Una escena en que se viese a un tipo discutiendo con un espejo sería aclaratoria de lo que queremos contar. Una discusión que comenzaría con insultos leves sobre el aspecto físico de su propio reflejo o la paletada que lleva puesta. Unos insultos que, a su vez, irían aumentando de intensidad porque el odio invadiría su cuerpo lento  e incansable. Un odio que haría que a cada palabra pronunciada por nuestro protagonista tuviese una mayor intensidad sonora y una mayor vehemencia. Haciendo que sus gestos sean también más violentas y feroces. Nuestro protagonista, inmerso en la búsqueda de defectos que tiene su inadvertido reflejo, no es consciente de la realidad que le rodea. Pues, como todos sabemos, no hay nada que nos repugne más que descubrir nuestros propios defectos en los demás. Lo que, en nosotros, no sería más que un pecado venial, en nuestros semejantes los vemos como un problema gravísimo, imperdonable e irresoluble. Digno del mayor de los desprecios.

Es por este motivo por el que veríamos a nuestro protagonista con el rostro teñido de un peligroso color púrpura y con las venas del cuello como las de un cantaor flamenco en el paroxismo de su arte. Continuará, por tanto, insultando a su ignorado reflejo y subiendo el tono de los insultos cada vez más. Le veríamos frotarse la barba y ajustándose las gafas en un tic que repetiría a cada breve lapso de tiempo. Veríamos su camisa, empapada en sudor, arrugada y por fuera del pantalón. Todo su cuerpo temblaría presa de la exaltación que le domina. El odio sería tal que los insultos se irían agravando sobremanera. Su corazón se acelerará y, a ese mismo ritmo, sus manos se podrían acercar, con peligro, al espejo impulsadas por el odio que le habría invadido de arriba abajo. Su ceguera, de hecho, le haría dar un puñetazo al hombre insultado y una grieta en el espejo seguiría a la siguiente hasta que se hiciese añicos ante sus atónitos ojos. El espejo caería hecho añicos a los pies del hombre con un estruendo ensordecedor. En sus ojos es probable que se enciendesen las luces de la comprensión y, con la misma celeridad con que todo habría comenzado, cesaría. El silencio lo invadiría todo salvo por unos sollozos que se abrirán paso en medio de esa escena dantesca. Un sollozo que daría lugar a un llanto inconsolable. Un llanto salvaje y honesto. Un llanto desgarrador. Nuestro protagonista se caería al suelo tapándose la cara con las manos y llorando sin consuelo. De repente, se pondría en pie y saldría de su casa arrastrando los pies, derrotado, frágil, hundido. La locura haría mella en él. Podríamos verle reír y llorar y llorar y reír, mientras deambula en su arrítmico y errático caminar. Con toda probabilidad entraría en el primer bar que encontrase y pediría, llorando, un whisky tras otro, como si eso le permitiese alejar su propia mediocridad. 

Al ponerse ante sus defectos sintió una repulsa y un odio tal que le impulsaron a insultar primero y atacar después a su propio reflejo. Si a cualquiera se nos pone frente a nuestros defectos es más que probable que actuásemos de un modo similar a nuestro protagonista. Quizá no llegaríamos a la violencia pero sí sentiríamos esa maldita repulsa. Por eso, cuando descubrimos en los demás nuestros defectos, no podemos soportarlo y nos apartamos negándoles nuestra amistad. Por este motivo nuestra sociedad rechaza de plano a nuestra clase política. Una sociedad que engendró y dio a luz a una clase política que puede ser clasificada como una de las peores de toda nuestra historia. Fíjense que hemos tenido gobernantes nefastos, pues los de hoy es probable que sean unos de los peores. Pero lo son porque son nuestro reflejo. Lo son porque han salido de nuestras entrañas. De una sociedad ignorante, adoctrinada, hortera, paleta, polarizada y desinformada, además sintiendo todo ello con un orgullo que hace que nos demos ínfulas de lo idiotas que somos, solo podía crearse una clase política como la actual. Por eso, cuando atacamos sin piedad a la clase política que lo único que hace es, como un espejo, devolvernos una imagen de nuestra propia mezquindad con toda su crudeza, dejamos una patente muestra de que lo que más nos repugna es que en ella vemos el reflejo de nuestra sociedad. Nuestro propio reflejo. 

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