La clase política, en estos momentos en que escribo y teniendo en cuenta que estos humos que echo con mi tinta no son resonancias magnéticas ni pasteles hechos con la carne de los cuerpos de las brujas ni siquiera esta mala leche que buena es para quien no la haya probado que me apela, me la pela y a pera sabor tuviere si bien se entendiere, surge esencial y demonólogicamente de estos tiempos bárbaros que tiene escrito este gran hombre y mejor periodista y economista que es Joaquín Estefanía, no representa ni presenta ni es bandullo a esta sociedad civil global en tanto en cuanto a la ausencia de derechos humanos, jurisprudencia internacional -ahora mismo estaba escuchando al ex juez Baltasar Garzón, que de esto sabe un si bemol- en definitiva, esta revolución feminista que no sólo es la igualdad entre varones y mujeres sino algo que va o debería ir mucho más allá, esto es, la ya casi definitiva Revolución Pacífica a gran escala ejercitada por esta precariedad de la humanidad a los que los machirulos nos han conducido con su Viagra pintado en la punta del Pito del Sereno.

¿A qué esperamos, pues, para ponernos “en marcha” -suena el slogan-? ¿Acaso piensan estos ladronazos que van a robarnos este corazón tan lleno de tabaco y de este folk de los 60 que regresa? “Qu’est ce que c’est ce merdé preguntaba la nobleza, la revolución francesa, qu’est que vous aves pansé. Se instauró en la egalité, liberté y fraternité y en París no quedó ni un trasero sin bidet”, cantaba la Trinca. Hoy el mundo a lo mejor únicamente prefiere seguir el curso de las aguas del río Shan-Ten, no sé, digóme yo a mí mismo. Asistimos perplejos a un modus vivendi en que todo individuo ha perdido su condicionalidad de ciudadanía. Me refiero a la ciudadanía como todo aquello con lo que los barrenderos de esta Nueva Economía Política quiérennos hacer parir dentro de un ovillo. Pero algunos, y aviso doy y sobreestima de que no somos unos carcas, sino unos tíos y unas tías muy hábiles que volvemos a leer todo aquello que fue mal reinterpretado y ante todo triturado por esa mesnada de heresiarcas de lo que pudo ser la civilización del siglo XX, esto es, el nacional-socialismo y los fascismos -algunos vuelven a asaltar en este tempus novus vejeces y harapos, antigüedades y visiones- continuamos blandiendo aquellas frases de Karl Marx: “El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan” o “la tradición de todas las generaciones muertas oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Estamos en los restos auríferos de las piedras que van cayendo desde un Imperio que con inhabilidad se remonta a una edad en que todavía no había comenzado el año cero. La política es una peluquería de fama y musculatura en que se producen los viajes en los coches oficiales, pero que poco tiene que ver con la verdadera condición humana. Estamos situados en medio de la gran vulcanización de los elementos que se equilibran, pro/duciéndose de este modo y en ese mismo instante, el desequilibrio de toda ética y de toda profundización de las tersuras del pan y de los septiembres. ¿Quién alimenta a quién? ¿Quién manifiesta la empírea realidad de este fracaso?

La democracia ya no atisba la construcción de Magdala, en todo caso, se está evaporizando como un jazz que ya no suena en ninguna parte. Todo lo conseguido después de millones de muertos en unas guerras del siglo XX donde se alojó la receta médica del miedo y de la frustración en forma -años de posguerras- de tratados cientos internacionales nos dio la luminaria de regresar a estas tres lepras que siempre le han hurtado la honra al mundo. Todas aquellas ganas por lo menos disimuladas de conferir a este pequeño planeta ese respeto antes que el pan del que hablaba Marx, de poner en práctica  -quizá detrás del telón de acero algunos ya sabían que aquello era en realidad el Tiempo del Rey Perico- unos derechos humanos que debían prevalecer sobre las decisiones maniqueístas de cualquier gobierno, de cualquier forma de acivilarse entre imperios, contraimperios, razas, hilos que salieran de la letra X, en definitiva la proyección sin cortes de “Lawrence de Arabia” como nos propuso David Linch, hoy, –march 2019- se resume en aquel verso de Marcial: “No han menester letor tus libros, sólo / han menester por adivino a Apolo”. ¿Embellecer la vida? ¿En verdad deseamos embellecer la vida? Digamos pues las palabras que nos definen, que son las que siguen: bobochorra, escuchapedos, cap de faba, figamolla, mitja merda, tonto’p pijo, etc. etc. Seguimos preguntándonos.

¿Y qué es lo que nos preguntamos? Un silbo arde en el ahogamiento del polvo. Nos preguntamos. Decididamente nos preguntamos de qué manera es esta ascua Astral que se engrandece por todos lados en esta sacra urgencia de los mercados a irrumpir, con talones de Ulises, en el parlamentarismo nos beneficia o no. Decididamente nos preguntamos si todos estos tensos gobiernos ya han asumido sin vuelta atrás el capirote del Nuevo Lepanto que es este Sistema de un Nuevo Capitalismo más triste y furioso que con sólo soportarlo sin examen doctos nos la habemos.

¡Es¡, ¡sí¡, ¡lo es¡, lo sabemos, la economía, el perenne desarrollo de esta economía política que Engels y Marx trizaron desde su paradoja del proceso dialéctico de la filosofía hegeliana desde su lucha a partir de una praxis revolucionaria que se centrara básicamente en la aplicación del materialismo dominante y en completa movilidad. Quizá podríamos hoy convenir con aquello que Lasalle -purga de Marx o amistad peligrosa- con tal de intentar reactualizarlo. Veamos: toda riqueza capitalista asume la concentración sin límite de la producción y la mercancía, ambas no alzadas en valor por su notable utilidad, por lo que tal riqueza resulta ser la riqueza de estas últimas maras neocapitalistas, las cuales en su acción de tocarnos los timbales nos reconvierten cada día con más crudeza en precariado -proletariado en el materialismo marxista-, de modo, que si volvemos a Lasalle,  toda propiedad neocapitalista es ajeneidad de toda esta urbe precaria, agónica, millenial y de un machismo insoportable.

El dinero, ese labrador de zarpas como perros, está destronando todo mecanismo político que debiera aplicar la despertante sonrisa de las mariposas que hoy permanecen di/secadas. Todo lo que ha existido, entendemos, todo lo que ha existido como el prolegómeno de una modernidad que creíamos nuestra, se ha venido abajo por la anorexia de un capitalismo que entró por Londres, deambuló por Chicago y tristemente ha llegado a Verona -Julieta ya sufre acaso escolar-. Esta doña villana que es el capital, tan denunciado en el XIX por aquellos revolucionarios utópicos y posteriormente por los más pragmáticos evolucionados del hegelismo -Marx, Engels, Jung, Elberfeld, Weydemeywe, Jenny Marx- ahora se aloja en nuestra edad de animalitos podridos como una literatura germánica a la que no llegamos, por mucho que sigamos asistiendo a los teatros de Bertolt Brecht, y con la que no articulamos como destino, donde los judokas son los que continúan especulando desde el paraíso de las finanzas para fortalecer su ego, un ego que ensordece la música bailable de los años 70. Ricardo Cocciante ya no canta, sino que está en un geriátrico donde sólo le sirven hormigas para la sustentación del alma.

La preguntita versallesca sería entonces: ¿tiene alma esta democracia de principios de siglo? Creemos que no. Creemos que no la tiene, por faltarle hasta le faltan las palabras, con las que quieren imbuirnos en un mensaje neocatólico y con los tercios de Flandes narrados por este señor al que todos respetan menos yo y mi cuñado -Arturo Pérez-Reverte- que ya periclita como el disparo certero que derrumbó al Ché Guevara en Bolivia. ¿Es aplicable todavía el cheguevarismo? Creemos que sí. Pero sin la violencia a la que le vino impuesta según mandaba el contexto histórico a aquel argentino médico, asmático, y de genealogía eskalduna -Guebara es palacio vasco-.

Creemos que todavía podemos retomar aquella inercia histórica que no sólo produjo colores amarillos, recordando que el color amarillo es el color de los locos, ya que fueron los de siempre los que han vuelto a romper todos los espejos, turbulando por un universo inconsútil la nueva enfermedad.

El mundo está enfermo, pero ya no hay camas en algún quirófano. Las han utilizado para destruir la naturaleza, el universo, las ciudades, el saxofón de Chuck Berry, la educación primaria, los collares de los bantúes. Es por este bantuísmo por lo que continuamos insistiendo en la idea de que aquí lo que debe producirse es el levantamiento de la ciudadanía, de esa mujer rubia que no tiene escobas para barrer el pensamiento único. ¡Qué fragilidad!

Pero no hay fragilidad. Nosotros no somos frágiles, en todo caso, humanos, bellamente humanos y, desde la voz que etiqueta un nuevo cedé, hemos de asumir que ha llegado el tiempo de contra/supurar estas razas malditas en que estamos consistiendo. Se hace preciso, como una manzana de Newton, una ciclópea reforma del sistema, un nuevo modelo en el que todos quepamos, en el que todos decidamos por nosotros mismos cuáles van a ser las fórmulas para evitar este Stalingrado de PIBs y de inversores que nos tienen secuestrados en la torre del Conde de Montecristo. Efectivamente, añadimos, sí, ¿por qué no?, lo añadimos, es necesario un emergente mundo que nos distancie de los poderes que meten sus manos en los bolsillos de nuestras faltriqueras.

Existe, continente a continente, un hartazgo de tanto millonario y de tanta cumbre bilateral que se prodigan como las estatuas de Henry Moore. ¡Qué herida más abierta¡ ¡Qué venas abiertas de Latinoamérica¡ Eduardo Galeano somos todos, en ese índice que apunta hasta la Estatua de la Libertad.

La política, ejercida únicamente por estos pastores aguerridos, se ha fundido como una bronca a la salida de una discoteca. Los políticos, entrañas de Prometeo, chupetean una prostitución organizada por los dólares que se mantienen en los paraísos fiscales. Lo económico ha podido con el romanticismo. ¿Qué diría Heine si nunca más regresara a París?

La potenciación del individuo es tan inmensa, hormonal, definitiva, tijeras, que no podemos renunciar a ese atraco acometido por la mercadería protohistórica que sólo vence todavía al que ya está vencido. Un viento de Orizaba teje el intestino azul de la estrella que ya viene. No nos olvidemos de ello. Nunca lo olvidemos. Porque, si dejamos que los lienzos de los palacios se descoloren por abuso de la cocaína, habremos muerto quien sabe si ya para siempre, como pretendieron los foucaultianos. Hay una vida, prístina, esponjosa, verbo y racionalidad, que invita a protegernos, a sacudirnos esta bayadera esclava que puntúa sobre los pucheros de los novios. Un noviazgo de adolescencia que dice, que se aleja de la sbornia en que estamos asumidos, para completar el atletismo que se orquesta en nuestros cuerpos. Porque. Porque es desde la corporalidad como regatearemos a los bancos franquicios que desordenan el iris con que miramos las playas holgazaneadas de petróleo, de lepra de multinacionales, de papás con negros en las esquinas de una pesadilla que sólo sucede en las novelas de Kafka.

Derrotemos este síndrome kafkiano de burocracias de limones y de estrategias de fondos monetarios para hundir todos los barcos en los que podemos pisar los tableros del parchís. Una revolución de multitudes ya enseña su luz primera y se balancea sobre la clonación de la tiranía. Esta vez sí, por una actitud de la luna, esta vez sí, se cumplen más de dos mil años, quien sabe si muchos más, de it don’t mean a think if it ain’t that swing. Todo el tiempo por delante. No con compadreos. Ni siquiera con cánticos con los que nos instalamos delante de los Ministerios, sino con compromiso, con la palabra justa y pura. Con la palabra pensosa de la Maga de Cortázar para pedir que el tiempo se detenga y se inicie de nuevo nuestra epifanía de doctos ortos del próximo realismo mágico. Que llueva de nuevo en la lluvia que nunca calla cuando cae en la más bella palabra. ¿Qué palabra? Que cada cual la busque y luego que la introduzca en este nuevo diccionario del actual wasap que nos educa.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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