Érase un zorro que persuadía con palabrería a todos los ganaderos. Dejadme, decía, los caminos a las granjas expeditos. Los aldeanos convencidos les dejaron todo abierto. Su roja cola ondeaba al viento cual ígnea bandera que con todo acaba. Entrar, dejaba entonces, en cada granero, corral y granja, a todos sus primos para que se hartaran. Se comían todo, todo se zampaban. Devoraban todo y nada dejaban. El pobre granjero, al día siguiente, al ver la matanza, comprendió el embuste. Se llevó las manos a la cabezota y gritó poseso, ¿cómo pude ser tan tonto y esto no haber supuesto?

El zorro y sus primos se iban sonriendo y muy satisfechos. De atrás les llegaban los tristes lamentos. Sonoros llantos, gritos, juramentos. Clamando venganza, justicia pidiendo. Las huidizas bestias llegaron a otros lares. Tenían que ser raudos pues la fama llegaba a todo pueblo de aquellos parajes. Mas también a aquellos que, a su semejanza, querían ser partícipes en esas matanzas. Creció la manada y de todo comieron. Asolando todo el país recorrieron. Barrigas hinchadas, destrozados pueblos. Mataron a cabras, ovejas y cerdos. En la tierra con sus garras surcos abrieron. Todos esos lares sufrieron por ello un enorme retroceso. Hubo que empezarlo todo de cero. Quién iba a imaginar que ocurriría esto. Se iban preguntando llorando y gimiendo. Al ver sus hogares sin paredes ni techo. Cuanto antaño contaron las gentes creyeron.

Pues la historia del zorro que todo empezase. Venia de lejos, de lejanos lugares. Pues en algún lugar, todos se reunieron. Dictaron normas que eran sus privilegios. La gente engañada aclamaban contentos. La llegada de las bestias todos celebraron. Que vengan primero a mi granja, a mi pueblo. Todos les querían, eran tan apuestos. Con esos pelajes rojos como el fuego. Diciendo verdades que no acalló nadie. Todo es como los zorros nos cuentan. Eso repetían, eso ahora recuerdan. Mirando escombros que ayer fuesen hogares. La lágrima en cada ojo brotando. Brotó, de repente, el mismo lamento. Los puños alzados llegarían luego. Aderezados de amenazas y de juramentos. Cuando que habían sido engañados comprendieron. Acabados estaban, todo les quitaron, todo lo perdieron. No escuchen, decían, a los zorros esos. No les escuchen si no quieren, un día verlos. Partir sonrientes. Partir satisfechos. Ustedes quedarse mirando el destrozo, mirando agujeros. Llorar añorando lo que un día tuvieron.

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