Érase un jardín que sus dueños descosieron. Desecaron su propio paraíso. Que no era más que un teatro hueco. El roto del telón mostraba la verdad. Dejó ver las vergüenzas del jardín selecto. No era más que un pútrido estanque infecto. De cuevas y grutas repleto. Su pretendido Edén tenía un cenagal por cimiento. Donde pululaban ansias, egoísmos y celos. Allí, a puño y diente, mataron y murieron. Por los tesoros escondidos en esas grutas y cuevas que vieron.

Éranse unos odios viscerales. Donde se enhebraron sus dientes afilados. Entre dentelladas y humanos deshechos. Emergió el delfín que les llevaría de nuevo. A su cenit a su cúspide a cumplir su sueño. Sucedió que el delfín, con aureola y brillo. Era un tiburón, dijeron, terrible y hambriento. Hundía, además, su zapato en ese barro sanguinolento. Cuanto más hablaba más profundo se hundía y todo sin remedio manchaba. Mientras se iba hundiendo pudo ver, de lejos, como se acercaba volando un insecto. De dulces colores y errático vuelo. Una mariposa o quizá libélula, no sé qué será. Así preguntaba el atribulado tiburón mientras se iba hundiendo.

Cuando el barro estaba tocándole el cuello. Vino la libélula y lo alzo en su vuelo. Salvó su prestigio y emergió de nuevo. Un delfín pringoso que, junto al insecto, sacarían del lodo su jardín hambriento. A su agónica luz iba floreciendo. Allí salió un gladiolo, aquí un rododendro. Sus mejores galas iba el jardín luciendo. Encontraron en la brújula perdida su norte, y lo van siguiendo. El delfín prometió cerrar las cuevas que antes otros abrieron. Cuevas repletas de tesoros nuestros. Que fueron robados con total desprecio. De ese robo quiso desmarcarse y prometió limpieza. Pero, lejos de eso, el jardín seguirá escondiendo, en grutas y cuevas, lo que en su día ellos a todos cogieron.

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