En política, la equidistancia es sinónimo de ambigüedad y esta, a su vez, de demagogia. Un partido político creemos que tiene que asentarse sobre unas bases sólidas y debe tener unos principios firmes. En cambio, en España eso está muy mal visto y, frente a la clara solidez propuesta, aparece la equidistancia ambigua y fláccida de nuestras fuerzas políticas. Los hay que la utilizan movidos  por complejos estúpidos y otros porque es su modus vivendi. Así que, paradójicamente, unos principios firmes y sólidos como los que proponemos, son los que pueden llevar en nuestro país a cualquier dirigente que los represente, a su decadencia, si no a su muerte, políticamente hablando, por supuesto.

Los principios sólidos y resistentes son un peligro en este escenario de reyertas callejeras y atracos nocturnos tanto intelectuales como políticos. La solidez del hombre íntegro se penaliza en una sociedad ambigua, equidistante e iletrada como la nuestra. Porque solo se busca la ofensa al contrario y no la solidez argumentativa propia. Tanto una elasticidad ideológica como una flaccidez argumental o unos principios blandos favorecen mucho para instalarse en una línea de pensamiento y la contraria sin que parezca que uno se sale de sus fronteras ideológicas. Porque, unas fronteras difusas, en un escenario como el antedicho, son el mejor terreno para practicar esa guerra de navaja intelectual, amén de callejera, nocturna y alevosa.

unas fronteras difusas, en un escenario como el antedicho, son el mejor terreno para practicar esa guerra de navaja intelectual, amén de callejera, nocturna y alevosa”

Un análisis somero de nuestra sociedad nos muestra unos movimientos políticos que, si bien hay quien pudiera creer que, como nos dicen, son estratégicos, lo cierto es que son estúpidamente tambaleantes y ambiguos. Ante cualquier eventualidad puede decirse una cosa y la contraria sin que ello produzca rubor alguno. Lo que hace que haya quien se desdice y reafirme y vuelve a desdecir y así hasta un paroxismo rayano a la parte contratante de la primera parte… Van yendo como si de un juego ideológico de la oca se tratase, de oca a oca, de lo dicho a la rectificación. Lo que provoca que ni propios ni extraños sepan de qué va la película. Esta actuación nos hace pensar, aunque puedan vendernos otra idea, que todo esto no es producto de ninguna sesuda estrategia política, sino que se trata de sobreponer una ocurrencia a la siguiente con una robustez argumental propia de un castillo de naipes. Siempre al dictado del coleguita cómplice.

Si a este descalabro intelectual y político le agregamos la cantidad de peajes a pagar en cada vuelta del camino, nos resulta cada vez más verosímil y plausible pensar que estamos en una deriva sin rumbo ni gobierno. Una deriva que quizá pudiera ser solventada yendo a las urnas y dejando que la ciudadanía deposite el voto dando su apoyo a la opción política que considere oportuno. Pero, por si algún despistado con lazo se viene arriba, hemos de decir que urnas sí, siempre que se vote dentro de la legalidad. De este modo, sin peaje a pagar, se acabarían, pensamos, los incesantes vaivenes en nombre de un progresismo ficticio y deforme. Aunque, cuando uno se acostumbra al traqueteo del camino, después le resulta incómoda y rara la firmeza del pavimento.

Habrá quién señale, como hemos mencionado más arriba, que en política, como en la vida, hay que progresar y avanzar”

Habrá quién señale, como hemos mencionado más arriba, que en política, como en la vida, hay que progresar y avanzar. Efectivamente, nos parece que debe ser así. El progreso, entendido como un avance y no como la caricatura grotesca y ridícula que demuestran con sus actos los mal llamados progresistas de nuestro país. Una caricatura que no es más que el ancla a la historia de pretéritos fracasos políticos. Teniendo en cuenta que el camino más corto de un punto a otro es la línea recta, nunca el zigzag, el vaivén ni el traqueteo que tanto se estila ahora. Así que para ir adelante, como decimos, hay que tomar el sendero más directo. No dando tumbos en una dirección y otra. Creemos firmemente que el primer paso que se debería dar para que España deje de ser un país de chiste y empiece a tomarse en serio, tanto por sí mismo como por parte de los países de su entorno, sería ir lo más directo posible a unas elecciones generales. Después habría que tomar medidas con sentido común, pero eso da para otro capítulo de la historia de nuestro país.

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