En la cama, dando vueltas como un enfermo nervioso. El roce de mi pijama con la manta genera electricidad estática. Mi sueño se lo lleva la corriente. Un ejército de termitas se quieren comer mi pantalón y mi chaqueta. Cuando ruge la marabunta no hay dios que se duerma.

El nerviosismo por no poder dejar la realidad, aunque sea solo por poco tiempo. Unas horas de muerte elegida. De desconexión. Desenchufarse de la vida es a veces tan placentero. No hay droga comparable a la inconsciencia. Dejarte llevar por el mar en calma, flotar sobre él mientras ves como nadan a tu alrededor los tiburones y los delfines. La luna se refleja sobre el agua y amarillea su oscuridad. Aguas poco transparentes las del sueño. Se puede ver algún pez dormido que respira suavemente una melodía cuyas ondas mojan mis oídos. Gotas que me echo para seguir soñando. Si es que sigo sin dormir.

Doy tantas vueltas que el agujero que forman mis posturas se sale de la cama. Me he caído tantas veces de la cama intentando quedarme dormido. El suelo, frío, paraliza mis extremidades y no deja que me incorpore. Un pegamento gélido, de textura imperceptible, como este sueño que no sé si lo es. Levito un metro sobre el suelo. Me coloco en paralelo con mi cama y me veo intentando ayudarme a mí mismo a incorporarme y poder volver a subir otra vez a la cama.

Desdoblarme es una de las cosas que no puedo parar de hacer. No solo en la cama. También cuando salgo de ella y hay que hacerle frente a la parte incómoda de la vida. Me dedico a ver como se equivoca el otro. A apuntar sus malas decisiones para luego reflexionarlas en la cama antes de dormir. Lo malo es que cuando llega ese momento (que es ahora), el otro toma la parte observadora y “yo” la de equivocarme. La única solución posible es buscar el sueño, el olvido del problema que es vivir. No hay mayor placer consciente que el de la duermevela eléctrica.

Los sueños son oscuros cuando estás despierto. La luz se esconde tras mis ojos. Cuando los cierro imagino realidades que vuelan sobre las alas de un cuervo negro. Poe escribía con una de sus plumas, se la arrancó con tanta fuerza que la sangre se oscureció en tinta.

Hay quien se lleva un libro a la cama para que el sueño se prolongue durante más tiempo. Para que se acerque hasta confundirlo con su parte escrita. A veces leyendo, pensaba que soñaba, y en otras simplemente me he quedado dormido. Al día siguiente no recordaba lo que había soñado y el libro había desaparecido. Busqué debajo de la cama, pero allí solo estaban mis fantasmas. El miedo paraliza el sueño mientras las termitas se comen tus tripas. Un cadáver devorado por su consciencia.

Solo el miedo consigue que me quede dormido. Una enfermedad que nace muerta, pero que sobrevive a la madrugada y al nacimiento de una nueva mañana. Me asustan las partes claras del día. La nitidez de la basura en este mundo cochambroso. Yo, que solo me encuentro a gusto en los márgenes. En los intersticios es donde más a gusto respiro. En las grietas que surgen de los espacios cerrados. En la comisura de unos labios. En las rendijas que deja abierta la soledad. La libertad libertina. Los recovecos que dejan las piedras para poder tropezarte con seguridad. En los callejones sin salida es donde más a gusto coloco mi colchón. Los gatos callejeros sueñan conmigo y me escondo bajo los coches cuando despiertan para que piensen que todavía no lo han hecho. Que la vida es el sueño que no eligieron.

Truenos y relámpagos adornan el cielo de mi habitación. El techo es una tormenta de cascotes que intentan que me despierte o que deje de intentar dormirme, que en mi caso es lo mismo. Mi duermevela es de una resistencia material. Cuando estoy en la cama me convierto en el hombre más fuerte del mundo. Las sabanas se convierten en escudos y las mantas en espadas. Soy un caballero recluido en su castillo. Fuera de mi habitación me pierdo y me despierto.

Sigo sin poder dormir. El silencio se escucha en su manera más chirriante. Ahora las termitas trepan por mis oídos y nadan sobre las gotas que me había echado antes. Escarban sobre una irrealidad desequilibrada. Saben dónde pisan para provocarme este mareo. Que el edificio del que estoy hecho se venga abajo y mis sueños queden sepultados bajo los escombros. Pequeños rayos de luz alumbran el nuevo solar en el que me he convertido. Soy una extensión vacía hecha de tierra humana, de piedras consistentes como mis pesadillas, de rastrojos y heridas provocadas por la electricidad dormida.

A veces hay quien me acompaña en mi cama. La doble M que es como lo llamo yo. Mujeres o monstruos. O mujeres y monstruos. Se pueden dar los dos conceptos a la vez. Mujeres con las que dormir es más difícil todavía. Mujeres incómodas, cuyos cuerpos son los más reconfortantes. El placer es lo que va antes del sueño. Al amor siempre hay que despertarle. Mujeres que no quieren que te duermas para que no las conviertas en monstruos. Mujeres que no quieren que las sueñes, porque el sueño es cambio y casi siempre a mejor. Cuando duermo solo lo hago con los monstruos. Nunca estoy solo a la hora de hacerme daño. De inventarme enemigos reales a problemas abstractos e intangibles. Soy yo el que está hecho a imagen y semejanza de mis monstruos.

Mi vida va pasando, los sueños viajan por ella sin hacer ninguna parada de descanso. Vivo en un estado de “jet lag” continúo. Una mujer monstruosa me despertó justo en el momento de quedarme dormido. Era una de esas que se saben interesantes e intrigantes. Lo que no se ve es lo que más buscan mis ojos. Su magnetismo nacía de su parte invisible que imantó enseguida con la mía. Nuestras partes ciegas se vieron con la nitidez de un sueño de los que puedes tocar. Me moría de ganas de dormirme y a fe que me mató. Cuando fuimos a dormir desapareció dejando mis ojos más abiertos que los girasoles deslumbrados por la luna.

Los primeros rayos de luz aparecen por las rendijas de las persianas. La mañana nos avisa de la hija de puta que puede ser. En mis ojos brilla la oscuridad, me abraza y parpadea haciendo difícil que el sueño pueda salir totalmente de mí. No quiero que la noche se vaya. La he disfrutado hasta el final. Me ha dejado reventado y aunque a ratos he querido abandonarla, ella se agarraba a mis entrañas, termitas hambrientas y vampiras. La luz es la muerte de la ilusión. Ver la realidad es saber que nunca conseguirás sus partes que anhelas. Pongo un pie en el suelo y por fin me quedo dormido.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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