Doc, esto es, François Duvalier, fuera el presidente de esta Tierra de Conejos que es la Hispania reventona de mierda y libros mercantiles a los que se les da el oro y el moro. Algunos se piensan que todavía estamos en los 60, donde para triunfar en estas cosas de la sexualidad literaria había que ir a la capital. Pues que se joda Madrid, que a nosotros los isleños ahora nos han hecho un descuento del 70% para viajar a donde nos salga del orto: Praga, La Habana, Oslo, Nigeria o Lilliput o Cotidelonia. Los madriles que nos busquen. Encima de putas no vamos a poner la cama. Ni Emili ni yo, que le gano sólo en una vocal, la o, vamos a babear ante los ministerios y los grandes premios nacionales, todos otorgados mediante una llamada de teléfono previa. España no es Madrid, sino Requena o Villanueva de los Infantes. En Requena veraneo yo y en Villanueva murió Quevedo. He investigado y he llegado a la conclusión que el pueblo de quien Cervantes no quiso acordarse no es otro que el de Villanueva de los Infantes, Campos de Montiel. Mis propias Meditaciones del Quijote orteguianas acaban diciendo que este país es bastardo a la hora de realizar una antología literaria de calidad y sin amiguismos en donde salgan los mejores nombres. El mío doy por seguro –dada mi torpeza con el verso- no debe estar ahí, pero el de Emili Sánchez Rubio, sí. Hoy por hoy en provincias es donde se hace la mejor literatura, y no sólo la española, incluso la aramea y la senegalesa. Los poetas negros van para Góngora.

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