Parapetado tras el monitor observa los movimientos de sus compañeros. Situado estratégicamente, entre el cuarto de baño y la fotocopiadora. Es poseedor de una mirada dura de la que nada escapa. Su escrutinio es global y genérico. El silencio es su hábitat natural. No emite sonido alguno y observa. Observa cualquier movimiento girando el cuello, raudo, interceptando el movimiento que intuye, más que ve, en una y otra sala y en uno y otro pasillo. Es absolutamente discreto y gesticulando, más que hablando para sí, hace continuas expediciones al cuarto de baño. Se encierra en el retrete y, tras emitir unos extraños sonidos guturales, vuelve a salir perfectamente arreglado y tranquilo para volver a su atalaya a seguir observando a sus compañeros.

Detiene sus ojos en los senos que se adivinan bajo las blusas de sus compañeras; en sus redondeados o respingones traseros. Le encanta la sensualidad de sus movimientos y la femineidad que se trasluce de ellos. Pero tampoco le molesta mirar las poderosas piernas y el torso bien moldeado y las duras facciones masculinas. Tras recoger su mesa, al llegar la hora de salida, deja vagar su mente y una sonrisa se perfila en su rostro. Sus manos frente al pecho y sus deslizantes e insonoros pasos se apresuran para alejarse de allí. Alza las cejas en dirección a sus compañeros de mesa a modo de muda despedida. Mira de reojo a todo el que se cruza con él. Caminando por la calle sus ojos se detienen en traseros, pechos, labios y resto de la anatomía del que se topa con él. Luce su gorra de pana marrón que le tapa una cabeza en la que la alopecia ha hecho estragos y tras cuya visera oculta vagamente los ojos de las miradas ajenas. Tras sus gruesas gafas continúa su proceso de observación. Ha detectado a una víctima. Todo su cuerpo se eriza y se mantiene alerta intentando adivinar los movimientos de su presa. Cuando se decide, sus anteriormente lentos movimientos, se vuelven ágiles, felinos y grácilmente salvajes.

Ha llegado a una calle oscura caminando tras una chica de sinuosas caderas. A grandes zancadas se va acercando. En dos poderosas y grandes zancadas alcanza a la chica. Ella, ignorando el peligro que corre, sigue ensimismada con la música que llega a sus oídos a través del ipod de última generación que lleva. A veces el tarareo es tan potente que emite un pequeño sonido que la sobresalta. Los ojos fijos en el trasero de la incauta y el paso apresurado. Nota el conocido latido en sus sienes. La boca se le seca. Un bulto en su bragueta le produce un placentero dolor genital. Estira un brazo y toca sutilmente el hombro de la chica que, asustada al notar el contacto, se da la vuelta.

El sobresalto le hace perder el paso, tropezar y caer. Pero él la agarra con la otra mano evitando su caída. Ella se maravilla de la fuerza que posee el chico. Se queda mirando absorta sus ojos. Unos ojos vacíos pero profundos, que dejan adivinar una sima insondable tras ellos. Con la caída su manga se ha deslizado por el brazo y ha destapado el tatuaje del interior de su antebrazo. Un tatuaje tribal que, aunque ella lo ignora, es el símbolo de la fertilidad en una perdida región amazónica. Él lo mira y sonríe comprendiendo su significado. Ella mira su brazo y se sonroja. Va a decir algo pero el tembloroso dedo de él le tapa los labios. Ella, sin saber muy bien por qué, mira la profundidad de sus ojos y a duras penas soporta la pesadez de su mirada, pero empieza a lamer sensual el dedo que reposa en sus labios. La sonrisa de nuestro héroe se ensancha y ella se arroja en sus brazos y lo besa apasionadamente entregándose por completo.

Entre besos, lengüetazos, magreaos, gemidos y manos juguetonas, el ambiente se hace más insoportablemente cálido. Entre jadeos y susurros él le dice que si quiere subir a su casa que está cerca de allí. Ella dejándose abrazar y masajear accede. Van juntos a trompicones deteniéndose en cada farola dejando que su ansia sexual desbocada haga el resto. Lascivos besos aquí. Tórridas contorsiones allá. Al fin llegan al portal de la casa y entran en el ascensor. Un ascensor que es testigo de más juegos eróticos. Desabrochando su blusa la chica le muestra sus pechos que lanza un salvaje beso en sus pezones provocando un placentero gemido rayano el clímax. La vecina de la puerta letra B mira por la mirilla y se dice para sí misma: “A ver si por fin es la definitiva”.

A la mañana siguiente se despereza pesadamente. Tras el esfuerzo de la noche anterior siente molestias en todos los músculos de su cuerpo. Ha dejado de ser grácil y ligero. Vuelve a su lento y deslizante caminar. Su cerebro vuelve al trote. Se deslilza con las manos en su pecho hasta el baño. Se mira en el espejo y se asoma a unos ojos vacíos. Cuya profundidad está ahora cerrada a cal y canto. Un inesperado temblor sacude su cuerpo. El frío hace mella en él. Aparta a un lado el desmadejado cuerpo sin vida de su tatuada amiga y comienza a ducharse parsimoniosamente con agua muy caliente. Limpia con el chorro de agua y una esponja la sangre que mancha los azulejos. Una repentina erección le recuerda lo vivido anoche. Una leve sonrisa curva la comisura de sus labios. Su pecho está lleno arañazos con la sangre ya coagulada y de entre sus uñas aún hay piel de la tatuada víctima. Tras lavar cada centímetro de su anatomía con un enfermo deleite comprueba la limpieza de su cuerpo en el espejo. Llega a la cocina y comprueba que la nevera está provista con la anatomía cercenada de su última víctima. Desayuna despacio. Tomándose un café mientras se va vistiendo. Recoge también los despojos de la víctima que se va encontrando por el suelo. Todo lo que no sirve para comer, lo tira a una gran bolsa de basura que deja en el tendedero para bajarla al cubo cuando salga. Se pone los zapatos y, cuando se agacha a atarse los cordones, algo llama su atención. Se agacha tranquilo y coge un ojo azul del suelo. Qué ojos más bellos tenía esta chica piensa sonriendo. Sin pensárselo dos veces se lo mete a la boca. Un chasquido le hace guiñar un ojo. El líquido acuoso llena su boca y se derrama por la comisura de sus labios. Se limpia con una servilleta que mete en la bolsa de basura. La ata comprobando que no se adivine nada de lo que hay en su interior y sale a la calle a pasar un nuevo día.

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